Hay algo profundamente inspirador en las hazañas deportivas clásicas. La de Sebastian Sawe, un keniano convertido ayer en el primer ser humano que baja de las dos horas en un maratón, supone el derribo de un muro invisible e histórico y hasta hace no tanto inalcanzable, el de los 120 minutos en la prueba atlética más antigua del mundo. También una de las más hermosas y puras, por mucho que la biomecánica o la tecnología del calzado –sus zapatillas apenas pesaban 100 gramos– ayuden: un hombre, su esfuerzo, cientos, miles de horas de entrenamiento a 2.000 metros de altitud.

El éxito que llega con 31 años, cuando en otros deportes ya se está casi de salida. Sawe, empeñado además en lucir limpieza, suele reclamar más controles antidopaje y es la última figura de esa enorme escuela de fondistas keniana, cuyos triunfos son al mismo tiempo individuales y compartidos. Nadie llega tan lejos ni avanza tan rápido sin el estímulo de un competidor cercano, sin el acicate de la derrota que te puede infligir tu amigo. El deporte es un espejo de dos caras, dulce y amarga, pero también la muestra de que el ser humano siempre puede ir más allá de sus propios límites: mejorar, hacer viable y real lo que solo fue un sueño.