Las cosas solo dejan de existir cuando se deja de creer en ellas. (Gonzalo Torrente Ballester)

El partido socialista, supuesto hacedor de lluvia democrática, ha perdido su magia y se encuentra en plena sequía. Su palabra, oficialista y mediática, se aleja de ser cercana y humana. Se extiende la politiquería en este país de mentirosos profesionales en el que no logramos encontrar una puñetera verdad. Hoy, los administradores del dinero suceden a los mitos. Aquí hasta el problema de la vivienda es mentira; lo único que ocurre es que el ciudadano y su economía no se llevan bien. El embuste, el amaño y la mala fe siguen pariendo nuevos nacimientos, con arreglo a un modelo de sociedad que pone su interés en recaudar beneficios interesados, en esta España en la que el poder celebra cada día sus triunfos alzando el cóctel ambrosiano de la ambición.

Entre tanto, la extrema derecha, añorante de los tirantes nacionales de Fraga, sigue engrosando el número de votantes de Vox. La sociedad continúa con la cabeza agachada, sin ver el camino, cargando con su hatillo de impuestos y de leyes, sabiendo que nadie va a proponer un monumento al parado, aunque en su lucha esperanzada deje el alma. Las incongruencias de la política y el sarao de internet están dejando agonizar la utopía de ser justos y de izquierdas. Nuestros problemas políticos, al no tener presupuestos, nos sumergen en una parálisis legislativa que dificulta la aplicación de nuevas políticas públicas, generando crisis de dependencia y legitimidad.

El gobierno, centrado en la supervivencia, actúa de un modo cortoplacista, sin lograr la unificación del país. Pedro Sánchez, cariátide que se tambalea en la proa del barco socialista, ha dejado de ser (si algún día lo fue) la imagen ilusionante de las promesas del socialismo, haciéndonos ver tan solo la felicidad burguesa que en nada se corresponde con la realidad de los ciudadanos, conscientes de un grave problema de oído interno en su clase dirigente. Han arruinado el domingo de los pobres y el pueblo se retira como la marea baja. Ya no vienen los votos, como bandadas de pájaros, a picar el cebo de sus urnas cautivas en las que las utopías han quedado en tintas planas.

Tanto la cultura como la política de Occidente nacieron de los diálogos de Platón, hoy ignorados ante la prepotente seguridad del gobierno y la mediocridad intelectual de la oposición, ambas partes inmersas en el afán compulsivo de imponerse a los demás.

Jacques Lacan sostenía que no solo el mendigo que se cree rey está loco, sino también el rey que se cree rey. La vida se uniformiza en todo el planeta. Las sociedades tienden a adoptar patrones de vida, consumo, tecnología y pensamiento muy similares, desdibujando las identidades locales y su riqueza cultural, reemplazada por patrones estandarizados a través de una acelerada globalización. No debemos olvidar que la certeza de los sentidos, y de la propia conciencia, son la base de todo pensamiento; la ética y las emociones mantenidas durante nuestra vida perfilan nuestra propia apariencia física. El pluralismo y el respeto son necesarios para la armonía social. El malestar existencial es el síntoma de la voluntad que se traiciona a sí misma. La única competencia éticamente válida es la continua superación personal.

Erróneamente, para la evolución del humanismo, se toman decisiones políticas miopes y actitudes sociales destructivas. El mercado capitalista, en la actualidad, adolece de procesos de liberación democrática; esto conlleva decisiones que empobrecen a sectores de la sociedad, concentrando la riqueza en grupos minoritarios. Todo ser humano es presa de sus propias verdades, al igual que toda teoría existencial deja abierta la puerta trasera a la evasión. Recordemos que el pasado es memoria, pero nuestra identidad se define en el presente activo. La identidad humana no es unitaria, sino una multiplicidad de voces que deben luchar por conformar la armonía. La libertad consiste en elegir las inercias y actuaciones que moldean nuestro carácter y destino. El poder del ser humano reside en su capacidad de analizar el mundo modificando su realidad interna.

Esta sociedad está cayendo en el error de valorar a la persona en función de su productividad constante. Nos pasamos el tiempo siendo seres prácticos sin espacio para soñar, necesario incluso en la más prosaica vida de un individuo. Nuestro vivir precisa imaginación, evasión y poesía, pero solemos postergar lo que realmente alimenta el alma, esperando ese hueco libre que nunca llega. La esperanza es un acto de voluntad creativa y de resistencia existencial, síntesis de una ética equilibrada ante el absurdo. Un solo acto de amor, un solo acto de belleza, tienen una repercusión simbólica y real en nuestro entorno. La determinación es una herramienta definitiva contra los límites en los que el vacío se puede transformar en obra. Inspirar optimismo en los demás es un regalo humanitario. Precisamos una actitud que actúe como forma de disidencia frente al pensamiento único, buscando en la poesía una forma humana de resistencia ante todo lo prosaico. Hablamos de una postura ontológica donde aceptamos nuestra fragilidad y finitud como la verdadera realidad, encontrando en esa debilidad una profunda belleza. La impotencia del hombre tiene un amplio espacio en los pasajes de la historia, pero esa impotencia, lejos de doblegar, debe reforzar la lucha por la justicia social; de lo contrario, la libertad pasa al plano de lo absurdo, en el que no habita la claridad ni la cohesión.

El fluir del tiempo es tan destructivo como regenerador. A veces precisamos una crisis para despertar y romper la inercia, obligándonos a una profunda evaluación del sentido de vivir, en el que la ética de la acción debe primar sobre el determinismo. La conciencia de ser finitos es la gran broma macabra del universo, pero, a la vez, estar vivos es el gran milagro de la historia de la materia que nos permite narrar nuestra propia realidad sin guion previo. En este proceso no podemos evitar el deterioro físico, pero sí tenemos la oportunidad de mantener el alma sin arrugas.

La trascendencia de pensar logra, a la manera de Proust, crear en nuestra existencia espacios privilegiados en los que florecen las alegrías de nuestras vidas. Existe una lucha del hombre con su propia oscuridad en la que hay que intentar discernir la grandeza de la existencia, conscientes de que, cada día, la luz blanquecina del alba seguirá dando paso al sol, al tiempo que los pájaros repetirán sus trinos inflamando el aire de música.