El Fuerte de San Cristóbal, situado en lo alto del monte Ezkaba, ha sido declarado este martes Lugar de Memoria Democrática. En la fortaleza, que sirvió como prisión franquista, alrededor de 7.200 presos, en su mayoría republicanos, sufrieron las condiciones insalubres e infrahumanas del lugar, y se calculan unas 650 muertes entre el total la población reclusa. Las personas encarceladas, ha explicado la vicepresidenta Ana Ollo en el acto conmemorativo que se ha celebrado a las puertas del fuerte, “fueron encerradas por defender sus ideas; unas ideas de libertad, democracia o justicia social con las que pretendían cambiar el mundo en esos complejos años treinta del pasado siglo”.
Tal y como ha apuntado el secretario de Estado de Memoria Democrática, Fernando Martínez, que también ha asistido al acto, estos lugares “tienen una finalidad pedagógica y de divulgación” que cobra especial importancia “ante el avance del neofascismo y el populismo que impulsa la derecha extrema”. En este sentido, ha añadido, es fundamental “que las nuevas generaciones de la juventud navarra conozcan quiénes fueron los encarcelados y por qué tipo de sociedad luchaban para terminar siendo pasados por las armas”.
Las paredes del fuerte fueron “la última morada de muchos de ellos antes de pasar por los muros de fusilamiento”, ha expuesto el secretario. Por ello, la declaración del penal como Lugar de Memoria Democrática “es un acto de justicia para las víctimas y para los familiares”, pero también para la verdad, “que es necesaria para que no se repitan los hechos dramáticos del pasado”, especialmente en el contexto internacional actual, lleno de “guerras y autoritarismo”. En este sentido, ha insistido Martínez, “ellos, que estaban llenos de mugre, se arrastraban y vestían con harapos, eran lo mejor del país y no podemos olvidarlos nunca”.
Un penal infrahumano
El Fuerte de San Cristóbal, que tardó 40 años en ser construido, fue levantado para proteger Pamplona, pero al desarrollarse la aviación de guerra, este quedó obsoleto y pasó a convertirse en una prisión. Dentro de ella, los reclusos fueron expuestos a enfermedades, condenados a pasar hambre, frío y humedad, y obligados a estar incomunicados y a sufrir innumerables abusos y torturas. De hecho, algunas fuentes señalan esas condiciones como las detonantes de la fuga de 1938. Este suceso, aunque constituye una de las mayores fugas de presos de toda Europa –fueron 795 en total– , continúa enterrado en el olvido para muchas personas. En esta línea, ha cuestionado Ollo, “si esto hubiera pasado en Estados Unidos o en la Segunda Guerra Mundial, ya habría dado lugar a varias películas”.
A pesar de que durante años, la sociedad y las instituciones navarras “hemos practicado activamente la desmemoria”, ha reconocido la vicepresidenta, colectivos sociales y asociaciones como Txinparta, así como las investigaciones y publicaciones de muchas personas, “han puesto al fuerte de Ezkaba en el mapa de la memoria” mucho antes, incluso, de que se colocase la placa conmemorativa que inauguraron en el acto.
A pesar de que todavía queda mucho camino por recorrer, el Gobierno de Navarra ya cuenta con una treintena de lugares de memoria “con este máximo nivel de protección”, entre los que destacan la GR 225 –la ruta de la fuga de San Cristóbal– y el proyecto del Cementerio de las Botellas.