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Qué leer: Romance y misterio se mezclan en 'Belleza feroz', lo nuevo de Jennifer Donnelly

Romance, fantasía y misterio se mezclan en 'Belleza feroz', un historia que además ofrece un relectura feminista y con roles invertidos de La Bella y la BestiaCon roles invertidos de La Bella y la Bestia

Qué leer: Romance y misterio se mezclan en 'Belleza feroz', lo nuevo de Jennifer DonnellyElkar

Prólogo

Érase una vez, y desde entonces, una llave que giró en una cerradura oxidada y una mujer entró en una celda pequeña y lúgubre.

Su vestido, del color de las cenizas, le colgaba de los hombros como un sudario.

El cabello, recogido en lo alto de la cabeza, era tan negro como el ébano. Sus ojos oscuros brillaban; su mirada atrapaba a quien cayera en ella, absorbiéndolo como un remolino.

Al otro lado de la estancia, una ventana alta, en forma de medialuna, enmarcaba la medianoche y, sin embargo, la habitación no estaba a oscuras. Una luz mortecina la impregnaba, como la de una sola vela.

Esa luz venía de una niña.

La pequeña miraba hacia la ventana, con las manos entrelazadas a la espalda.

—Lady Asonperides, siempre es un placer —dijo al rato, volviéndose hacia la mujer.

Su vestido rosa, antaño bonito, estaba sucio y rasgado.

El pelo, tan rubio que parecía casi blanco, estaba revuelto.

Su rostro era abierto y franco. Cualquiera que lo mirase habría dicho que tenía nueve o diez años, salvo por los ojos, que eran tan antiguos como las estrellas.

La autora, Jennifer Donnelly.

Lady Asonperides dejó su farol sobre una mesa y abrió la pequeña caja de madera que llevaba.

—¿Pasamos el rato jugando? —preguntó, sacando una baraja de cartas—. ¿Cuánto hace que no charlamos tú y yo?

¿Un año? ¿Dos?

—Veinticinco.

Lady Asonperides soltó una carcajada. Era un sonido feo, chirriante, como de cristales rotos cayendo.

—Ah, es cierto lo que dicen los mortales: los días son largos y los años cortos.

Colocó la baraja bocarriba sobre la mesa y la desplegó con destreza. Las cartas tenían los bordes amarillentos, pero estaban bellamente ilustradas. Los reyes, reinas y sotas estaban enmarcados por una fina línea negra. Ricos pigmentos teñían sus túnicas. Sus coronas doradas relucían; sus espadas de plata centelleaban.

La reina de corazones parpadeó y se estiró. Luego vio a la reina de picas, que estaba junto a ella, y la saludó emocionada.

La reina de picas jadeó y luego rio. Alargó la mano hacia el marco que la rodeaba y lo empujó. Al principio, con suavidad. Después con más fuerza. Hasta que empezó a golpearlo con los puños.

El rey de diamantes se llevó una mano al pecho y observó, con angustioso anhelo, a su reina. La reina de tréboles, atrapada entre dos cartas numeradas, miraba sin vida hacia delante.

Asonperides pareció no darse cuenta de su desconsuelo.

Con rapidez, recogió las cartas, las barajó y repartió dos manos.

Pero la niña sí lo notó.

—Pobrecitos —comentó, levantando sus cartas—.

Encerrados en sus cajas, igual que los mortales que los dibujaron.

—Una caja es el mejor lugar para los mortales —replicó Asonperides—. Así se mantienen apartados de los problemas.

Asonperides miró sus cartas y sonrió; se había repartido una mano excelente. Mientras las ordenaba por rango, la reina de tréboles lanzó un apasionado beso al apuesto sota de corazones. El rey de tréboles lo vio y su sonrisa se quebró. Agarró su espada con ambas manos y, con un grito de angustia, se la clavó en el corazón. La reina se volvió al escuchar el sonido y gritó al ver lo que había hecho. La sangre manó de la herida del rey. Golpeó el fondo del marco, se derramó por una grieta en la esquina y cayó sobre los dedos marchitos de Asonperides.

La cubierta de 'Belleza Feroz'.

Ella estampó las cartas contra la mesa, frunciendo el ceño, y se limpió la sangre en la falda.

—Qué maneras tan encantadoras tienes —dijo la niña—. ¿Por qué has venido? Seguro que no ha sido para jugar a las cartas.

—Por supuesto que sí —indicó Asonperides—. Me gusta un buen desafío cuando juego, y nadie farolea como tú.

—Mentirosa.

Asonperides le lanzó una mirada fulminante a la niña.

—Está bien, como quieras. Quiero proponerte un trato.

—Ah, ahora tenemos la verdad. ¿Qué clase de trato? —preguntó la niña.

—Vete de aquí. No vuelvas.

—¿Y qué me ofreces a cambio?

