Editorial

Diagnóstico y remedio

19.03.2020 | 02:03

La coincidencia en la necesidad de acciones rotundas que frenen las consecuencias de salud pública y socioeconómicas de la pandemia no oculta que algo debe cambiar en los procesos de evaluación previa

El atípico pleno de ayer en el Congreso, en el que el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, explicó las medidas adoptadas frente a la epidemia del coronavirus y advirtió de las que serán necesarias una vez esta se supere, reflejó la admisión de lo inevitable ya extendida en una sociedad que en general acata de manera responsable el estado de alarma. Tanto el decreto de este, confinamientos incluido, como el paquete de medidas económicas, por un global de 200.000 millones, son difícilmente censurables en sus principales argumentos y oportunidad aun si necesitan de ajustes en algún aspecto muy concreto. Las diferencias de criterio en el diagnóstico, por tanto, parecen convertirse en coincidencias en cuanto al remedio, lo que seguramente contribuirá también al efecto de este y a que la recuperación, como planteó ayer Sánchez desde el optimismo, sea más rápida. Ahora bien, la coincidencia en la necesidad de acciones rotundas que frenen las consecuencias, tanto de salud pública como socioeconómicas, de la transmisión del COVID-19, e incluso en el diseño general de las mismas no impide asimismo la asunción de que algo debe cambiar en los procesos de diagnóstico. La globalización, que ha transformado el mundo en un todo intercomunicado con notable desarrollo y efectos en lo económico y financiero, plantea una serie de desafíos entre los que la salud no es, como evidencia la pandemia pero también la situación higiénico-sanitaria en gran parte del mundo, un aspecto menor. La inexistencia de un sistema de control sanitario mundial –la Organización Mundial de la Salud (OMS) se ha demostrado cuando menos insuficiente– debe ser un primer problema a subsanar; la inversión pública –frente a las equivocadas pretensiones de privatización– tanto para el afianzamiento y desarrollo de los sistemas públicos de salud, sobre los que recae el peso de las crisis, como para la protección social frente a la desigualdad y los nuevos tipos de desamparo, una premisa incuestionable; y el incremento de las capacidades científicas y de investigación mediante la colaboración público-privada, una apuesta inmediata. Solo así, desde la admisión de que lo barato sale caro, el diagnóstico podrá ser más rápido, coordinado y efectivo, también más concreto, que el emitido ante esta pandemia.