Nueve meses después de que el cáncer irrumpiera sin previo aviso, cambiándolo y deteniéndolo todo, la familia Pain-Urteaga reconoce que es ahora cuando, por fin, está aprendiendo a relajarse. El tratamiento de Irune, una joven de Altsasu que padece leucemia, se encuentra en fase de mantenimiento, así que sus padres, Itziar y Javier, celebran con inmensa alegría ver cómo su hija “recupera poco a poco las fuerzas”. Las ganas, sin embargo, siempre han estado ahí. Aunque solo tiene 15 años, Irune afronta su enfermedad con una templanza y una fortaleza que le están permitiendo conservar la ilusión, incluso cuando el cansancio intenta frenarla.
No todos lo meses han sido igual de optimistas. A pesar de que “este tipo de leucemia es de las menos agresivas”, la quimioterapia no entiende de excepciones. “Diciembre y enero han sido meses muy complicados”, reconoce Javier. Tras haber superado lo más duro del tratamiento y haber empezado a encontrarse mejor, la medicación volvió a mostrar algunos de sus peores efectos secundarios y en ese momento, tareas cotidianas tan simples como levantarse del sofá para ir al baño se convirtieron en todo un reto para Irune. De hecho, “salir con mis amigos y no tener que sentarme en un banco porque me canso, o poder subir tres pisos de escaleras para visitar a mi abuela son las cosas que más feliz me hacen ahora”, admite la joven. “Es que es una campeona, lo aguanta todo”, interviene con orgullo su madre.
Si bien es cierto que la actitud se ha vuelto más positiva, el miedo que sufren unos padres al ver a su hija enferma no desaparece de un día para otro. De hecho, todavía puede leerse en sus ojos. “Cada vez que me llaman por teléfono, me da un vuelco al corazón. Lo llevamos con más normalidad que antes, pero, hasta que no me digan que el tratamiento ha terminado, me voy a seguir asustando si suena mi móvil porque la preocupación nunca se va”, cuenta Javier. Itziar, mientras tanto, vive con cierta angustia los avances de Irune. “He pasado tanto tiempo con ella, cuidándola, asegurándome de que está bien, que ahora tengo miedo de que le pase algo ahí fuera, pero sabemos que necesita pasar tiempo con sus amigos porque ya está aburrida de estar tanto con nosotros”, admite. Irune se ríe y confirma las sospechas: sus ganas de vivir la juventud no caben en ella.
El diagnóstico de leucemia: “Se nos cayó el mundo encima”
El miércoles 30 de abril de 2025, Irune acudió al médico por migrañas. Además, recuerda, “llevaba toda la semana muy cansada, pero creía que podría ser porque la regla me estaba durando más que otras veces”. El sábado, tan solo unos días después, el estado de salud de la joven empeoró drásticamente. Su madre cuenta que fue la hermana de Irune, Maialen, quien dio el aviso. “Yo estaba trabajando cuando, de repente, mi hija mayor me llamó asustada y diciendo que Irune tenía unos dolores de tripa y de cabeza inaguantables, que estaba muy pálida y que no podía levantarse del sofá”, explica Itziar.
Acudieron, en un primer momento, al servicio de urgencias de Altsasu, pero enseguida la trasladaron al Hospital Universitario de Navarra para hacerle pruebas. “Tenía la hemoglobina muy baja, sobre los 4,4 g/dL. No sé cómo se tenía en pie”, dice su madre. Ese mismo día, Irune recibió su primera transfusión de sangre. La familia permaneció ingresada en el hospital y para ese mismo lunes, el diagnóstico de leucemia ya era una realidad.
“Creía que me dirían que tenía anemia y que ese día me iría a casa, pero tuve que pasar un mes entero en el hospital”, lamenta la joven. Para sus padres, el impacto no fue menos de traumático. “Se nos cayó el mundo encima. Mientras para el resto la vida seguía, a nosotros se nos detuvo en seco”, confiesa su padre.
En total, calcula Javier, “en este último tiempo, Irune se ha pasado unos tres meses ingresada”. De hecho, el proceso ha resultado tan agotador que, en algunos momentos, ya ni la comida del hospital era tolerable. “Cada vez que tiene algo de fiebre o se encuentra mal y tenemos que ir al médico, llevamos un táper con comida de casa, no porque no le guste la de allí, sino porque la tiene asociada a esos ingresos tan largos y complicados”, detalla Itziar. Sin embargo, y tal y como su padre reconoce con orgullo, Irune ha demostrado su fortaleza incluso en los momentos más difíciles. “Lo ha llevado de manera ejemplar. Siempre ha intentado estar bien y animada, y eso nos ha ayudado mucho a nosotros”. Es más, cuando comenzó a perder el pelo –quizás, uno de los momentos más delicados del proceso– la joven demostró una calma y madurez dignas de admirar. “Me lo fui cortando y, cuando se me empezó a caer, me lo rapé. Al principio , sí, me molestaba, pero cuando me vi rapada, me lo tomé como una cosa más. Además, cuando quiero, me pongo la peluca, y si no, un gorro o una gorra”, expone con naturalidad.
Los planes a futuro: “Estoy deseando ir a la playa”
Aunque ya solo acude al hospital una vez cada dos semanas, Irune todavía no ha vuelto al instituto, sino que recibe clase de dos profesoras del centro que se acercan a su casa, cuatro días a la semana, para asegurarse de que termine cuarto de la ESO y pueda acceder al Bachillerato de Artes que tanto le entusiasma. “Llevo nueve años yendo a clases de pintura y, cuando sea más mayor, me gustaría estudiar diseño de interiores”, cuenta con ilusión.
Sin embargo, no hay nada que Irune espere con más ansia que poder retomar sus veranos en la Playa de Aguadulce, en Almería, donde se pasa los días buceando, paseando y navegando en canoa. Tampoco se quedan atrás sus ganas de que llegue junio para disfrutar del plan que Adano (Asociación de Ayuda A Niños Oncologicos) le propuso hace un tiempo: viajar hasta Irlanda junto a otros jóvenes con cáncer para disfrutar de la hípica, el tiro con arco, el teatro y, en definitiva, un sinfín de actividades que le levantarán –si cabe– aún más el ánimo; algo que sus padres consideran “fundamental para su tratamiento”.
Apoyos incondicionales: “Nunca nos hemos sentido solos”
La familia coincide en que la ayuda recibida “no ha podido ser mejor”, tanto por parte del personal del HUN y de Adano como de sus seres queridos. En efecto, revela Javier, “cuando Irune pedía que fueran a visitarla, tenía a sus amigos con ella en el hospital al cabo de una hora”. “Es verdad que a veces me siento algo desubicada con ellos porque no me entero de algunas cosas, pero me ayudan siempre que lo necesito”, cuenta la joven. Por eso, su padre insiste: “Me gustaría que nadie más tuviera que pasar por esto, pero, a quien le toque, que tenga claro que no se va a sentir solo”. Mientras, Irune pide confianza a quien un día pueda encontrarse en su situación. “Hay que esperar, después todo mejora”, asegura.