La intención de la dirección de Volkswagen de eliminar 100.000 empleos y cerrar varias de sus factorías no es la enfermedad, es solo el síntoma de una economía estancada. Es cierto que la industria de la automoción de aquel país sigue siendo uno de los pilares fundamentales, ya no solo de la economía y del empleo germanos, sino de toda la UE. Las cifras que acompañan esta afirmación son reveladoras. Las estadísticas oficiales indican que el total del sector automotriz alemán, incluyendo toda la cadena de valor, emplea a casi 773.000 trabajadores y genera alrededor del 6% de su PIB nacional.

Sin embargo, no es menos cierto que el sector, liderado por emblemas como la citada, Mercedes-Benz o BMW, atraviesa una de sus peores crisis. No en vano, desde 2019 hasta el cierre de 2025, la pérdida neta de puestos de trabajo directos en el sector asciende a 111.000, con un desplome acumulado del 13%. A ello hay que sumar los ajustes previstos a medio y largo plazo por fabricantes y proveedores de componentes –Volkswagen, Bosch, Continental o ZF Friedrichshafen, entre otros–, que acumulan a 225.000 empleos hasta 2035. Las causas de esta sangría hay que buscarlas en los desafíos de la transición eléctrica y en los elevados costes de producción en un país totalmente dependiente del exterior para nutrirse de petróleo y de gas natural, materias primas encarecidas hasta el extremo por las guerras de Ucrania primero, e Irán, después. La automoción sufre y, por ende, lo hace el músculo industrial de Alemania, y la Europa industrial en su conjunto. El PIB de este país creció en 2025 un 0,3% tras estar en recesión en 2023 y 2024, poniendo en evidencia la vulnerabilidad de un modelo económico altamente dependiente de la exportación industrial, muy tocada por la ola proteccionista nacida con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y de costes energéticos competitivos, ya inexistentes.

La locomotora alemana ha pecado de autocomplacencia y de incapacidad de adaptación a la competencia china o a las regulaciones bienintencionadas de la UE que, sin quererlo, han primado a otras industrias ajenas a la europea. Para salir del estancamiento, Alemania tiene que adoptar decisiones que atajen los problemas estructurales y coyunturales. No será fácil ni indoloro, pero sí necesario para garantizar la salud de Alemania y de la UE.