—Tu vida.

Una sonrisa lenta se dibujó en el rostro de la niña.

—Vaya, lady Asonperides, tienes miedo.

Asonperides agitó una mano en el aire.

—¿Yo? ¿Miedo? ¿De ti? No digas absurdeces.

—No me ofrecerías este trato de otro modo.

—Sí, lo haría. Porque quiero librarme de ti, y sería sensato que aceptaras mi oferta. La muchacha está derrotada.

Se ha rendido. Ahora solo aguarda su hora, esperando el final.

El dolor cruzó el rostro de la niña al mencionar a la muchacha.

Asonperides lo vio y se inclinó hacia delante.

—No puedes ganar. El reloj se agota. La historia ha terminado.

La niña alzó la barbilla.

—Casi, pero no del todo.

Sus palabras fueron como una antorcha sobre la paja.

Asonperides apartó las cartas de un manotazo. Se levantó de golpe y las patas chirriaron sobre el suelo de piedra.

—No eres más que una embaucadora —siseó, señalando

a la niña con un dedo huesudo—. Vienes y vas, tan despreocupada como el viento, dejando tras de ti un rastro de mortales rotos. Pero yo permanezco. Yo estoy aquí para ellos, después de que tú los abandones, con los brazos bien abiertos, mi abrazo tan profundo como…

—Una tumba recién cavada.

Lady Asonperides parecía querer rodear con sus manos el delgado cuello de la niña y partirlo.

—Lamentarás no haber aceptado mi oferta —dijo.

—Esta celda no me retendrá para siempre.

—Grandes palabras para una niña tan pequeña. Espero que disfrutes de la oscuridad.

La puerta se cerró de un portazo metálico. La llave giró en la cerradura.

Los pasos de Asonperides se fueron apagando y el silencio descendió de nuevo, asfixiante y cruel.

La niña permaneció sentada, inmóvil y sola, con la cabeza inclinada y los puños apretados.

Intentaba recordar la luz.

La ficha

  • Título: ‘Belleza feroz’
  • Autora: Jennifer Donnelly
  • Género: Novela
  • Editorial: Kiwi
  • Páginas: 576


Capítulo uno

-Me estoy helando los huevos —gruñó Rodrigo—. Y con un hambre de mil demonios, además. ¿Y tú, chico?

Beau no respondió. No podía; los dientes le castañeteaban demasiado. La lluvia helada le azotaba la cara, le pegaba el cabello al cráneo y le goteaba de los lóbulos de las orejas.

La tormenta había caído con fuerza sobre los ladrones cuando salieron de las tierras del mercader. Ahora aullaba con ferocidad, azotando las colinas pedregosas a su alrededor, enredándose en las ramas de los árboles desnudos y negros. A Beau le parecía que aquellas ramas en movimiento les advertían, haciéndoles señas para que retrocedieran. Pero ¿volver a dónde? Estaban perdidos.

Cabalgando con la cabeza agachada, por culpa de la lluvia torrencial, se habían pasado de largo el sendero hacia las montañas. Hacia la frontera. Hacia la salvación.

Raphael estaba convencido de que, si seguían hacia el sur, encontrarían el camino. Unos kilómetros más… Un poco más allá…, repetía. Habían pasado por cabañas en ruinas y un pueblo desierto. Habían atravesado bosques densos y cruzado un río, pero no habían encontrado aún la senda.

Beau se encogió bajo su abrigo empapado, buscando calor y consuelo, pero no halló ninguno.

—¿Qué pasa, Romeo? ¿Echas de menos la bonita sonrisa de Su Gracia? —preguntó Rodrigo, cabalgando a su izquierda.

—¡Míralo, derritiéndose bajo la lluvia como si fuera de azúcar! —se burló Miguel, desde la derecha. Se inclinó hacia él y sonrió, mostrando una boca llena de dientes podridos—. Esa carita bonita es tu fortuna, pero qué pasa si te la rajo, ¿eh? —Sacó la daga.

—Lo que pasa es que Raphael te raja a ti, imbécil, porque mi cara también es su fortuna —replicó Beau.

—Caniche —murmuró Miguel, envainando el arma—. Lo único que haces es mendigar golosinas y besos a las ricachonas mientras nosotros trabajamos de verdad.

—Mendigar golosinas y besos es un trabajo duro —apuntó Beau.

Imaginó a su señora —a su antigua señora—. Era mayor que él, pero no mucho. Casada con un hombre que solo amaba su dinero. Ella no le había dado esa información; Beau la había robado. Le había quitado la pena de su sonrisa, el hambre de sus ojos, la tristeza de su voz, y lo había usado. Igual que ella lo había usado a él.

—Oh, criatura hermosa —le susurró la noche anterior, trazando la línea de su mandíbula con un dedo.

