“Los recuerdos que tú, papi, solías contar, no solo eran recuerdos de familia, sino que pertenecían también a la historia del país, de tu generación de luchadores por la justicia y la libertad”. Ana Fernández Gurrutxaga (82 años, vive en Breziers, al sur de Francia) es la hija de Jovino Fernández, uno de los únicos tres presos que lograron alcanzar la frontera francesa tras la fuga masiva del Fuerte de San Cristóbal, el 22 de mayo de 1938.
Según contó durante el acto conmemorativo de la declaración del penal como Lugar de Memoria Democrática, su padre se afilió a la CNT en 1931, participó en el frente de Oviedo, en el Cinturón de Hierro de Bilbao y en otras revueltas para defender la democracia hasta que fue atrapado en Esles, Cantabria, comulgado para la reclusión y condenado a muerte. Llegó a Pamplona el 23 de octubre de 1937, en tren y de noche, y le entregaron al jefe del penal “como si se tratara de un fardo, sin ropa, sin colchones, sin nada”. “Es lo que él decía”, aseguró Ana. La comida “era horrible”. Un día, en una ración de potaje para 40 hombres “pudieron contar hasta 60 garbanzos”. El que enfermaba –“o al que le hacían enfermar”– no disponía de médicos ni medicinas. “Moría como podía”, explicó la hija.
Un domingo de guardia baja
La fuga fue un domingo. Cuando su padre paseaba por el patio, alguien se acercó para avisarles de que algo ocurriría. “Unos compañeros entraron en el patio con armas y vestidos de oficiales, las puertas estaban abiertas y todos se apresuraron a salir”, relató. No saben muy bien cómo lo consiguieron, "parece que aprovecharon que los guardias estaban cenando", pero todos corrieron hacia el monte y las carreteras enseguida se llenaron de camiones cargados de oficiales.
“Curas y mujeres con fusiles, perros, boinas rojas, requetés, guardia civiles y soldados iban tras ellos, persiguiéndoles con rabia”, expuso. El grupo de fugados al que pertenecía su padre estaba conformado por 20 compañeros. “A los dos días, solo quedaban tres, y más tarde, él solo”, ha revelado.
“En el grupo de mi padre eran 20 fugados; dos días después, tres; y más tarde, solo quedaba él”
En una ocasión, relató, "tuvo que permanecer más de dos horas escondido en el río, los perros ladraban y él escuchaba cómo un cura con fusil decía: 'ese cabrón se ha metido aquí y lo hemos de encontrar'". Allí sufrió verdaderas calamidades, "comía hojas y hierbas, estaba hecho polvo", lamentó. Cada día que sobrevivía era un milagro, "y eso que los guardias, al principio, no se atrevían a entrar en los bosques por si los fugados iban armados".
Doce días después de salir del penal, Jovino se topó con un pastor que le ayudó a pasar la muga. Tras huir a Francia, volvió al frente republicano de Barcelona donde conoció a la madre de Ana, Luisa Gurrutxaga, con quien acabó en el exilio. “No pensemos que en Francia encontraron el asilo que necesitaban, allí fueron recibidos como indeseables y trasladados a campos de concentración”, subrayó.
“Mi padre, junto a Valentín Lorenzo y José Marinero, tuvo la suerte de cruzar los Pirineos y alcanzar la libertad”, contó. Mientras, de los 795 presos fugados, 220 fueron asesinados, algunos en el momento de la fuga, otros, mientras intentaban exiliarse. Así, celebró Ana dirigiéndose a Jovino: “Estamos en Pamplona, en la puerta del Fuerte de San Cristóbal porque hemos venido a presenciar cómo se convierte en un monumento de memoria histórica. Me imagino el orgullo que sentirías al saberlo”.