El poeta, el campesino y el vagabundo

10.06.2021 | 00:58

Qué pueden tener en común un poeta, un campesino y un vagabundo. Qué nos evocan y representan estos tres personajes. O qué nos pueden aportar sus universos aparentemente tan poco comunes. El poeta, el campesino y el vagabundo son, tal como comenta Lin Yutang en La importancia de vivir, tres figuras veneradas de la cultura china. Tres figuras significativas, poéticas, que nos pueden evocar capacidades y actitudes del ser humano, más necesarias en estos tiempos que corren para afrontar los problemas de un mundo complejo como son la desigualdad y los problemas ambientales, además de sugerirnos formas de vida más sanas, o quizás formas de conocer que se salen de los marcos cotidianos. Nos referiremos en concreto a la fuerza de la percepción no habitual que se le atribuye al poeta. En segundo lugar, a la relación íntima con la naturaleza, cercana como lo es la que establece el campesino. Y finalmente, destacaremos el vagabundo, su viaje hacia el desprendimiento y desarraigo sin perder la comunicación con el prójimo.

La mirada desacostumbrada es la del poeta. Cuando asoma se expresa con su lenguaje sutil apuntando a universos no comunes que conmueven y sorprenden, sacándote de tu rutina mental. Es una expresión de la inteligencia creadora, una percepción inusual diferente frecuentemente vinculada a la sensibilidad ignorada. Es una forma de mirar el mundo y de ver al otro de manera sorprendente y poco frecuente, yendo más allá de la lógica y su repetición y del análisis. Abre nuevos escenarios dando en no pocas ocasiones respuesta y soluciones inéditas a problemas y necesidades humanas.

Tal es el caso que se narra en el siguiente cuento popular: el campesino fatigado de su arduo trabajo de la vida a la que se veía sometido y de su rutina decidió vender su finca. Y sabiendo que su vecino era un buen poeta, le pidió que le hiciera el anuncio de la venta. El poeta gustosamente lo hizo de la siguiente manera: "Vendo un pedacito de cielo, adornado con bellas flores y verdes árboles, hermosos prados y un cristalino río con el agua más pura que jamás hayan visto". El poeta tuvo que irse durante un tiempo y al regresar fue a visitar a los nuevos vecinos cuando se encontró con el campesino trabajando. El poeta le preguntó: ¡Amigo! ¿No te ibas de la finca? El campesino con una sonrisa le respondió: No, mi querido vecino, después de leer el aviso que usted me hizo, comprendí que tenía el lugar más maravilloso de la tierra y que no existe otro mejor.

Pero además, esa relación íntima con la naturaleza se manifiesta en el vínculo que establece el campesino. Es decir, la persona que vive en el campo y necesita de la tierra, pero no para hacer negocio sino para cubrir sus necesidades. Es conocedor de la tierra y sus ritmos, sus ciclos y las conexiones con el entorno. El campesino de Lin Yutang, como tantos que conocemos, no adultera o degrada para obtener una mayor producción. Cuida, en definitiva, de la tierra pues es y se siente parte integrante de ella. Él es un marginado frente al modelo acaparador de la agricultura convencional intensiva, que establece una relación hostil con lo vivo. Una relación que viene de antaño y que el legado cultural judeocristiano ha contribuido con su mitología del paraíso perdido. Tal como acertada e irónicamente lo dice Lin Yutang: "Érase un hombre que llegó hasta Dios y se quejó de que este planeta no era bastante para él. Dios le señaló la luna en el cielo. Dijo que no quería mirarlo siquiera. Entonces Dios le señaló las colinas azules, los pétalos de la orquídea, le mostró los gloriosos colores y formas de los peces, un lago en la montaña, la luz en el agua..., y el hombre dijo este planeta no es bastante para mí. Y Dios le mandó a vivir a un departamento de la ciudad. El hombre se llamaba Cristiano".

Frente a ese deseo y ambición de acaparar está el vagabundo. El que viaja sin fronteras, desvinculado de las posesiones materiales situándose en un lugar de desposesión y desarraigo muy poco frecuente en el común de los mortales. Pero un desapego, en este caso, en el que el otro se convierte en sujeto necesario para construir una comunicación libre y abierta. Nos referimos al vagabundo que tradicionalmente en nuestra cultura rural era a veces acogido en las casas convirtiéndose en un comunicador de historias, anécdotas, de aquello que había escuchado en otros lugares. Como lo expresa espléndidamente Khalil Gibran en El vagabundo: "Ven a mi casa y sé mi huésped. Y él fue. Entonces nos sentamos todos juntos a la mesa y nos sentimos felices con aquel hombre, porque había silencio y misterio en él... Nos relató muchos cuentos aquella noche, también al día siguiente... Y cuando nos dejó, no sentimos que un huésped había partido, sino que uno de nosotros aún se hallaba en el jardín y faltaba que entrara todavía".

Estos arquetipos: el poeta, el campesino y el vagabundo, con los rasgos que hemos descrito, pueden resultar elementos de reflexión y considerarse herramientas necesarias en una sociedad fascinada por la dominancia de lo racional, asentada en el expolio continuado de la naturaleza y cada vez con menos comunicación presencial. Y en el sentido que les otorgamos en el texto, podemos decir que pertenecen todos ellos a la extraña estirpe de los que no buscan lucrarse, ni viven aceleradamente. Ellos conforman aspectos relevantes para el desarrollo de una vida más integrada, de mayor calidad, y no precisamente de mayor cantidad, pues la cantidad que es el centro de la producción de la sociedad industrial y la tecnológica, relega lo vivo a un número. De esta manera la mirada no convencional e insólita, encontrada en estos personajes, nos puede otorgar una forma de sentir y un saber necesario, tanto para la resolución de los problemas humanos, como para establecer una relación sanadora con la naturaleza facilitar una comunicación amistosa con el otro. Tres aspectos imprescindibles para construir los pilares de una sociedad sana.


La autora es doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación

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