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Una fiesta vikinga en San Fermín

Las fiestas han arrancado marcadas por un Chupinazo caluroso y la celebración de Noruega remando en el Mundial

La multitud alzó sus pañuelos impacientes por recibir el coheteJavier Bergasa / Iñaki Porto / Oskar Montero / Patxi Cascante / Unai Beroiz / Iban Aguinaga / Jon Urriza / EFE / EUROPA PRESS

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San Fermín tuvo un inicio marcado por el calor, las lluvias de agua que caían de las terrazas para combatirlo y la celebración vikinga de Noruega, que ya se ha convertido en todo un fenómeno de esta edición.

La plaza del Ayuntamiento, y con ella toda Pamplona, estalló ayer a las 12.00 horas del mediodía con un chupinazo de urgencia. Los representantes de la Subdirección de Urgencias de Navarra, Clint Jean Louis Fernández y Areceli Sergio Aguilera, acompañados de miles de almas que abarrotaron la plaza consistorial, fueron los encargados de prender la mecha festiva más importante.

A las 10.00 horas se abrió el cordón policial para que los más puntuales corriesen a ocupar los sitios más privilegiados, sobre todo el vallado del encierro, para presenciar el lanzamiento del cohete. La plaza, centro de miradas en todo el mundo la jornada de ayer, tardó escasos minutos en llenarse hasta la bandera.

Media hora duró la compostura. Es lo que necesitaron los más valientes para descorchar las botellas de sangría y, en vez de refrescarse bebiendo de forma egoísta, empezar a empapar al personal presente. Y la calma ya no volvió al epicentro de la fiesta.

Las diferentes cuadrillas comenzaron a animar el ambiente a base de cánticos. No faltaron ninguno de los clásicos: camarero, 1 de enero o Somos un equipo... hacían retumbar Pamplona a cada acorde.

Pero no fueron el protagonista principal de los minutos previos al chupinazo. El arranque de San Fermín contó con un invitado de última hora: la celebración vikinga de Noruega. En año de mundial, igual de mundial que estas fiestas, no podía faltar alguna referencia. No pasaron más de diez minutos sin que un grupo de personas, a las que se sumaban otras muchas, se sentase en el suelo en forma de barco y, siguiendo las órdenes del capitán, remasen todos a una. Una celebración a lo vikingo que llevan a cabo los jugadores de Noruega después de cada victoria, la última frente a Brasil la noche antes del Chupinazo. Ha atravesado todas las fronteras hasta llegar a San Fermín.

Durante momentos, incluso coincidieron varias embarcaciones a la vez. Un año más, en el chupinazo reinó un ambiente de ilusión en el que cientos de personas se juntaron a cantar, saltar y celebrar, con gente que hasta hacía unos segundos eran completos desconocidos.

Chupinazo caluroso

A las 11.00 horas la plaza del Ayuntamiento lucía a rebosar y las entradas comenzaban a estar colapsadas.

Los avisos meteorológicos no fallaron y Pamplona vivió una primera jornada festiva con altas temperaturas. A medida que se acercaba el momento del chupinazo, se hicieron más de notar.Por esta razón, los balcones se convirtieron en una vía de escape gracias al agua que los vecinos vertían desde ella. Litros y litros hicieron acto de presencia a modo de lluvia.

Numerosos cubos de agua lanzados desde los balcones fueron la mejor manera de refrescarse en la calurosa mañana de ayer, una estampa que se replicó en el resto de ubicaciones del casco viejo. Entre eso y la sangría –la poca que quedaba–se fue amenizando la impaciente espera.

A falta de apenas media hora para el estallido de las fiestas, y como suele ser frecuente, en la plaza se mostraron pancartas reivindicativas que rezaban lemas como “Destroy Israel” o “independentzia”.

A su presencia se sumó otro de los clásicos del 6 de julio: las pelotas de plástico hinchables. Poco a poco fueron volando por encima de las cabezas de los asistentes, que se afanaban en tener el privilegio de devolverlas hacia el cielo por lo menos una vez. En el momento del chupinazo, alrededor de una decena de ellas decoraban la estampa.

Eso sí, tuvieron como competidores, fieles a su cita todos los años, a las personas manteadas por sus cuadrillas que surcaban el aire confiando en ser recogidas por las mismas manos que les habían impulsado.

Cuando llegó el momento estaba toda la ciudad preparada. Los pañuelicos se soltaron de las muñecas y tiñeron de rojo la plaza consistorial. “¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín!”. Clint Jean y Araceli, foco de todas las miradas, no se hicieron de rogar. Hábiles para prender la mecha, la multitud que abarrotaba los aledaños mantuvo la respiración durante los instantes que el cohete salió disparado.

Ante la inexistencia de nubes, el silencio contenido y el estallido del chupinazo, no quedó lugar a la duda. Pamplona había entrado en sus nueve días gloriosos. Los presentes agitaron con júbilo sus pañuelos antes de empezar a anudárselos al cuello. La fiesta siguió incontrolable hasta que la salida de la policía municipal indicaba que era el momento de uno de esos momenticos de San Fermín. A ritmo del legendario Ánimo pues, interpretado por los gaiteros, los presentes cantaron y saltaron como si solo fueran uno.

Después de la locura, poco a poco la plaza del Ayuntamiento volvió a su normalidad. Ahora toda la ciudad es ya partícipe de unas fiestas sin igual.