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Antón Costas ComesañaPresidente del Consejo Económico y Social

Antón Costas: “La inmigración, bien gestionada, es una bendición del cielo para nuestra economía y nuestra demografía”

Catedrático de Economía, sus análisis mezclan profundidad y visión comunicativa convencido de la necesidad social de más información y más vertebración ante las desigualdades existentes

Antón Costas: “La inmigración, bien gestionada, es una bendición del cielo para nuestra economía y nuestra demografía”Oskar Montero

Antón Costas (Vigo, 1947) es una cabeza privilegiada. Consejero del Consejo de Estado, catedrático en la Universitat de Barcelona, comenzó a trabajar con 14 años como aprendiz en un astillero naval de la Ría de Vigo. Es también ingeniero técnico industrial. Preguntado por su salud, cuenta que lleva cuatro cánceres en los últimos diez años. “Es muy importante confiar en los médicos y enfermeras, no mirar hacia atrás ni preguntarse por qué a ti. Y pensar que mañana estarás mejor, y si no pasado mañana”. Al pie del cañón, ha pasado por Pamplona para presentar junto a María Chivite, Elma Saiz o José Luis Arasti el informe‘La realidad migratoria en España: Prioridades para las políticas públicas’elaborado por el Consejo Económico y Social. El objetivo es “crear una sociedad informada sobre los beneficios de la inmigración” y también sobre sus “costes”, abogando por políticas “pragmáticas” frente a las “respuestas fáciles pero equivocadas a problemas complejos”.

La migración, oportunidad para el crecimiento económico y el equilibrio demográfico.

–El informe es el acuerdo de los 60 consejeros del CES (representantes de sindicatos, patronales y otras organizaciones empresariales y sociales) sobre un tema esencial.

Que se debe regular aunando políticas inclusivas y vertebradoras.

–Las migraciones son algo permanente en la historia de la humanidad, un hecho estructural. La cuestión no es ponerles freno, sino cómo se controlan. La inmigración hoy para España, bien gestionada, a mi juicio es una bendición del cielo para nuestra economía, para nuestro mercado laboral, para nuestras empresas y para nuestra demografía. Un caso claro es Navarra.

¿Qué quiere decir bien gestionada?

–Es fundamental que la inmigración esté en situación de regularidad administrativa. Tener los papeles de residencia y los necesarios para trabajar.

Ahora precisamente se ha anunciado un proceso regulatorio.

–Creo que es inevitable y necesario. España es un caso sin parangón. Alemania, Francia, Italia o Reino Unido llevan seis o siete décadas gestionando un proceso migratorio gradual. No hay país que haya experimentado un proceso tan intenso en tan corto plazo de tiempo como España. No somos conscientes de la intensidad y rapidez de este aumento de población inmigrante, en muchos casos ya española por nacionalizaciones. Somos el cuarto país del mundo en volumen absoluto de inmigrantes después de EEUU, Alemania y Reino Unido. Gestionar un proceso de esta dimensión, ocurrido en tan poco espacio de tiempo, es complejo. Nos hemos visto obligados a tener que introducir regularizaciones extraordinarias en consecuencia.

“Sorprendentemente mejora la productividad de la economía española en un momento de muchísimo aumento de empleo”

El informe habla de “segregación”.

–Sin duda, intenta analizar los flujos y sus características e identificar los efectos laborales y económicos y en los servicios públicos. Hay que distinguir entre el primer año de llegada y lo que se va viendo a partir del quinto. Primero vemos diferencias salariales importantes del orden del 30% entre nativos e inmigrantes. También en cuanto a la calidad del empleo y el tipo de actividades a las que se incorporan. Pero muchas de esas diferencias se reducen y en algún caso, como el de las mujeres, acaban anulándose prácticamente al cabo de cinco años.

¿Y los impactos sobre los autóctonos en las condiciones laborales?

