El pasado 19 de enero se abrió la edición 2026 del Foro Económico Mundial en Davos. Un punto de encuentro de los líderes de este mundo globalizado y en conflicto en el que, al parecer, lo nuevo se está abriendo paso al viejo estilo: el olvido de las reglas y la primacía del poder. La publicación previa de los datos del Barómetro de Cooperación 2025 ha servido para reforzar con datos la percepción de un mundo en el que la cooperación cotiza a la baja en los grandes temas que están definiendo nuestro futuro.
Sin embargo, el informe arroja una luz inesperada entre las sombras: allí donde hay conversación, hay progreso. El clima, pese a las incertidumbres de la última COP, es el único reducto donde la cooperación aún respira. Es la prueba de que el viejo modelo basado en la transacción –el frío intercambio de cuotas y aranceles– está agotado. El reto actual exige transitar hacia un modelo basado en la conversación; esa práctica del diálogo que escucha al otro, suspende el juicio y no busca solo el beneficio inmediato, sino la construcción de un ecosistema de confianza.
En este escenario, en Davos hemos visto cómo el mundo se mueve hoy a tres velocidades distintas; tres formas de entender el poder que luchan por definir la próxima década.
Las tres velocidades del poder
El Foro de Davos se fundó en 1971 con la misión de mejorar el estado del mundo, promoviendo la cooperación público-privada. Cada año repiten el objetivo de impulsar la colaboración en cinco grandes retos globales: crecimiento, geopolítica, tecnología, personas y planeta; siempre con la globalización como utopía de fondo.
Los tiempos cambian, pero el espíritu permanece, y este año los líderes se han citado bajo un lema que suena casi a ruego: El espíritu de diálogo.
Si bien el Foro es global, lo que hemos presenciado estos días en Davos responde más bien a la fractura profunda del mundo occidental y a las tensiones de una democracia liberal, que hoy se debate entre dos opciones de supervivencia.
Por un lado, la vía que lidera Donald Trump: la visión dura de un Occidente bajo el liderazgo imperativo y transaccional de un superpoder estadounidense que bordea el autoritarismo. Es una apuesta por el orden mediante la fuerza, donde el diálogo no es una herramienta, sino una concesión.
Frente a ella, emerge la que podríamos denominar alternativa Carney. Es la respuesta de los poderes medianos que no se resignan a la irrelevancia y no están dispuestos a cambiar su status actual de aliados por el de súbditos. Figuras como Mark Carney proponen una realidad alternativa que estructura su influencia mediante acuerdos pragmáticos de geometría variable. Es el plurilateralismo entre iguales: si el centro no sostiene el diálogo, las periferias con poder deben construir sus propios puentes. Una invitación desde Canadá a Europa y a los países de Mercosur y el Sur global.
Es la pugna entre una diplomacia del músculo que reduce la cooperación a una simple transacción de poder –todo es negocio– y un intento de revitalizar la democracia liberal sobre sus cimientos originales. Es la tensión entre la hegemonía por imposición y la búsqueda de un progreso basado en el sentido común y el bien común; una fractura que pone a prueba la capacidad de Occidente para seguir siendo un referente de estabilidad.
Davos también ha tenido sus sombras y sus ausencias. La resolución de la crisis de Venezuela entre el negocio y la democracia, las ambiciones territoriales de Trump sobre Groenlandia, una muestra de la prepotencia de un presidente que tiene sometido a su país a una tensión constitucional y que está bajo sospecha de pretender un cambio de régimen. Sin olvidar la explosiva situación en Irán, el discreto paso por Davos de una Ucrania que no encuentra su camino hacia una paz justa... Y de fondo el silencio de China. Es el contraste entre el diálogo por mantener viva la utopía de la globalización y la realidad de un mundo fragmentado por las superpotencias y en guerra.
La tercera velocidad: el poder de lo local
En este estado de cosas, Davos 2026 ha reservado un espacio para la tercera velocidad: la voz de los territorios de referencia.
Mientras los superpoderes se miden por su capacidad de coacción y los poderes medianos por su agilidad diplomática, surge una tercera vía que no busca la hegemonía, sino la resiliencia, la adaptación por innovación. Es aquí donde la participación de Euskadi cobra un significado que trasciende lo protocolario. Frente a la diplomacia del músculo, estos territorios proponen la diplomacia de la solución.
Euskadi se presenta en este foro de la mano de la ONU y del Foro Económico Mundial no como un actor secundario, sino como un laboratorio de esa conversación que el Barómetro de Cooperación daba por perdida. En la llamada escala regional, la colaboración público-privada se está consolidando como una estrategia de competitividad; deja de ser una abstracción para concretarse en proyectos que buscan avanzar en el camino de los grandes retos (clima, energía, demografía), con el desarrollo de ecosistemas de innovación de extensión global. Es la alternativa de dar respuesta, colaborando, a los retos. Una muestra de vitalidad en un mundo global en crisis.
Esta tercera voz nos recuerda que, frente al olvido de las reglas y la primacía del poder, todavía existe un espacio para el bien común construido paso a paso, conversación a conversación: cercano.
El autor es miembro de la Fundación Arizmendiarrieta