Llamo al futuro y nadie me contesta

09.02.2020 | 22:14

Al menos con el pasado tenemos la sensación de que nos habla. Ahí cuentan sobre todo los testimonios: documentos, ciudades, monumentos, carreteras, obras de arte y un largo etcétera. Pero es que, además, a donde no consiguen llevarnos esas pruebas nos llevan los vestigios, que combinados con conjeturas se convierten en improvisados artefactos teóricos. Utilizándolos luego como anteojos, creemos ver sin dificultad lo pasado desde el presente. En manos de ciertos comunicadores, los vestigios dan incluso voz al pasado. Nos lo retransmiten como si fueran médiums espiritistas, aunque para buscar la verdad no sepa uno por dónde empezar.

El futuro, por el contrario, nos ofrece muchos menos amarres. En vez de médiums, lo que aquí encontramos son visionarios. Recordamos visiones muy atrevidas de autores como Julio Verne o HG Wells e, incluso antes que ellos, en un tono más filosófico, tenemos las utopías de Campanella o Moro. En la actualidad contamos también con todo un género literario, la ciencia ficción, hecho a especular sobre lo que se nos viene encima. Por el cine sabemos de la inminente llegada de extraterrestres, zombis y supermanes, por no hablar de virus y especies asesinas. No faltan, pues, mensajeros hablando en nombre del futuro. Con todo, y a pesar de preguntarle cuáles serán sus estaciones próximas, el futuro calla. Dejaremos, por tanto, a un lado las fabulaciones y trataremos de interpelarle por vías más sólidas.

Empezaré por la más común, por la que se utiliza con más frecuencia, seguramente por parecer la más respetuosa con la ciencia. Hablo de la vía de la proyección lineal. Le tienen mucha fe los economistas y la practican también los sociólogos. A casi todos nos hacen mirar por ese visor, aunque el tiempo nos venga demostrando que no es muy fiable. Básicamente consiste la cosa en utilizar el presente, donde las evidencias están a mano, y analizarlo a través de la secuencia histórica de hechos para hacer proyecciones como quien llama a la puerta del futuro. Tomando como axioma un progreso categórico, esas proyecciones suelen ser lineales. Quiero decir, donde antes hubo avance, tendremos en el futuro otro de igual o mayor medida. La propuesta patrocina prosperidad e infunde una tónica positiva en el cuerpo social. Se trata de salvaguardar -con el refrendo de números inapelables- la apetitosa creencia de que lo mejor está por venir. La gente no suele consultar el futuro a través de los informes del Banco Mundial, pero, mal que bien, atiende a lo que le cuentan sus gobernantes. Viniendo de su boca, llega a veces a creer que es el propio futuro el que le habla. En realidad, quien pone las palabras es su gabinete de información. Con ellas parece que el cuerno de la abundancia resuena ya en el horizonte y está a punto de caernos encima una tempestad de maná bendito. Lo que luego sorprende es que haya otros que, haciendo también predicciones estadísticas, dicen que corremos desenfrenados hacia un enorme agujero negro. Oídos ambos, derrocharíamos ingenuidad si tomamos estas visiones contrapuestas como pronunciamientos del futuro.

Dejemos, pues, esa vía en favor de otra mucho más intuitiva y aparentemente menos articulada. La podríamos denominar la vía de las metáforas. Es sabido que vale ahí más la analogía que la relación causa-efecto. Vayamos a A Space Odyssey, la película de Kubrick. Cuando oíamos hablar al ordenador HAL, uno de sus protagonistas, muchos teníamos la impresión de estar escuchando a alguien del futuro. La ventaja de las analogías es que proyectan mensajes en direcciones a las que somos sensibles, aunque no sean necesariamente numéricas. El analogista te descubrirá novedades en lo cotidiano: "Esto que ahí ves es el futuro y nos está diciendo que?, es como si?". La metáfora proporciona comodidad intelectual y, usando el paralelismo que sugiere, puede tener un desarrollo vertiginoso. Tenemos el caso de los artefactos electromecánicos. El gran salto llega con el giro metafórico impuesto al compararlos con el humano -no olvidemos que empezaron como cerebros electrónicos- y extremar ahí nuestras propias facultades, incluso nuestra inteligencia. En esa sintonía, muchos creen estar oyendo a través del artefacto inteligente algo así como la voz del futuro, que para mayor comodidad ni siquiera se arriesga con un idioma exótico sino que nos habla en el nuestro. El hecho de que la metáfora apele a sentimientos no supone que esta vía deje de tener su fundamento. El futuro no puede ser muy distinto del pasado, así que aventurar traslaciones no tiene por qué ser dar palos de ciego. Lo bueno de comparar es que tenemos medios para insistir y que no es tan exigente como estudiar las tablas que sostienen aquellas proyecciones tan rígidas. De algún modo pensar en metáforas es optar por la flexibilidad. Tenemos un mundo en la cabeza y lo que tanteamos con los sentidos puede servir de base para, a través de una metáfora, escuchar la voz reveladora del futuro. Puestos así al habla con las metáforas, oímos muchos disparates. A posteriori, algunas resultan productivas, lo que aprovechan ciertos orates para proclamar: "Descreídos, era el futuro y nos hablaba bien claro".

De carácter mucho más abierto serían otras vías como la del viajero del tiempo o la del mensajero del futuro. Ambas denominaciones nos llevan a pensar en señales espaciales ininteligibles, solo explicables imaginando algún emisor. Que este emisor vaya y venga o que sea un mandado de otro planeta es una cuestión menor. La tensa expectación del que escucha es enorme y está muy bien descrita en La voz del amo, una novela de Stanislaw Lem. La voz del futuro parece ahí muy remota, incluso gratuita. Pero, de un modo u otro, emisiones indescifrables las ha escuchado mucha gente a lo largo de la historia. No necesito ponerme en modo galáctico. Aterricemos. Un miembro del pueblo murunahua escucha desde la espesura amazónica la llegada de una flota de máquinas taladoras y desbrozadoras. Del ruido hace una voz, y mediante esa voz dos culturas establecen contacto, en condiciones de desigualdad manifiesta. El hombre, atónito ante la aparatosa maquinaria, cree estar ante gente del futuro y en cierto modo no se equivoca. Eso ya lo hemos visto antes: dos culturas, una que representa el futuro para otra, que es el pasado. La voz nunca llega a ser ahí del todo nítida, pero el mensaje suele ser claro y, a la larga, devastador.

Me quejaba al principio de que el futuro parece mudo. Puede que eso resulte un poco frustrante, pero es que oírle hablar puede a veces ser peor.