Septiembre

17.09.2020 | 00:04

e l inicio del curso escolar coincide con el inicio de la Liga de fútbol. Todos esperamos el mes de septiembre con ganas, pues responde al segundo intento de cumplir lo tantas veces autoprometido y pospuesto; incluso este año en que los astros se han conjurado para desdicharnos, también nos gusta septiembre. Los padres y los alumnos ansiaban el inicio de las clases; los profesores también, aunque anteponían la "seguridad" en el trabajo al inicio de su jornada. El aficionado, aquel para quien el fútbol es alma, corazón y vida, que sueña con los colores del club, continúa sumido en la melancolía, tras varios meses de sequía presencial por la desdicha-covid. No ve futuro y decide mirar al pasado. El sindicato Asociación de Fútbolistas Españoles surgió hace 42 años, porque las condiciones de trabajo de los jugadores eran inhumanas: no tenían Seguridad Social y los impagos eran (eso dicen) frecuentes. Además de futbolistas, ello afectaba a prostitutas y entrenadores de podencos.

Persisten todavía problemas como el derecho de retención del club. Esta cláusula se ha democratizado y, por ejemplo en el caso de Leo, se sitúa en 700 millones de euros. Los expertos dicen que parece mucho pero no es tanto, que entre Hacienda y reuniones de comida se va un buen pellizco. También lucharon por conseguir que Hacienda les donara una cotización más baja, que evitara fraudes fiscales. Ello humaniza a los considerados dioses del Olimpo, permitiéndonos tratarles de tú a tú, como colegas. Les acusaron de ser un sindicato de millonarios insaciables, pero ello estaba motivado por la envidia; solo unos pocos tocados con el dedo de dios son capaces de hacer genialidades tipo saque de puerta, regateo, pase al hueco, centro a la banda y otros. Y por encima de todo y todos, el verdadero tótem de 150 años de historia, que solo los iluminados pueden hacer: gol; la belleza en estado puro.

Se publicita la existencia de una burbuja en el deporte rey. Y ello, dicen, es debido a los sueldos: alrededor de 12 millones de media, sin contar extras. Culpar a los futbolistas por cobrar mucho es una estupidez; cobran lo que se merecen, señalan abducidos quienes tienen un hijo con miras de y aspirante a.

Los clubs deben más de 6.000 millones dice Pepe Gotera; responde Otilio que quieren pagar pero no lo hacen por falta de cash. Tío Gilito calla. Las cuentas de los clubs son públicas, la conciencia nos obliga. Quizás haya algo de trastienda negra, pero es eso, trastienda. En un deporte que supone el 2% del PIB nacional, es inevitable que haya alguna derrama a favor. No debemos flagelarnos y convertirnos en Judas. Pocas cosas tan vacías como un estadio sin afición y tan triste como una sonrisa sin dientes. Si le sumamos el VAR, el fútbol carece de contenido. Con ello racionalizamos los sentimientos, algo indigno de todo buen aficionado. Su estado de ánimo es condicionado por la intemperie de los resultados; el maestro Galeano, cuando empezaba el Mundial ponía en la puerta de su casa: "cerrado por fútbol". Intentan compensarlo con una avalancha de partidos televisados de todo tipo y condición. Los actuales dirigentes políticos afirman que ya no hace falta quemar libros (Bradbury), porque ya no se lee. Pues eso.

Se acusa a algunos países gobernados por déspotas de ser blanqueados por el fútbol, incluso ponen ejemplos: Arabia Saudita, Azerbaiyán, Qatar. Juegan con mala fe. El fútbol es fútbol y lo demás es política; es magia oracular que oligarcas rusos, monarquías absolutistas árabes, marcas deportivas multinacionales se interesen por el deporte. Y lo hacen por el fútbol como lo podían hacer por las carreras de caracoles: no tiene más misterio. La verdadera afición, cuando pierde su equipo, sufre en silencio como las hemorroides; no expresa su malestar en público ni le gusta sacar los pies de las alforjas. No practican exorcismos ni magia negra, nadie lo ha demostrado; y esconderse entre la multitud es de cobardes. Da la enhorabuena al equipo ganador con espíritu deportivo; nobleza obliga.

Por el contrario, el equipo ganador no siempre merecedor, lo celebra cantando y bailando en la plaza pública, porque nos complace comportarnos como niños. No somos vanidosos pero nos gusta soñar y construir castillos en el aire y si el árbitro no lo impide, seremos campeones de Liga. Dejemos que nuestros dirigentes gestionen el fútbol, con sus contrapuntos, como todo buen matrimonio que busca la felicidad de sus hijos. Y tras sesudas reuniones con asesores, representantes, directores de restaurantes, Chema García y quien tenga algo positivo que aportar, las conclusiones son por el bien del deporte, exclusivamente.

Deportividad y honradez, a raudales; ahí esta la esfinge de Tebas que no me dejará mentir. El pedir perdón de rodillas ante cualquier exceso se ha convertido en una constante. Incluso han dejado de escupir, en solidaridad con los afectados del covid. Al igual que Diógenes iba buscando con una lámpara un hombre bueno y no lo halló, tampoco podría encontrar un ultra irracional; otra cosa es la emotividad, que en palabras del poeta: no es lo mismo, pero es igual.

No hay otro deporte donde los valores espirituales están tan en comunión con lo educativo, el trabajo en equipo, el compañerismo, la solidaridad. Nadie, en su sano juicio, podrá poner en entredicho este cúmulo de virtudes.

Al fútbol le han dado cornadas pero resurge como Ave Fénix gracias a nuestros ínclitos prohombres gestores nunca bien pagados ni considerados. Los pelotazos urbanísticos son habladurías propias de intelectualoides desnutridos. Pero sabemos que es mentira, por inspiración divina. El fútbol no debe morir, es lo que mantiene unido y estable a la sociedad. Si por mí fuera, el covid me lo pasaba por la entrepierna, al igual que el VAR, porque la alternativa es el caos.El autor es sociólogo