–En la medida en que entran inmigrantes en trabajos de menor cualificación y salario, se produce un desplazamiento de autóctonos hacia puestos de mejor calidad y de mayor salario y productividad. Esto no se da con la misma intensidad en otros países. Sorprendentemente observamos una mejora de la productividad de la economía española en un momento en que aumenta muchísimo el empleo. Por eso España está creciendo y Navarra también, consecuencia del aumento de la población laboral inmigrante y de la mejora de la productividad. En resumen, hay disparidades que se van corrigiendo según aumenta su estancia.

¿Y en cuanto a los servicios públicos y el acceso a la vivienda?

–El informe reconoce un punto ciego del proceso de gestión. El aumento de la población y su concentración sin reparto homogéneo especialmente en algunos barrios o lugares de las grandes ciudades. Esa concentración no ha ido acompañada de la mejora de los servicios públicos para evitar que la presión inmigratoria allí pueda perjudicar las condiciones de acceso de los propios nativos a esos servicios públicos. Esto a mi juicio es el principal reto que tenemos en los próximos meses y años, además de la reducción de la irregularidad. Aumentar la capacidad financiera y de recursos y de gestión de los gobiernos locales y autonómicos para mejorar la calidad de los servicios públicos incluyendo la vivienda, como prioridades de las políticas públicas.

Hablaba de control migratorio.

–Que pertenece a la Unión Europea.

Partimos de un Mediterráneo convertido en fosa común.

–¿Cuáles son las fuentes de la inmigración irregular en España? Tres, la primera las personas que entran especialmente por mar, ya sea el Atlántico o Mediterráneo, o que entran por tierra a través de Ceuta y Melilla. Otra es como turista, al cabo de 91 días. Nuestra irregularidad viene a través de los aeropuertos; sin embargo el mar por esa dimensión dramática y humanitaria y probablemente por un origen geográfico que representa ciertas distancias culturales, provoca una atención muy importante. En gran parte, debido a que la cooperación entre administraciones en España, no es lo fluida y eficaz que debería ser.

¿Y la tercera fuente?

–La de aquellas personas que ya están trabajando o con permisos de residencia o de trabajo que cuando tienen que renovarlo se encuentran con un mecanismo que no funciona adecuadamente. Pero no desviemos la atención a esa porción pequeña, casi ínfima, de la inmigración irregular que entra por mar, y démosle en todo caso una respuesta humanitaria.

Usted se considera un socioliberal...

–Las etiquetas son tremendas, porque si te las ponen o te obligas a ponértelas después te ves un poco sometido, y no me gustan mucho. En muchos casos me veo, sí, socialista liberal, expresión que utilizaba alguno de mis maestros, como Ernest Lluch, que fue mi codirector de tesis doctoral y después fui vicerrector con él durante cinco años. Creo que la socialdemocracia ha aportado a las condiciones de vida y a las oportunidades de la gente en Europa y en EEUU momentos de brillantez extraordinaria después de la Segunda Guerra Mundial hasta los años ochenta. A la vez me gusta mucho tener márgenes de libertad, pero cuando hablo de liberalismo lo digo en su sentido clásico, aquel que se define como tolerante, con un elemento de ciudadanía muy importante. Me encontraría muy incómodo con muchas dimensiones de liberalismo actual, y especialmente de ese que habría que llamar libertario, donde no me veo.

Aboga insistentemente por la necesidad de un nuevo contrato social.

–Para intentar una sociedad liberal pluralista relativamente armoniosa, donde las personas somos muy diferentes en valores y visiones. Cómo logramos que usted y yo, con diferencias en muchos ámbitos, trabajemos y dialoguemos juntos. Tiene que haber un pegamento al que llamo contrato social, que tiene partes escritas y no escritas. Hay partes escritas en la Constitución, en derechos y obligaciones. Eso es un contrato social...

“El aumento y concentración de población migrante en algunos lugares no ha venido acompañada de la mejora de los servicios públicos”

Ciertos sectores no se acuerdan mucho de parte del articulado...

