No entiendo por qué el personal se alborota tanto cuando escucha a Mariano Rajoy proclamar, en el acaloramiento de un mitin, que “no se habla del paro”. Bueno, comprendo la reacción de los adversarios políticos, pero hay que interpretar al presidente del Gobierno, ese superhéroe -versión popular de Super Mari(an)o- capaz de arreglar él solito las controversias fiscales por el IVA de VW Navarra y la Hacienda del Estado y de garantizar también con su gestión personal el futuro de la Ford y la General Motors, según nos ha contado durante su reciente visita a Pamplona para comer pinchos. Lo que Rajoy quiere decir es que él no oye hablar del paro, de esos casi cinco millones y medio de desempleados para quienes no hay oportunidad a la vista ni factoría automovilística cercana que les contrate (aunque sea para el verano y de forma eventual). Y si sabe algo de las cifras que manejan el INEM y la EPA será, como se excusó aquel otro presidente del Gobierno, porque se ha enterado por las noticias de la prensa. La máxima que resume esta declaración es bien sencilla: De lo que no se habla, no existe. Y los dirigentes nacionales del PP no hablan del problema del paro ni en Madrid ni cuando acuden a provincias. Tampoco hablan de la corrupción, de los papeles de Bárcenas (que ha vuelto a pedir el reingreso y trabajo en la casa y ya le han dicho que no, que no hay paro y que puede buscar colocación en otro lugar), ni mencionan tampoco la trama Gúrtel, la investigación a Rodrigo Rato por cinco presuntos delitos fiscales o esos sobresueldos que repartía el partido y de los que hasta Esperanza Aguirre reconoció estar al corriente de su existencia. Con estas manifestaciones es fácil explicarse por qué Rajoy vive encerrado en esas pantallas de plasma que no solo le hacen de cristal antibalas ante las posibles preguntas incómodas de la prensa sino que le mantienen ajeno a los auténticos problemas que afectan a los ciudadanos.