Solía decir Félix Taberna Monzón en las entrevistas que a lo largo de su carrera política había vivido siempre en la casa de la izquierda, aunque en distintas habitaciones: la de CCOO desde los ochenta, la de IU durante 16 años como parlamentario –desde 1991 a 2007–, la del PSN desde 2011, cuando durante un año fue alto cargo del Gobierno formado entre regionalistas y socialistas y que saltó por los aires un año después. A finales de 2014, empezó a asesorar a María Chivite tras un breve paréntesis –de 2012 a 2014– en el mundillo de las consultoras y los think tanks, también en el de Enrique Goñi, ex director de Caja Navarra.
Puede que a los 64 años, y tras el anuncio del jueves, la última de las habitaciones de su gran casa de la izquierda haya sido la del Gobierno de Navarra. Allí llegó en 2023, cuando la presidenta le proporcionó nada menos que la primera vicepresidencia y todo el potencial de una estructura pública al servicio de la prospectiva y lo que vinieron a denominar gobernanza pública, y que no era sino un departamento para tomar el pulso a la sociedad y sus tendencias políticas. Ahora que Chivite ha justificado su marcha para dar un impulso político al Gobierno, cuesta pensar un cargo más político que el que Taberna asumió ahora hace tres años.
Pero, ¿qué ha pasado para que el gran asesor de la presidenta haya pasado de (casi) todo a la nada? Hay, como siempre, varias versiones. La oficial, la expresada ayer por Chivite: la necesidad de dar un impulso nuevo, un cambio de formas. La presidenta elogió la categoría humana y política de Taberna, asesor de Chivite desde finales de 2014.
La de puertas adentro: la relación entre la presidenta y el vicepresidente ya no era la mejor, desde hacía tiempo. Quizá la imagen que mejor sintetice esa frialdad sea la de esta página, la de la indiferencia de Taberna frente a la alegría de Chivite –con gesto soberbio– tras aprobar los últimos presupuestos.
Chivite ya sabía a quién colocaba nada menos que de vicepresidente: a un hombre de la vieja escuela, de funcionamiento autónomo, acostumbrado a la discreción del segundo plano, un hombre inteligente y con categoría que caía simpático al poder, a los empresarios y medios de comunicación de la derecha, que veían en él a un hombre de izquierdas como los de antes, pero con lecturas, no como los de ahora.
Taberna tuvo siempre un comportamiento autónomo y reclamaba para sí una agenda propia, selectiva, con pocas servidumbres –y menos, de partido–. Siempre entendió que era un asesor en cargo de vicepresidente, y no un vicepresidente que ejercía y también asesoraba.
Chivite pensó que, quizá, el cargo iba a sacar de él su mejor versión, plenamente institucional, y que ostentar una gran responsabilidad en el Gobierno de la mano del PSN iba a ganar para el partido a un político inteligente y hábil. No fue así. Taberna hizo su trabajo para Chivite y para él, a su manera. Ayer, la presidenta acusó a los periodistas de estar ávidos de “intrigas palaciegas”, pero lo cierto es que Taberna tejió sus relaciones y siguió frecuentando los mismos círculos de poder incluso cuando el partido atravesaba sus peores momentos. Precisamente, el punto de no retorno llegó en junio de 2025. Entonces estalló la crisis de Cerdán, con el terremoto dentro del PSOE y las ramificaciones navarras que tuvieron como víctima a Ramón Alzórriz, el hombre fuerte de Chivite en el partido y el grupo parlamentario.
La decepción
Con Cerdán a punto de entrar en la cárcel y Alzórriz fuera de juego, Chivite perdió a dos de sus apoyos fundamentales para su carrera política desde 2019. El otro que quedaba era Taberna.
Su asesor desde que llegó a la secretaría general del PSN en 2014, el hombre que la había aconsejado y al que tanto había respetado, no dio el paso adelante que hubiese querido la presidenta para echarle una mano cuando a Chivite le caían los palos en solitario.
Taberna ha mantenido un perfil deliberadamente bajo, un poco como si esos barros no le correspondieran a él, que camina un poco más ligero y elevado, en otra esfera. Chivite lo ha visto todo y además ha tenido que aguantar que la oposición política y mediática insinuara, una y otra vez, que era una presidenta títere en manos de tres hombres. En parte, la decisión de Chivite también tiene algo de imponerse y recordar que, al final del día, la que tiene la firma en el boletín es ella, nadie más.