“El negocio familiar tira mucho. No lo dudé y dejé todo”Eduardo Valle A. Roch tuvo claro hace unos años que hay oportunidades que no pasan dos veces. Ahora, tras relanzar el mítico Roch, ha abierto Burdeos junto a su hijo Asier, un local mítico en el corazón del Segundo Ensanche.

El tatuaje de su antebrazo derecho -se pude leer “Café Roch”- no engaña. Tras 10 años en los tribunales, consiguió recuperarlo. El negocio lo fundó su bisabuelo y, tras “muchas noches de llorar y pasarlo mal” pudo volver a ofrecer en 2023 la legendaria receta familiar de fritos. “La gente fue muy agradecida. El esfuerzo tuvo recompensa”, recuerda.

Después de dos años y con el negocio rodado, Eduardo no quiso detenerse: “Teníamos pensado ampliar la cocina porque se había quedado pequeña”. Y aprovecharon para crecer también en puntos de venta. Y ahí entró Asier. Acababa de terminar un grado medio en publicidad y comercio y en su cabeza tenía la idea de emprender. Y como en casa en ningún lado: “Desde el principio sabía que iba a hacer algo con mi padre”. Se olió la situación y estuvo un año preparándose para esta oportunidad. Y Eduardo tampoco dudó.

Dicho y hecho, y ante la jubilación de los antiguos dueños del Burdeos, se lanzaron a la aventura. Lo recibieron el cinco de mayo y, “mano a mano y durmiendo pocas horas”, el cinco de junio ya estaban inaugurándolo entre caña y caña.

Cambio de imagen

Pese a que han continuado con la línea general de un establecimiento querido en la zona, Eduardo y Asier han llevado a cabo un lavado de cara. Más luz y nueva decoración al estilo café francés, de la mano del estudio Similarte, en consonancia con la ciudad que les da nombre. Con nueva terraza comprada más allá de la frontera pirenaica, con viaje exprés incluido. Y que ya está dando sus frutos: “Vienen los clientes de toda la vida, pero el enfoque de la imagen ha traído público nuevo”.

En cuanto al producto que ofrecen, también han desatado una pequeña revolución. Aunque el concepto sea el mismo –un sitio de pintxos y raciones–, funcionan con proveedores locales y de calidad: “Además, apostamos por el producto de temporada”. Habrá platos fijos y otros que variarán en función de la época del año.

“Estamos muy contentos con la respuesta del barrio. El día de la inauguración no dábamos abasto”.

En su barra nunca faltan gildas o tortilla y han importado tres de los pintxos del Roch, el de roquefort, pimiento y jamón. Además de una ruleta rusa con uno de pimiento extra picante. “Al que le toca paga la cuenta del resto”, se ríen.

En la planta de arriba cuentan con una pequeña sala para sentarse a comer o cenar a base de raciones para compartir, demandadas los últimos años.

Por otro lado, el vino también va a tener una presencia destacada en la carta: “Queremos ofrecer al cliente algo distinto a lo que está acostumbrado”.

Y el vecindario ha celebrado la propuesta. El Burdeos, ubicado en la calle Tafalla, está situado en una zona peatonal del centro de la ciudad y con ambiente de bares que se potencian entre ellos: “Estamos muy contentos con la respuesta del barrio. El día de la inauguración no dábamos abasto”.

San Fermín

Tras un mes de rodaje necesario, afrontan el frenesí de las fiestas con la preparación adecuada. “El plan es intentar sobrevivir”, reconocen entre risas. Una broma que se permiten los que tienen la situación bajo control. Ante la incertidumbre de cómo será este primer año, cortos no se van a quedar: “Si pecamos que sea de exceso. Vamos sobrados de personal y producto”, reconocen.

Van a ampliar la plantilla de 8 a 12, con Eduardo como jefe de barra y local y Asier de cocina. El establecimiento abrirá de 10.00 a 24.00 horas y con las expectativas altas: “Esperamos que venga mucha gente”.

Con la motivación de recrear rutinas sanfermineras como la que les expresó un cliente del Roch: “El momentico de sudar y conseguir los fritos para la cuadrilla es imprescindible”.

Eduardo apoyado en una de las mesas del reformado establecimiento.

Un tándem familiar 

La aventura de emprender entre padre e hijo está funcionando a las mil maravillas. “Por lo menos de momento. Veremos en un año”, apuntan con ironía.

La juventud de Asier y la experiencia de Eduardo generan una buena sinergia de equipo. Para Asier supone un aprendizaje: “Estoy absorbiendo mucho conocimiento de mi padre, yo no había trabajado en hostelería”. Eso sí, ya había echado una mano en la reapertura del Roch.

Por su parte, Eduardo es de la filosofía del “todo va a salir bien”. Y si no se levanta y trabaja el doble. Intenta que su hijo se ahorre todos los errores posibles: “Yo me he tropezado 75 veces, que las que él caiga sean por otras razones”.

Reconoce que llevar dos locales al mismo tiempo “es un poco estresante al principio”. Pero una vez funcionan con piloto automático la presión se rebaja. Hasta el punto de que, recién estrenado el Burdeos, ya piensan en planes para el futuro. Tienen en mente abrir otro establecimiento “en el corto plazo”. En una nueva ubicación y con el tirón de los fritos del Roch, de los que tienen pensado hacer nuevas propuestas.

Eduardo y Asier, padre e hijo, van a dar guerra en la hostelería durante muchos años.