Lectura lenta para tiempos rápidos: 75 años de un colegio que acompaña
El Colegio Nuestra Señora del Huerto consolida un proyecto educativo de acompañamiento integral, en colaboración con las familias y con formación en valores, desde Infantil hasta Bachillerato
En tiempos de titulares que se consumen en segundos, hay proyectos que piden otra cosa: lectura lenta. La educación en Pamplona —como los libros que importan— no se entiende por la portada, sino por lo que va dejando página a página: hábitos, criterio, convivencia, preguntas. Este curso, el Colegio Nuestra Señora del Huerto cumple 75 años en Pamplona y lo celebra como se celebran las historias largas: mirando lo que permanece y lo que se actualiza sin perder el sentido.
Porque educar no va de acumular actividades, sino de construir un recorrido. Y en un momento en que muchas familias sienten que todo va demasiado rápido —pantallas, prisas, ruido—, la pregunta es sencilla: ¿quién acompaña de verdad a los niños y adolescentes mientras crecen? ¿Quién les enseña a estudiar, a convivir, a sostener un esfuerzo, a pedir ayuda cuando algo se atasca?
El Huerto lo hace desde los 3 hasta los 18 años, con una comunidad que supera los 1.100 alumnos. Esa continuidad permite algo poco frecuente: que cada etapa encaje con la siguiente sin perder el hilo. Y que el colegio sea, además de un lugar de aprendizaje, una red de apoyo donde se conoce a las personas por su nombre. No es un matiz: es una forma de entender la continuidad educativa.
El rigor académico aquí no se confunde con presión. Se traduce en hábitos de estudio, constancia y responsabilidad, pero también en atención personalizada y tutorías que miran más allá de la nota. Con tres líneas por curso, el profesorado puede ajustar ritmos, reforzar sin etiquetar y orientar con tiempo. Exigir, sí; abandonar, no. Y, cuando llega el momento de decidir, Bachillerato abre caminos con cuatro modalidades —Tecnológico, Salud, Humanidades y Sociales— para que cada alumno encuentre su itinerario con acompañamiento integral y realismo.
Hay otra cuestión clave que muchas familias valoran: el clima y convivencia escolar. La convivencia no se improvisa; se entrena. En las aulas y en los pasillos se aprende a trabajar en equipo, a argumentar, a escuchar y a discrepar con respeto. Los proyectos compartidos entre etapas —cuando los mayores ayudan a los pequeños, cuando se aprende explicando— generan algo difícil de copiar: sentido de comunidad y responsabilidad.
Los idiomas se entienden como herramienta de ciudadanía. El alumnado crece en un contexto donde el inglés está presente desde Infantil (con una inmersión que convive con el castellano) y se mantiene después con el programa PAI en Primaria. A ello se suma el francés y, sobre todo, la práctica real con auxiliares de conversación. Hablar, escuchar, equivocarse y volver a intentarlo: así se aprende. Y con Erasmus+ y proyectos internacionales, el idioma deja de ser asignatura y se convierte en experiencia compartida: intercambios, colaboraciones y retos con jóvenes de distintos países europeos, dentro y fuera del aula.
También la tecnología se aborda con mirada crítica. No se trata de llenar aulas de dispositivos, sino de aprender a pensar con y sin ellos. Por eso el centro apuesta por proyectos STEAM y por un uso responsable de la tecnología: herramientas cuando ayudan, límites cuando distraen, y el papel como base para fijar conocimientos. Educar hoy es también enseñar a gestionar la atención, a distinguir información de ruido y a usar la pantalla sin que la pantalla use al alumno.
Valores compartidos
La educación cristiana del colegio se expresa desde el humanismo y el compromiso. Inspirado en San Antonio Gianelli, el proyecto pone en el centro la formación integral: aprender, convivir, servir. El centro cuenta con iglesia y con capellán en Primaria y Secundaria, y la acción solidaria se concreta, por ejemplo, en la colaboración con una misión en la República Democrática del Congo, trabajada con el alumnado para abrir preguntas sobre justicia, desigualdad y responsabilidad. Valores con hechos, no con eslóganes.
A esa vida del centro se suma la Residencia Universitaria (activa desde 1962), hogar de 69 jóvenes, y un conjunto de espacios que acompañan el día a día: patios interior y exterior, polideportivo, comedor con cocina propia, biblioteca, salón de actos, sala multimedia, aula de música e instalaciones renovadas en los últimos años, con mejoras que continúan para cuidar el entorno y hacerlo más amable.
En este aniversario, el colegio invita a mirar la educación con la misma paciencia con la que se lee un libro bueno: visitarlo, conversar con el profesorado, ver una clase en marcha. Porque la mejor forma de entender un proyecto educativo no es por lo que dice de sí mismo, sino por lo que hace cada día con sus alumnos. Porque, al final, elegir colegio es elegir el lugar donde se aprende a leer el mundo. Y decidirlo con calma también es una forma de cuidar.
Setenta y cinco años no son solo una cifra: son generaciones de historias. Y quizá esa sea la mejor invitación para quien busca colegio: pasar de la sinopsis a las páginas reales. Entrar, mirar, preguntar y sentir si aquí se puede crecer con exigencia, con cuidado y con sentido.
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