De Santo, espacio y gas
Hola personas, antes de nada, desearos a todos unas felicísimas fiestas, que las juergas sean enormes y las resacas diminutas, que los buenos momentos toreen todas las tardes y que los malos se caigan del cartel, que quienes gustáis de poneros ante las astas tengáis vuestros veinte metros de gloria, que la salud no se resienta demasiado, que la pasta no se acabe nunca y que las visitas se vayan pronto. A darlo todo y a disfrutar a tope.
Yo he pasado esta semana muy pre, todo en Pamplona es pre la primera semana de julio, las compras, los planes, las citas, las reservas, todo son PREvisiones, no sea que luego llegue la hora H y nos pille con el ipurdi a la intemperie, vulgo con el culo al aire.
El paseo que hoy contaré lo di el martes a la mañana y fue netamente pre. Vamos a verlo.
Salí de casa a buena hora, ni tarde ni pronto, y el piloto automático me llevó a la Plaza del Castillo, -no hay mejor termómetro para tomarle el pulso a la ciudad-. Una vez allí vi que el escenario del que, para suplicio de los vecinos, saldrán millones de decibelios durante 9 noches ya está en pie y que el resto de infraestructuras festivas estaban en vías de levantarse. Esto ya no tiene vuelta atrás, pensé, aquí huele a cohete.
De la plaza pasé al paseo de Sarasate ya que mi destino era la capilla del Santo moreno a quién quería visitar. Nada vi diferente en el Paseo del internacional violinista, excepto que a las Pocholas les han puesto una camiseta festiva, de firma muy reconocible, y que espero que sea de quita y pon y que pasadas las fiestas la echen a lavar.
Tomé calle Ciudadela, paseo del Dr. y Maestro Arazuri y llegué a la puerta de la iglesia de San Lorenzo en cuyo interior, como todos sabéis, tiene alquilado un apartamento de soltero el bueno de Fermín, nuestro dinamizador. Frente a la fachada un grupo de turistas se apiñaba en torno a una guía que les explicaba vida y milagros de nuestro querido Santo. Supongo que les decía que todo era verdad, que no les explicaba el carácter legendario de nuestro paisano, ni la falta de pruebas de su existencia, ¿para qué?
Entré dejando fuera al grupo de curiosos visitantes y al llegar a la barroca capilla que alberga el templete bajo el cual Fermín pasa la vida, vi con alegría que, con muy buen criterio, han abierto al público el museo que ocupa las dependencias que hay a la derecha del templo. Mi intención era hacerle una entrevista al titular, pero ante aquella puerta abierta sucumbí y entré. Ya lo conocía, porque hace algún tiempo asistí a una visita guiada por la sabia mano de Ignacio Miguéliz, pero quise hacer un recorrido rápido de recuerdo. Una réplica de la imagen oficial y un muchacho muy amable nos reciben y nos dan paso a una pequeña suerte de pasillos llenos de vitrinas en las que podemos ver los capotes que luce el santo, las capas pluviales y dalmáticas que emplean los tonsurados en las grandes liturgias, libros y cantorales de otros siglos, los regalos que a lo largo de la historia le han hecho los navarros ausentes y presentes, sobre todo los primeros que, enriquecidos en lejanas tierras, enviaban unas piezas de oro, plata y todo tipo de piedras preciosas que dejaban boquiabiertos a propios y extraños. Como, por ejemplo, la famosa mitra dieciochesca fabricada en Cantón, allá por la lejana China, la cual está preñada de insectos en oro y piedras preciosas que van montados en unos pequeños muelles que cuando en la procesión se mece al santo tintinean y refulgen millones de pequeñas luces, o las impresionantes jarras de plata que desde el otro lado del Atlántico envió José de Armendáriz, Marqués de Castelfuerte. Visto el tesoro, salí a la capilla y me senté un rato a ver que me contaba el bueno de Fermín. Al verme, relajó su hierática postura y me contó que estaba un poco nervioso ante la cercanía de la fecha de su anual paseo, me dijo que le gusta mucho que lo saquen por las calles de su burgo, que le encanta que le aplaudan , que le aclamen, que le griten vivas y demás piropos, que le canten jotas, aunque se le encharquen un poco los ojos de la emoción, que le encanta ver a sus vecinos, año tras año las mismas caras, con renovaciones de nuevas generaciones y ausencias de aquellos que ya cantan las jotas desde el cielo, pero, me dijo, que año tras año, y ya van muchos, no puede evitar ponerse nervioso los días “pre”, él también tiene su semana pre. En esas estábamos cuando la turistada que habíamos dejado en la calle entró móvil en mano y se amontonaron en primera fila para fotografiarlo como si de un famoso del cuché se tratase. Al verlos entrar me dijo: uf, ya están estos aquí, lo siento, pero he de volver al currelo, y volvió a erguirse y posó grave, serio, en santidad, como él sabe. Salí por la puerta que da a la calle San Francisco y tomé la de San Lorenzo para llegar a la de Descalzos y salir a las escaleras que desde el Museo me bajaron al comienzo de Santo Domingo. Allí, en el restaurado edificio del puesto de guardia del desaparecido portal de Rochapea, se encuentra el recién inaugurado Espacio San Fermín. El local es pequeño, apenas 90 M2, pero me gustó lo que vi. Un pequeño recibidor, en el que atiende muy amable Maialen, da paso a un oscuro laberinto de cristales negros sobre los que se proyectan diferentes vídeos que uno a uno van reflejando a la perfección lo que son las fiestas, chupinazo, procesión, encierro, peñas, toros, kilikis, gigantes, fuegos artificiales, ambiente callejero, fiesta nocturna, etc. etc. Los vídeos son de gran calidad y la música que los acompaña tiene una gran capacidad envolvente lo cual te hace sentir muy adentro lo que estás viendo. Al salir de nuevo al espacio de entrada puedes ver carteles antiguos y un pequeño panel que explica la historia y otros aspectos de nuestras fiestas. Salí de Espacio SF y mi reloj marcaba las 10.40, a las 11 se abrían los corrales del Gas así qué me hice el recorrido del encierrillo a la inversa para llegar al Hotel El Cuerno Astifino, donde los bureles pasan sus últimos días. A pesar de llegar pronto ya había una cola importante, esperé pacientemente y cuando me llegó el turno aboné los 3,50 € que me fueron requeridos y entré a ver y a admirar los ejemplares que, bien elegidos, los ganaderos han enviado desde sus haciendas. Palmosillas, cebadagagos, fuentehymbros descansan del viaje y lucen altivos toda la leña que traen sus cabezas y que en breves días pasearán por nuestras calles sembrando miedo y emoción. Un niño, de no más de 5 años, que veía los ejemplares de la mano de su abuelo le decía temeroso: abuelo yo no quiero correr en el encierro.
Y yo tampoco. Pensé.
Besos pa tos.
Facebook : Patricio Martínez de Udobro
patriciomdu@gmail.com
Temas
Más en Pamplona
-
Cierra una conocida cervecería ubicada en la Plaza del Castillo de Pamplona
-
Continúa la espera por el nuevo hostel en los almacenes Unzu de Pamplona
-
Los hosteleros llaman a la responsabilidad para evitar plantones en bares y restaurantes
-
El Ayuntamiento de Pamplona prohíbe el uso recreativo del fuego, incluidas las hogueras de San Juan, toros de fuego o barbacoas
