Aires de fiesta mayor en los garitos donde paran los acólitos de la una y grande. Celebran, cual si fueran goles de ciertos presuntos defraudadores, los resultados de la última entrega del Euskobarómetro. El rechazo a la independencia ha vuelto a caer entre los ciudadanos de la demarcación autonómica de Vasconia. El tanteador señala que los contrarios netos a la soberanía son un 39% frente a un 30 de partidarios sin matices. Añádase el 18% que no saben o no contestan y el 12 que se abstendría, y tienen el retrato completo del motivo de tanta jarana rojiamarilla.

Como ya imaginan, al glosar los datos como prueba irrefutable de la españolidad de las pecaminosas tierras del norte, ocultan dos de los más significativos. El primero, que el mismo estudio -o lo que sea- , hay una mayoría (47%) que tiene claro que Euskadi es una nación, idea a la que se opone un 35%. El segundo y, en mi opinión definitivo, es el contundente respaldo al derecho a decidir en su forma más pura y directa: un 59% de los habitantes de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa se muestra favorable a convocar un referéndum -vinculante, ojo- sobre la independencia.

Al margen de la credibilidad que se conceda a la peculiar herramienta demoscópica, que en mi caso les confieso que es más bien justita, parece que en ese detalle está el quid de la cuestión. Es decir, en su puesta en práctica. Simplemente, decidamos. Sin estridencias, sin dramatismos, sin plantearlo como el fin del mundo. ¿No está tan claro que saldría que no? Pues razón de más para plantear el sano ejercicio de la democracia. Eso sí, y esto va por todos, luego toca aceptar lo que salga.