En el desarrollo histórico de la ciencia, existen dos grandes posturas diferenciadas. Por un lado se sitúan quienes sostienen que la ciencia progresa como si fuera una mancha de aceite, lentamente, sin grande cambios, sin sobresaltos; cada nuevo desarrollo científico supone un pequeño avance y el conocimiento actual es el resultado de pequeños y progresivos avances. Por otro lado, se encuentran quienes piensan que el desarrollo actual del conocimiento científico está causado por grandes saltos que conlleva la falsedad del conocimiento previo y la aparición de un nuevo paradigma a partir del cual se desarrolla un nuevo florecer de conocimiento. Se presupone que, tras un tiempo de dominio absoluto, surgirá un nuevo paradigma que señale (o no) la falsedad del previo.

En el plano social podemos advertir una situación paralela, aunque más definitoria ya que la disparidad se contempla entre grupos sociales. Los diferentes estratos sociales pueden estar mediatizados por diferentes realidades e ideologías; ellas mediatizan la visión estratégica, la metodología a seguir para que los resultados y conclusiones finales abjuren de realidades ajenas. No obstante existe algo que aúna voluntades cual son los intereses; algunos prohombres son hábiles en identificarlos con el bien general cual si fuera el paradigma predominante; mientras que otros, ínclitos entre los preclaros, los asocian al bien nacional en una clara simbiosis entre la patria y sus derechos, quedando subyugados en una ensoñación que se extiende cual mancha de aceite. Los próceres tienen derecho de pernada sobre los correligionarios y los arcanos puttinescos hacen apuestas sobre los pasos a seguir, al cual prometen sumisión incluso en el más allá.

Encontramos intereses de postín como portadas en los medios de comunicación, egos y relaciones con el poder. Se visualizan en la parálisis que afecta a la tan manida renovación del Consejo General del Poder Judicial. Llevamos meses, años en que de manera epiléptica los medios informan sobre el tema, con poco éxito en su repercusión social, incluso contando con la benevolencia de público y crítica. Difícil saber en qué afecta ello de positivo/negativo al común de los mortales, incluso a la convivencia social. Pero independientemente de ello, la norma básica o Constitución establece modos y maneras de renovar los cargos. No se entiende que sea el propio poder judicial, en su diferente estamento, quien omita el cumplimiento de la ley a la que están obligados a cumplirla y hacerla cumplir. Se asemejan a los sátrapas que actúan de manera benevolente o dictatorial acorde exclusivamente a sus intereses. Es cierto que el Govern y el Gobierno de España pactaron desjudicializar la política, pero pareciera que ello se ha traspasado a politizar la judicatura. El chantaje a que someten a los representantes sociales y a la sociedad en su conjunto, cuasi monopolizando los debates, les hace merecedores de tarjeta roja y expulsión, pues son biodegradables.

Los intereses de alcurnia se caracterizan por ser representados por personas sin macula, obsesivos y autistas de las decisiones. No aceptan el diálogo, el todo/nada es la única posibilidad, primando los hechos consumados avisados con templanza; sus decisiones son dogmas de fe para sus capitanes, que intentan sacralizar la teología del bien común mediante la alquimia y sumisión de la grey; son incapaces de discernir la potestas de la autoritas. En este grupúsculo cabe incluir decisiones que suponen un atentado para la convivencia nacional o internacional, convirtiendo la caza de brujas en política de Estado e incubando los huevos de la serpiente. La convocatoria de referéndums en zonas de Ucrania y su avatar en Cataluña son ejemplos de que votar y democracia no son sinónimo de matrimonio libre; toda imbecilidad tiene sus seguidores y es imitada por ellos. Para los interesados, un país es democrático porque ha sido elegido por medio del voto y no porque demuestre respeto y actitudes democráticas; toma ya, solvencia intelectual. El referéndum ha prostituido su razón de ser democrática, siendo monopolizado por (aspirantes a) dictadores.

Existen otros intereses, menos geoestratégicos y más crematísticos. Son los intereses empresariales que gravan lo que son y desgravan lo que parecen ser; son visualizados en quien demanda trabajador joven y con experiencia. Los partidarios de este oxímoron presentan una esquizofrenia de identidad con alucinaciones de sentimiento. Son falsificadores de necesidades y nostálgicos del vudú como técnica de control social. Paladean el pedestal nebuloso de su arrogancia.

Por último están los intereses futuribles, aquellos en que el sujeto Yo es el presente e interesa ser el Yo a futuro. Se visualizan en aquellos dirigentes políticos que se otorgan la gallardía de ser valientes, con lo que ello signifique, para justificar la subida/bajada de impuestos con argumentos peregrinos, más propios de noches de excesos que derivados del análisis de la situación socioeconómica; vienen a decir: paga menos por la energía, pon la lavadora a las 4 madrugada. Cada Pepito Grillo utiliza un argumentario que vale para lo mismo y para lo contrario, camaleones fariseos. Hay nula unidad de criterio entre las partes del todo; dirigentes del mismo partido en diferentes territorios se retrotraen al yo y no al nosotros. Siempre han sido un arma electoral, pero lo de ahora es de Groucho Marx.

Perder la inocencia es la antesala de la perdida de la esperanza. Resulta difícil entender cómo en momentos históricos en que está en entredicho la conciencia social y esos valores humanistas que implican respeto y escucha activa, diálogo y puesta en común ante los problemas internos y externos que hacen peligrar la sociedad tal como la concebimos hoy día, surgen espectros nostálgicos críticos con los aromas dominantes.

La alegría con que gobierno y oposición tratan temas de supervivencia: individual, familiar, social, son indignos e indignantes. Alegría para destriparse.

El autor es sociólogo