Castilla es España. La cita, más allá de ser nodal en la obra de autores como Miguel de Unamuno, Azorín o José Ortega y Gasset, forma parte del imaginario filosófico que sitúa a la citada comunidad autónoma, hoy bajo la denominación de Castilla y León, como espíritu detrás de la ulterior conformación del actual Estado español. Y, como tal, puede ser un hito a la hora de entender los matices sociológicos que están configurando al electorado llamado a expresarse en próximas citas electorales.
Lo vivido el pasado 15 de marzo en las nueve provincias castellano leonesas sugiere claves trascendentales que superan lo acontecido en los recientes comicios de Extremadura y Aragón y que apuntalan una conclusión significativa: el medido equilibrio de fuerzas que definía la política española ya no existe, con una derecha que parte con ventaja. Junto a esa clave fundamental, quizás el apunte más significativo desde el punto de vista democrático tenga que ver con el exiguo crecimiento experimentado por Vox (+1,3%), que pese a no haber podido ni sabido cómo restar más apoyos al PP, seguirá siendo fundamental para que los populares puedan gobernar.
Aún es pronto para analizar las causas de esa contención, aunque la inquina interna vivida por la ultraderecha, con purgas recurrentes y purgados significativos por parte de su líder, Santiago Abascal, y su empeño para bloquear la configuración de un Ejecutivo en Extremadura y Aragón puedan explicar el resultado, lejos de ese 20% de los sufragios que pretendían y que daban por hecho tras el boom experimentado en las urnas de las citas previas de este ciclo electoral. Pese a esa realidad, el PP sigue siendo el alma mayoritaria a ese lado del espectro sociológico, con más del 35% de los votos y dos escaños más en las Cortes de Valladolid, creciendo más de cuatro puntos porcentuales respecto al precedente de 2022. Ambas fuerzas, si son capaces de acordar, ya suman el 54,39% del apoyo popular (más de cuatro puntos más).
Frente a esa mayoría, el PSOE ha logrado resistir, sumando dos escaños y creciendo ligeramente hasta el 30,7% de los votos, convirtiéndose en la única referencia de la izquierda ante el desmoronamiento de las siglas que acostumbran a enarbolar Podemos, IU o Sumar, desaparecidas en las urnas, circunstancia que reconfigura el panorama político de manera significativa, a menos que se encuentre un remedio.