Se está disputando la final de la NBA entre los Knicks de Nueva York y los Spurs de San Antonio. Los Knicks no ganan el título desde hace 53 años y los Spurs desde hace 19. Es la primera final de los Knicks desde 1999 y la primera de los Spurs desde 2013. Gane quien gane la final –los Knicks van 2-0 al mejor de 7– será el octavo campeón diferente desde 2019 (Raptors, Lakers, Bucks, Warriors, Nuggets, Celtics, Oklahoma y el actual). Esto es absolutamente imposible en las ligas de fútbol europeas y especialmente en ligas como la española, la francesa o la alemana, donde la variedad de campeones y por tanto la ilusión de los aficionados de los equipos punteros pero no los grandes grandes por ganar la Liga es prácticamente inexistente. En España, en los últimos 20 años han ganado la Liga tres equipos (cinco en Alemania y seis en Francia e Inglaterra), por 11 en la NBA.
Además de todo eso, un equipo que hace apenas 3 años estaba arriba disputando finales perfectamente puede estar en los puestos finales los años posteriores, lo que le permite recibir los mejores jugadores universitarios en los sorteos del draft. El sistema de distribución salarial y los límites impuestos permiten a la mayoría de los equipos armar escuadras capaces de meterse en los play-offs y aspirar a todo. Salvo excepciones, muchos equipos han llegado a meterse entre los 2 mejores de cada año, algo que es palpable en el tremendo dato de que en los últimos 50 años hay 24 equipos diferentes que han llegado a la gran final: el 80% de la Liga ha jugado una gran final en el último medio siglo. Hoy se juega una final en Roland Garros entre dos jugadores que no han ganado nunca un Grand Slam. La lesión de Alcaraz y la baja de Sinner han propiciado un torneo de gran nivel y emocionantísimo. Que no haya dinastías o superioridades enormes normalmente conlleva emoción, variedad y, por qué no, disfrute. Y esto vale para todos los deportes.