Más allá de la unilateralidad y la bilateralidad

09.02.2020 | 04:52

fue el mes de mayo de 1972. Juan Ajuriaguerra cita a Xabier Arzalluz en el restaurante Urkia de las Siete Calles de Bilbao. En la conversación, de lo que nos relata Eugenio Ibarzabal, en el capítulo 10 de su más que interesante reciente publicación, Juan Ajuriaguerra, el hermano mayor (Erein 2019), entresaco la idea para este artículo. Nos dice Ibarzabal, y lo retuve ya de la presentación de su libro en Donostia, que "lo único que parece interesarle del pasado (a Ajuriaguerra), es el pacto de San Sebastián, el 17 de agosto de 1930, y del error que fue para los nacionalistas vascos colocarse al margen de los avatares de la política española". E Ibarzabal, supongo que parafraseando sus frases, pone en boca de Ajuriaguerra estas palabras: "De haber participado en el Pacto, el Estatuto hubiera sido una realidad mucho antes, como les ocurrió a las catalanes, y caso de disponer de un gobierno propio, los carlistas navarros no hubieran campado por sus respetos. Podríamos haber evitado el golpe. Hicimos exactamente lo contrario, le dice (a Arzalluz), mirándole fijamente a los ojos" (p.383).

En la presentación de su libro en Donostia, Ibarzabal resaltó, creo que fue en el turno de preguntas, que Ajuriaguerra no era partidario de soluciones unilaterales en el contencioso vasco, idea que también mantendría en la presentación del libro, al menos en Bilbao, como leo en la prensa. Ahora que estamos viviendo el proceso del procés donde la famosa DUI (Declaración Unilateral de Independencia) tuvo una dimensión muy relevante, me lleva a reflexionar sobre lo que unilateralidad supone, entre nosotros, en Nafarroa y en la CAV.

Apunto de entrada mis dos tesis (o convicciones, si prefieren) en este tema. Primera: siempre me parecerá mejor una solución bilateral que unilateral. Segunda: la unilateralidad, para que tenga éxito y no quede, en el mejor de los casos, en un brindis al sol, solamente la puede ejercer el más fuerte. Pues en política, en las decisiones políticas, lo que juega, lo esencial, lo que "va a misa" como se decía cuando se iba a misa, es la ley del más fuerte. Así ha sido históricamente, así lo es ahora, y no veo que será muy distinto en el futuro. Cambiará la forma, los mecanismos en los que el más fuerte hace valer su poder (que no su razón, ni sus supuestos derechos, pero eso solo importa en los deseos, en los debates intelectuales y como arma arrojadiza en las disputas entre partidos). Hasta ayer mismo el poder se ejercía mediante las guerras, tanto los alzamientos o insurrecciones como sus aplastamientos. (Con excepciones muy excepcionales como ahora en Argelia, pero veremos dentro de dos años quienes mandan, allí también). Es el poder de las armas. EEUU, él solito tiene tanto poder militar como la casi la totalidad del poder militar que tienen todos los demás países juntos. Si pensamos en Euskadi (o en Catalunya), si hiciera falta el Ejército español acabaría con todo intento de independencia. Pues esa es una de las funciones que le asigna la Constitución española.

Pero ahora, ya no hace falta el ejército pues las tornas están cambiando. También en el planeta, aunque Trump y otros muchos americanos todavía no se han enterado. (Si mañana entraran, manu militari, en Venezuela, no sé si harían bueno a Maduro, cosa extremadamente difícil, pero Guaidó estaría deslegitimado). Pero centrémonos en Euskadi.

Para señalar que no solamente la unilateralidad, sino también la bilateralidad la acepta y promueve el más poderoso. La han reclamado lehendakaris vascos y veo que ahora también lo hace Bildu, aun a regañadientes pues ellos, históricamente, han propugnado la unilateralidad y, eso, sin recordar tiempos en los que proclamaban aquello de "amnistia ez da negoziatzen". En la actualidad PNV y Bildu apuestan por la bilateralidad, pero me temo que mucho tendrán que cambiar las cosas para que los poderes del Estado español, el gobierno, sea el que sea, el Parlamento y el Poder Judicial renuncien a la unilateralidad respecto de Catalunya, la CAV y Navarra. La aceptan, también a regañadientes, sobre todo algunas fuerzas políticas españolas, respecto del gobierno de la Unión Europea, su Parlamento y, menos aún, respecto de sus tribunales de Justicia. Sí, esto de la unilateralidad y la bilateralidad se reduce a la ley del más fuerte.

Ante esta realidad incuestionable, el más débil, y en este contexto lo son Catalunya, CAV y Navarra, deben pensar bien su estrategia. Maxime, cito textualmente a Eustat (05/04/19), cuando afirma que "un recién nacido de nuestra comunidad autónoma, si es niño, vivirá algo más de 80 años y tendrá una probabilidad de casarse del 48%; y en el caso de que sea niña, su esperanza de vida se prolongará hasta los 86,3 años, su probabilidad de casarse será de casi el 52% y tendrá un solo hijo o hija". No creo que sea muy distinto en Navarra. Si aciertan, en la próxima centuria se vivirá la crónica de una muerte anunciada: la desaparición de la Euskadi autóctona.

¿Qué hacer? Cabe la ensoñación independentista para pasado mañana (cuando ya ahora la defiende menos de un tercio de los vascos); apostar por una defensa en términos ideológicos (derecho de autodeterminación, derechos de los pueblos, derecho a decidir, etcétera), la pataleta o, peor aún, echarse al monte, donde el más fuerte, tarde o temprano, siempre gana; echarse a la bartola, comiendo, viajando, bebiendo y despotricando de los demás (políticos en primer lugar) pensando que "arreen los que vengan después); o mirar a otro lado solazándose, o sufriendo, con el Athletic, la Real, el Osasuna o el Alavés quienes, por cierto, cada vez ocupan más portadas de la prensa, otro signo de los tiempos.

Si, ¿qué hacer? Cabe pensar en Asterix frente al todopoderoso emperador Julio César y soñar en una irreductible Euskal Herria. Pero, ¡ay!, no tenemos poción mágica ni Panoramix que nos la fabrique. Claro que siempre nos queda David frente a Goliat, pero eran otros tiempos muy lejanos. Pero, todavía mantenemos lo esencial: nuestro pueblo a condición de que se ponga las pilas. Un pueblo que opte por construir país: apostar por la formación durante toda la vida (la asignatura pendiente de nuestro sistema educativo); ver Euskal Herria como un todo, más allá, y sin obsesionarse por ello, de su actual división geopolítica; potenciar la relación público-privado (una de nuestras fortalezas); invertir sin descanso en ciencia y tecnología sin olvidar las humanidades; tampoco olvidar que el hombre y la mujer somos animales espirituales, que debemos dominar lo material si no queremos quedar a la merced de la llamada inteligencia artificial y sus asfixiantes pulpos digitales (en manos de los GAFA, los nuevos amos del mundo); acoger con cariño, y respeto a su cultura, a los inmigrantes, para que, a la segunda o tercera generación, digan con orgullo, "ni euskalduna naiz". Además, los necesitamos; congeniar, aún más, la cultura del trabajo con la de la diversión; mirar al futuro, sin olvidar el pasado, pero, en su totalidad, no solamente en lo bien que hicieron los míos y mal los otros; desterrar como pócima mortal la cultura de la queja y de la negatividad que nos corroe y destruye. Es un suicidio a cámara lenta; etcétera. Y todo esto, esto sí, benetan, "gure esku dago", eta gure esku bakarrik.