La gran incógnita de la IA: ¿podrá algún día ser consciente y tener sentimientos?
El neurocientífico Ignacio Morgado plantea que, si se descubriera el origen de la consciencia y de las emociones, tal vez estas se podrían reproducir en máquinas
¿Se imaginan compartir tiempo y espacio con una inteligencia artificial (IA) que tenga consciencia y sentimientos? Los avances en este campo se suceden a una velocidad tan vertiginosa que la pregunta surge casi sola: ¿hasta qué punto puede llegar a parecerse una máquina al ser humano? ¿Podría algún día llegar a ser como nosotros? La posibilidad resulta tan fascinante como inquietante.
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Sobre estas cuestiones reflexionó el pasado miércoles en el auditorio de CIVICAN, en Pamplona, Ignacio Morgado,neurocientífico y catedrático emérito de Psicología en el Instituto de Neurociencias y en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona. Lo hizo en una conferencia enmarcada en el ciclo Redes de Fundación Caja Navarra, organizado en colaboración con la cátedra de Inteligencia Emocional de la UNED Pamplona.
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El programa explora el cerebro desde una perspectiva interdisciplinar, conectando pensamiento, innovación y cultura para comprender mejor la mente y el comportamiento humano. Y precisamente fue la mente el punto de partida de una charla que giró en torno a una cuestión tan sugerente como compleja: si la inteligencia artificial podría llegar a desarrollar una consciencia y unas emociones similares a las humanas y qué consecuencias éticas, sociales y legales tendría un escenario así.
La consciencia y su gran misterio
Antes de preguntarse si una IA puede ser consciente, Morgado cree que hay que saber qué es exactamente la consciencia. Se trata del estado consciente de la mente y matiza que esta seguirá siendo mente incluso en su estado inconsciente.
La mente, además, es un fenómeno subjetivo: cada uno tiene la suya y nadie puede entrar en la consciencia de otro. Entonces surge inevitablemente una duda: si una máquina actuara exactamente igual que una persona consciente, ¿cómo podríamos saber que no lo es? La respuesta de Morgado es clara: no podemos saberlo porque no hay ninguna forma de entrar en la mente de otro. Los humanos damos por hecho que alguien es consciente cuando se comporta como esperamos que lo haga un ser consciente.
La consciencia también es unificada y continua, y el neurocientífico señala que ahí aparece una de las grandes incógnitas del cerebro humano. Nuestro cerebro procesa la imagen, el movimiento y el sonido a velocidades diferentes, pero al final construye una única experiencia coherente, una especie de ilusión perfectamente ensamblada.
Y aún queda otra pregunta: ¿de qué somos realmente conscientes? Lo que ocurre dentro del cerebro es completamente inaccesible para nuestra consciencia por lo tanto, lo único que esta nos ofrece es una actualización permanente del trabajo de las neuronas para poder percibir y comprender el mundo que nos rodea.
Dos teorías sobre su origen
¿Cómo crea el cerebro la consciencia? Morgado apunta dos grandes teorías. La primera es la Teoría del Espacio Neuronal de Trabajo Global (la consciencia surge cuando la información se comparte entre distintas áreas del cerebro) y la segunda la Teoría de la Información Integrada (la consciencia aparece de forma espontánea cuando el cerebro integra y combina grandes cantidades de información).
Y es precisamente aquí donde la IA entra de lleno en el debate. Si los ingenieros fueran capaces de construir un sistema artificial tan complejo como el cerebro humano, esta segunda teoría sostiene que dicho sistema también sería espontáneamente consciente.
¿Una máquina sabe que existe?
A partir de esa cuestión, Morgado abre la puerta a la especulación. Si una IA llegara a ser consciente, ¿se preguntaría como nosotros quién soy y dónde estoy? ¿Sería consciente de que es consciente? ¿Cómo podríamos nosotros comprobarlo? El experto plantea que esa hipotética máquina consciente necesitaría algún tipo de cuerpo material expresivo para demostrar que actúa como un ser consciente.
Y las preguntas seguirían multiplicándose: ¿Podría superar la inteligencia humana? ¿Tomaría decisiones más racionales y acertadas que las nuestras? ¿Sería menos influenciable?, etc.
¿Y si las máquinas sintieran?
Morgado apunta que los seres humanos somos seres emocionales y que en el caso de una máquina capaz de tener sentimientos estaríamos construyendo una especie de humano artificial dotado de responsabilidad ética y moral, y ahí surgirían nuevos problemas.
El experto plantea que si una máquina comete un error, infringe la ley o realiza una acción que merece castigo, quién sería responsable: ¿la propia máquina o sus creadores? Por eso considera imprescindible legislar porque de lo contrario podríamos acabar construyendo algo que se nos escapara de las manos.
También plantea otra cuestión: si llegáramos a relacionarnos con aparatos conscientes y capaces de sentir, ¿podríamos eludir las responsabilidades morales y legales derivadas de esa relación? Son problemas que, a su juicio, conviene abordar antes de que esos escenarios dejen de ser ciencia ficción.
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El ‘caso HAL’ y los retos legales
Como ejemplo de esta hipotética situación, Morgado recurrió a la película 2001: Una odisea del espacio. En ella, el ordenador HAL se rebela contra sus propietarios, comienza a actuar de forma inconveniente y los técnicos deciden desconectarlo, pero él se resiste.
A partir de esa escena, Morgado lanzó otra pregunta: ¿podría un juez condenar a una máquina a ser desconectada como si se tratara de una persona que incumple las leyes? A su juicio, todavía falta legislación para afrontar situaciones así e incluso considera que el Código Penal tendría que modificarse para contemplarlas.
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Lo que todavía no entendemos
Para Morgado, la consciencia funciona como un espejo interior que nos permite visualizar lo que sentimos y percibimos y nos ayuda a hacer en cada momento lo mejor que debemos y podemos hacer. Entonces surge la pregunta definitiva: ¿por qué seguimos sin entender qué es la consciencia?
Según explica el neurocientífico, el cerebro humano no es capaz de comprender cómo la materia se convierte en imaginación, es decir, cómo las neuronas crean la consciencia.
La evolución de nuestro cerebro, que se ha prolongado durante 500 millones de años, no ha llegado hasta el punto de permitirnos comprender la naturaleza de la consciencia. Morgado cree que descubrirlo serviría, sobre todo, para satisfacer nuestra curiosidad intelectual y asegura que ignorarlo ha contribuido a que los seres humanos crean que existe algo más allá de nosotros mismos y ha favorecido la aparición de ciencias sobrenaturales que ayudan a muchas personas a vivir.
Aun así, deja abierta una posibilidad que resume buena parte del debate actual: si algún día llegamos a conocer los mecanismos que generan la consciencia y los sentimientos, estos podrían reproducirse en máquinas con inteligencia artificial.
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¿Hay que tenerle miedo a la IA?
Ignacio Morgado cree que el mismo que hay que tenerle a cualquier otro desarrollo humano. Lo que sí está claro es que la inteligencia artificial ha llegado para quedarse. Mientras sigue ampliando sus capacidades y transformando ámbitos cada vez más diversos de la vida cotidiana, la posibilidad de una IA consciente seguirá moviéndose, al menos de momento, entre la investigación científica, la reflexión filosófica y la especulación.
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