–Esos puntos ciegos son los que me llevan a defender la necesidad de un nuevo contrato social en algunos ámbitos, con dos pilares fundamentales. Una sociedad liberal pluralista, una democracia liberal, no puede funcionar sin que todo ciudadano que quiera trabajar y que esté en condiciones de hacerlo pueda tener un buen empleo. No es posible. Por lo tanto, el contrato social nuevo tiene que tener una garantía de buen empleo para toda persona que queriendo trabajar está en condiciones de hacerlo.

¿Y el segundo elemento de ese contrato social?

–Tenemos que elaborar un contrato intergeneracional, para ver cómo abordar la cuestión de los cuidados. Somos una sociedad cada vez más longeva, no me gusta la palabra vieja, porque yo ya sería viejo, pues paso de los 65 años ya... No es posible pensar que podamos transferir toda la obligación de los cuidados al sector público, la de los niños y la de los mayores; sería peligroso, nos llevaría a una sociedad de tipo totalitario. Tenemos que elaborar un contrato de este tipo. Sin esto las democracias liberales tienen un futuro complejo si no somos capaces de hacer esto. Es el nuevo pegamento que necesitan.

¿Cuál cree que es el estado actual del capitalismo?

–El capitalismo es como el colesterol, lo hay del bueno y lo hay del malo. Hubo un buen capitalismo desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta los años ochenta, noventa. Mis padres, ambos, eran trabajadores en la Ría de Vigo. Tuvieron empleos estables, con unos salarios que no les permitieron hacerse ricos, pero sí construir una vida de clase media.

Se dice que el sistema entonces se contuvo porque había un modelo alternativo enfrente.

–Lo mismo que la reacción nuclear, sin controles sería un despropósito.

Pero ahora hay quien aboga por ese despropósito.

–Un poco sí, porque el capitalismo corporativo y global se ha salido de madre y de vía.

Y quien busca seguridades abogando por cortar con el gasto social y el sálvese quien pueda.

–Pero aportemos datos. Por ejemplo, los inmigrantes en España en términos de pensiones, de la Seguridad Social, aportan más de lo que reciben. ¿Y a futuro? No, hablemos del ahora y del medio plazo. En relación a la crisis de la democracia yo sugiero otra mirada diferente de las crisis. Para mí son momentos que traen semillas de progreso. Si usted mira la historia de nuestro país o de la humanidad, de cada uno de nosotros o de una empresa el paso adelante siempre que se ha dado ha sido después de una crisis. Esas semillas de progreso naturalmente hay que hacerlas germinar.

“Para intentar una sociedad liberal pluralista, en relativa armonía, tiene que haber un pegamento al que llamo contrato social”

Usted es un derroche de esperanza. Aboga por huir del fatalismo y dice que Trump puede ser una bendición para Europa.

–Es verdad. No me considero un optimista tonto, pero sí una persona esperanzada, porque si no tiene esperanza, recuerde las virtudes teologales. Si no practica la fe y la esperanza, ¿qué le queda? La resignación.

¿Por qué hemos perdido la esperanza? ¿El pesimismo tiene más reputación intelectual?

–No, creo que estamos en un momento de renovación de la esperanza en nuestra sociedad, aunque no somos capaces de verlo. La esperanza en este momento es como una semilla que aún está bajo tierra, no ha salido aún a la superficie, pero está ahí. Hay en nuestro país motivos para la esperanza y el progreso. Un gran poeta romántico alemán, Hölderlin decía en un poema: “Pero allí donde existe peligro, crece también lo que salva”. La tentación fáustica, de Goethe, es ser capaz de pensar que lo malo puede traer lo bueno. En economía hablamos de destrucción creadora; creer que la destrucción de lo viejo me va a traer cosas nuevas. Hay que ir con cuidado, ¿eh?

Entiendo.

