Sábado, 31 de enero, 19.30 horas, aproximadamente. Como todos los sábados, vuelvo a Pamplona por la N-121-A después de visitar a mi madre que reside en Irún. Delante de mí circula otro turismo y, delante de éste, metros más allá, se divisan las luces azules de un coche de la Policía Foral que también circula en sentido a Pamplona. La tarde-noche es muy oscura y llueve. El asfalto mojado brilla por efecto del agua y la luz de los coches.
Justo antes de llegar al túnel de Larrakaitz, el tramo sentido a Pamplona se desdobla en dos carriles. Inicio el adelantamiento al vehículo que me antecede y … ¡horror!, me encuentro de frente un vehículo que circulaba por mi mismo carril pero en sentido contrario, es decir, en sentido a Irún. Entiendo que el mayúsculo susto no sólo me lo llevé yo, sino también la persona que conducía el vehículo con el que iba a chocar frontalmente. En ese instante, a mi derecha y en paralelo, todavía circulaba el coche que yo estaba adelantando y reaccioné arrimándome, lateralmente, lo máximo a él. A su vez, el coche que venía de frente –supongo que por la falta de visibilidad en la zona– reaccionó dando un volantazo hacia su derecha, es decir, hacia su correcto y único carril que existe en sentido a Irún. En ambos casos, la reacción fue la acertada y la suerte se alió con los ocupantes de los tres coches, de lo contrario, el resultado habría sido espantoso.
Inmediatamente después del incidente, el coche de la Policía Foral que, supongo habría dado la vuelta al percatarse de la peligrosidad de la situación, se cruzaba conmigo al encuentro del vehículo que circulaba en sentido a Irún. A partir de ahí, no sé más, sólo que llegué a casa con un gran desasosiego.
La N-121-A es un punto negro recurrente en la red viaria navarra, con alta densidad de tráfico del que mucho es pesado. Las personas que asiduamente utilizamos esta carretera vivimos constantemente la peligrosidad de la misma, especialmente al caer la noche o con condiciones climáticas adversas.
Esta peligrosidad se acentúa por la alarmante falta de iluminación y el deficiente mantenimiento que existe en muchos tramos de la misma que nos obliga a conducir casi a ciegas. Hay que recordar que en esos tramos sólo hay una o dos simples líneas de separación entre los vehículos que cruzan sus sentidos y cuyo supuesto color blanco, el de las líneas, no se distingue de noche, con lluvia y con los focos de otros vehículos dándote de frente. ¡No se ve nada!
Para ayudar a la desaparición de escenarios similares al que he descrito o incluso mucho más graves, urge, para la adecuada visibilidad nocturna, la instalación de balizas cilíndricas reflectantes verticales o captafaros reflectantes en el pavimento que delimiten ambos sentidos y guíen la trayectoria.
Hago un llamamiento a la responsabilidad que conlleva el cargo de consejero del Departamento de Cohesión Territorial al objeto de que los tramos deficientes de iluminación y visibilidad de la N-121-A sean adecentados convenientemente por el bien de todas y todos los navarros que circulamos por la misma. Para minimizar la peligrosidad, necesitamos repintado de líneas, luz y balizamiento. No es un capricho. Nos va la vida en ello.