En nuestro día a día utilizamos palabras de forma automática sin detenernos demasiado a pensar en su origen. En los últimos años, además, el inglés parece haberse abierto paso definitivamente en el lenguaje cotidiano. Términos como ghosting, spoiler o crush se pronuncian con naturalidad en conversaciones, redes sociales o series de televisión. Sin embargo, mucho antes de que los anglicismos ocuparan ese espacio, existían palabras mucho más cercanas capaces de describir emociones, caracteres, acciones y formas de relacionarse. Palabras que, en muchos casos, pertenecían al euskera hablado hace siglos a pocos kilómetros de distancia. Incluso en localidades donde hoy cuesta imaginar que aquella lengua formara parte de la vida diaria, como Artajona.
Ese es precisamente el territorio que explora Palabras Vascas de Artajona, el nuevo trabajo de Koldo Kolomo. El libro recopila 743 palabras vascas y de sustrato vasco vinculadas históricamente a la localidad navarra y construye, a través de ellas, una radiografía lingüística, cultural e histórica de un euskera desaparecido, pero todavía presente en la memoria colectiva.
Koldo, técnico de Euskera en el Ayuntamiento de Gares, llevaba años trabajando en la recopilación del léxico del alto navarro meridional, la variante histórica que se extendía por zonas comprendidas entre Arakil, Aezkoa, Gesalaz y Artajona. La idea del libro, explica, surgió de la necesidad de reunir en una sola obra numerosos estudios dispersos realizados durante décadas por investigadores y vecinos de la localidad. “Me daba la impresión de que faltaba un trabajo de recopilación y de perspectiva amplia, un formato diccionario que sirviera tanto para consultar como para disfrutar leyendo esas palabras”, señala. El objetivo no era únicamente académico. También buscaba sensibilizar sobre un patrimonio lingüístico muchas veces desconocido incluso entre la propia población local.
Así, la obra se apoya en once fuentes documentales y recoge aportaciones de investigadores como Javier Irigaray Imaz, José María Iribarren, José María Jimeno Jurío, Patxi Salaberri, Fernando Maiora o Juan Ramón Elorz Domezain, actual alcalde de Artajona, que en 1997 elaboró un léxico vascoresidual de la localidad. Entre las referencias destaca también María Morales, autora de un pequeño libro de poesía en el que contextualizaba numerosas palabras tradicionales.
El resultado es un diccionario que no se limita a enumerar vocablos. Cada término aparece contextualizado geográficamente y comparado con otras formas dialectales del ámbito vasco, especialmente dentro del alto navarro. El libro incluye además una breve historia de Artajona y una pequeña gramática elaborada a partir de las conclusiones extraídas del propio léxico recopilado.
El euskera de Artajona
Aunque el célebre mapa dialectal elaborado en 1863 por el príncipe Louis Lucien Bonaparte no incluyera a Artajona dentro del territorio euskaldun, las investigaciones posteriores apuntan a que el euskera perduró en la localidad hasta el último cuarto del siglo XIX. Koldo sitúa hacia 1876 la muerte del que pudo ser uno de los últimos hablantes de aquel euskera meridional. “Lo que no conocemos es cómo sonaba. No hay grabaciones, pero sí sabemos que todas estas palabras tuvieron que estar presentes en ese euskera porque han quedado recogidas en documentos, topónimos, antropónimos o en el castellano local”.
Precisamente esa convivencia entre euskera y castellano constituye uno de los aspectos más interesantes del libro y por ello, Koldo diferencia entre palabras plenamente vascas y términos de “sustrato vasco”, es decir, vocablos híbridos incorporados al castellano popular a partir de raíces euskéricas. Un ejemplo sería “chirriar”, derivado de “zirria”, o “susmar”, relacionado con el acto de olfatear.
El diccionario refleja además cómo el lenguaje funcionaba históricamente como un retrato social de la comunidad. El grupo más numeroso de palabras corresponde a los apodos, muchos de ellos vinculados a rasgos físicos o psicológicos. Aparecen términos como “bizargorri” (barbarroja), “tripazabal” (tripa amplia), “txaparro” (bajo de estatura), “arrotxo” (orgulloso), “gezurti” (mentiroso) o “zunbil” (perezoso). “El apodo sigue muy arraigado en Artajona. Cumple una doble funcionalidad: identificar a la persona o familia y ejercer cierto control social, explica en el libro..
Gran valor
Pero más allá de su valor lingüístico, el repertorio dibuja una forma de vida. Las palabras hablan de oficios, construcciones, relaciones personales, naturaleza, economía doméstica o formas de humor popular. Algunas resultan especialmente expresivas, como “buskilimandi”, una de las favoritas de Koldo, utilizada para describir a alguien que se mueve constantemente de un lado a otro sin hacer nada concreto.
Publicado por la editorial Lamiñarra, Palabras Vascas de Artajona funciona así en varios niveles al mismo tiempo: como diccionario, como trabajo historiográfico y también como ejercicio de memoria cultural. El lector puede acudir a él para consultar una palabra concreta, pero también para recorrer lentamente un paisaje lingüístico desaparecido.
Porque detrás de cada término recopilado hay algo más que una definición. Hay formas antiguas de nombrar el mundo, de describir a las personas, de señalar defectos, virtudes, gestos cotidianos o maneras de convivir. Y hay también una evidencia silenciosa: que el euskera, incluso en lugares donde hoy parece lejano, dejó una huella profunda en la identidad de muchas localidades navarras. Quizá por eso el libro de Koldo Kolomo no habla únicamente de palabras antiguas. Habla, sobre todo, de la memoria que permanece escondida dentro de ellas.