–Pero esto es también un pensamiento de tipo esperanzador. O el concepto de crisis óptimas, de nuevo la tentación fáustica; que sean los suficientemente intensas para generar reacción y esperanza en la sociedad, pero no tanto como para destruir los medios que se necesitan. Por ejemplo, la covid en Europa produjo un efecto que ninguno de nosotros había anticipado, que de pronto la Unión Europea decidió dar un paso adelante creando Next Generation y financiándolo por primera vez con deuda comunitaria europea. Hay que pensar las crisis como momentos de saltos hacia delante, visagras que te permiten pasar de una habitación a otra en la historia de la humanidad. 

Habla también de “reparar el puente entre crecimiento y prosperidad”.

–Claro, esto es fundamental.

Pero la tentación, tras los Next Generation, es una nueva austeridad.

–Esperemos que no. Mire, España crece, y lo hace de una manera inesperada desde hace cuatro años. Y sin embargo, seguimos siendo el país de toda la UniónEuropea, con excepción de Rumanía, con mayor pobreza infantil. ¿Cómo es posible que creciendo un país no sea capaz de reducir esta y otras pobrezas? Esa es mi idea de que se ha roto el puente que funcionó en los años sesenta y setenta, donde el crecimiento traía prosperidad para todos. Hoy hemos de ir con cuidado, porque el crecimiento por sí solo ya no trae prosperidad para todos. Hemos de reparar este puente, y este es el esfuerzo que tenemos que hacer, y lo podemos hacer... y tenemos capacidad para hacerlo.

¿Cree que este credo genera eco suficiente, más allá de su prestigio?

–Es que el plan B aquí es tremendo, porque si no conseguimos restaurar ese puente el camino nos lleva de nuevo a dictaduras o a políticas de austeridad. El crecimiento de nuestra economía tiene capacidad para atraer progreso para todos. Para eso, probablemente, tenemos que acabar con algunos privilegios de unos pocos, tanto en el ámbito fiscal como en otros.

Eso nos lleva a la cuestión clave del reparto.

–Pero en una sociedad democrática no podemos transferir a los políticos la obligación total de mejora. La presión tiene que surgir del seno de la propia sociedad a través de múltiples mecanismos. Una sociedad democrática es como un mercado donde compiten los partidos políticos como si fuesen empresas de yogures. Los políticos, en esa competencia, van a mirar a qué es lo que estamos deseando o exigiendo. Si no hay exigencias, si no hay ejercicio de ciudadanía en la sociedad, la política responderá solo al juego de poder. La política responde a las necesidades públicas cuando los ciudadanos somos capaces de imponerlo. La Transición española no fue una concesión de unos políticos, fue el resultado de un ejercicio de ciudadanía desde abajo extraordinario.

“Una democracia liberal no puede funcionar sin que todo ciudadano que quiera trabajar y esté en condiciones pueda tener un buen empleo”

¿Y ahora?

–Creo que estamos en un momento histórico para construir una buena sociedad. No lo tuvimos en el pasado, donde había unas limitaciones tremendas. Primero con el franquismo, las restricciones para construir una buena sociedad eran indudables. Después vino la Transición, en la que nuestra economía era un desastre. La inflación llegaba casi al 30%, estábamos endeudados, en bancarrota, y sin embargo fuimos capaces de ir adelante. Llegó la integración en Europa, de nuevo fue un esfuerzo extraordinario, con una balanza de pagos deficitaria. Hemos avanzado como país en las últimas décadas, a pesar de esas muchas limitaciones. Ahora, por primera vez en la historia, no las tenemos. Somos uno de los pocos países del mundo con balanza de pagos excedentaria; vendemos más a fuera de lo que compramos. Tenemos una sociedad dinámica.

¿Entonces?

–Necesitamos ser capaces entre todos de fijarnos en el futuro, mirar las prioridades futuras, de no dejarnos llevar por los miedos ni por batallas un poco de corto plazo. Si somos capaces como sociedad de poner esa mirada común en el futuro, creo que estamos en el mejor momento de nuestra historia reciente para construir una buena sociedad y un buen país.