‘Harriak hitz’: ¿y si las piedras hablaran?
Presentadas en público las propuestas finalistas para resignificar el Monumento a los Caídos de Pamplona-Iruña, y dentro del proceso de participación ciudadana abierto, quisiera aportar mi opinión. Aunque ambos proyectos ofrecen unos aspectos interesantes y otros más debatibles, creo que, en conjunto, el titulado Harriak hitz logra mejor el objetivo previsto. Mediante una intervención sobria, pétrea y horizontal, su idea central consiste en “desactivar” la monumentalidad franquista del edificio, rebajando visual y simbólicamente su verticalidad y carácter triunfales.
El edificio sigue ahí, pero deja de imponerse a la vista como lo que ha sido: un mausoleo dominante sobre la ciudad. Ahora se muestra transfigurado dando la sensación de un constructo desmochado como resto del monumento que fue pero no debería haber existido nunca. En efecto, sus piedras hablan pero no con la voz vencedora y luctuosa para la que fueron concebidas, sino aportando cierta calidez desde una, paradójicamente, fría y homogénea desnudez. En términos memoriales, esto conecta con corrientes europeas de anti o contra-monumentos históricos, donde no se glorifica el pasado ni se sustituye un relato por otro igual de monumental, sino que se genera un espacio para la reflexión democrática.
Nunca puede olvidarse que el edificio nació como homenaje funerario a uno solo de los bandos de la guerra civil española, legitimando la violencia que acompañó al golpe militar y a la posterior represión franquista, de particular brutalidad en Navarra. Toda resignificación honesta ha de partir de esta verdad histórica. Sin embargo, las sociedades democráticas maduras no se levantan desde la destrucción física de las huellas hirientes del pasado, sino a partir de su reinterpretación constructiva.
En ese sentido, Harriak hitz me parece que contiene una intuición muy valiosa: que las piedras hablen a partir de la fragilidad humana que toda memoria histórica y democrática debe asumir. Des-figurar el monumento, fragmentarlo en su significado primigenio y convertirlo en un espacio de tránsito ciudadano y reflexión colectiva resulta mucho más elocuente que su simple desaparición. Allí donde antes hubo una arquitectura cerrada sobre una verdad única, ha de emerger un lugar plural, crítico y habitable para las generaciones futuras que –seamos conscientes de ello– nunca verán las cosas como las vemos hoy. Además, la propuesta comprende algo fundamental que, en los debates memorialistas actuales, no debemos olvidar: memoria e historia no son lo mismo. Un proyecto público inteligente no aspira a imponer una imposible y uniforme memoria oficial, sino a crear las condiciones para una conversación democrática sobre el pasado, nunca del todo clausurada.
Por ello resulta relevante que esta propuesta no pretenda tapar todas las huellas históricas del edificio. Solo le haría una enmienda que sí resuelve el otro proyecto finalista: dar otra solución o, sin más, suprimir las arquerías laterales que aún recuerdan demasiado al viejo edificio. En cambio, es un acierto eliminar la linterna de la cúpula lo mismo que se haya decidido mantener los frescos de Ramón Stolz, de un valor artístico reconocido –aunque, como sugerencia, los dejaría siempre visibles–, convertidos así en un potente recurso pedagógico, contextualizado de modo adecuado. Ninguna democracia fortalece su cultura cívica ocultando las derivas autoritarias o fanáticas del pasado, sino explicándolas con criterio y rigor. Cuando vuelven a crecer a nuestro alrededor y en muchas partes del mundo, discursos autoritarios, excluyentes y xenófobos, resulta imprescindible educar en cómo una religión, una identidad nacional o una ideología pueden deformarse hasta el punto de justificar la deshumanización y el exterminio del otro diferente.
Por eso mismo, me parece que uno de los mayores aciertos potenciales del futuro memorial, pensado también contra el fascismo, donde incluyo todo neofascismo, sería ampliar la mirada ética hacia una memoria integral de cualquier vulneración de derechos humanos acontecida desde 1936, durante la dictadura y en el pasado reciente ya en régimen democrático. Eso sí, sin equidistancias y abordadas dentro de sus distintos contextos victimológicos. Todas esas violaciones de derechos nos interpelan como democracia para deslegitimar cualquier violencia de naturaleza política.
Quizá ahí radique el verdadero valor de Harriak hitz: no tanto resolver el conflicto sobre el monumento –algo por ahora difícil– como ofrecer un marco compartido para gestionarlo de forma cívica. Ninguna intervención arquitectónica borrará por completo la señal de las heridas del pasado, pero puede ayudar a que una sociedad aprenda a convivir con su memoria sin quedar atrapada en ella. Y no para olvidar lo ocurrido, ni para diluir las responsabilidades de los victimarios –que asimismo deberían ocupar su espacio en el memorial–, sino para transmitir a las generaciones del mañana una convicción esencial: que ninguna causa política, religiosa o identitaria justifica jamás la negación de la inviolable dignidad humana. Las piedras pueden y deben hablar. La cuestión decisiva es qué queremos que nos digan hoy y a quienes vengan después.
El autor es profesor de Filosofía