Él estaba de pie en su alcoba, mirando los libros de la mesilla de noche. Sus ojos brillaron al ver Cándido.

—He leído todo lo que ha escrito Voltaire —comentó, girándose hacia ella con entusiasmo, pensando que había encontrado un espíritu afín; alguien, aunque fuera la única, con quien hablar de un libro—. ¿Podría llevármelo?

Solo por un día o dos. Leo rápido.

Pero su señora solo se rio de él.

—Eres un sirviente, muchacho. No te pago para que leas. Ni para que hables —dijo, arrancándole el ejemplar de las manos. Luego, tiró del lazo que recogía su pelo oscuro y contuvo el aliento al verlo caer sobre sus hombros. Un momento después, sus labios estaban sobre los de él, y las cosas que Beau había querido decir, los pensamientos que había deseado compartir sobre libros e ideas, se convirtieron en cenizas en su lengua.


SOBRE LA AUTORA

Jennifer Donnelly estudió en la Universidad de Rochester y se especializó en Literatura Inglesa e Historia Europea, graduándose magna cum laude con distinción en Literatura Inglesa. Es la autora de A Northern Light, que recibió el Premio del LA Times, una medalla Carnegie y una distinción Michael L. Printz Honor; Revolution, nombrado Mejor Libro por Amazon, Kirkus Reviews, School Library Journal y la Biblioteca Pública de Chicago; la serie Waterfire Saga; Poisoned; Stepsister; y otros libros para lectores jóvenes, incluido Lost in a Book, que pasó más de veinte semanas en la lista de bestsellers del New York Times.

Se imaginó su cara al descubrir que su sirviente había desaparecido y, con él, su fino anillo de esmeralda, y el remordimiento se apretó a su alrededor como unas botas prestadas. Luchó contra ello, diciéndose que su marido era rico y que le compraría otro anillo… Casi se lo creyó.

El anillo estaba bien escondido dentro de una ranura que Beau había hecho tras un botón de su chaqueta; un sitio donde no se notaban sus contornos. Raphael solía cachearlos a todos después de cada golpe, y Beau lo había visto apalear a un hombre por guardarse una sola moneda.

El anillo le compraría lo que más deseaba: una salida. Para él y para Matteo.

El niño estaba enfermo la última vez que Beau lo había visto, débil y pálido, con una tos quebradiza. Fiebre.

«Pasará», había dicho la hermana María Teresa.

Beau le había escrito dos semanas antes, preguntando si su hermanito estaba mejor, y aquella misma tarde había

recibido respuesta, pero la había guardado, sin abrir, en el interior de su chaqueta. No había tenido tiempo de leerla.

No con el golpe planeado para esa noche.

—No es justo. Yo podría ser el hombre que esté dentro.

¿Por qué no? —dijo Miguel, interrumpiendo los pensamientos de Beau, alzando la barbilla hacia él—. ¿Qué tiene él que no tenga yo?

—Dientes —respondió Rodrigo.

—Pelo —dijo Antonio.

—Una pastilla de jabón —puntualizó Beau.

Miguel le lanzó una mirada venenosa.

—Te atraparé, chico. Cuando menos te lo esperes. Y, entonces, veremos quién ríe. Entonces…

—Callaos. Ya.

Las palabras de Raphael cayeron sobre los hombres como el chasquido de un látigo. Estaba varias zancadas por delante, pero Beau aún podía verlo bajo la lluvia que azotaba: su sombrero negro de fieltro, el agua chorreando del ala de este y la coleta gris empapada, cayéndole por la espalda. Los hombros tensos; la cabeza ladeada.

Un instante después, Beau lo escuchó: el ladrido de los sabuesos. Amar, su caballo, piafaba nervioso bajo él. La jauría, probablemente, estaba formada por una docena, pero las colinas amplificaban sus gritos, haciéndolo sonar como si fueran mil.

—Los hombres del sheriff —dijo Rodrigo en voz baja.

Raphael asintió con gesto sombrío y salió al galope.

Beau y los demás lo siguieron.

El suelo mojado era traicionero y tuvieron que esforzarse para no perder la montura. La lluvia había amainado, pero una niebla espesa se deslizaba entre los árboles. Un minuto, Beau veía al Señor de los Ladrones delante; al siguiente, desaparecía.

Cada vez cabalgaban más y más rápido, pero los sabuesos seguían tras ellos, con sus aullidos feroces y sedientos de sangre. El corazón de Beau martilleaba contra sus costillas.

«Ahora no», pensó desesperado. «Aquí no».

Se suponía que este era su último trabajo. Unos kilómetros más y estaría fuera del alcance de alguaciles, cárceles y horcas. Fuera del alcance de Raphael. Él y Matti, los dos.

Los aullidos crecían. Los ollares de Amar se abrieron; se lanzó hacia delante, intentando alcanzar al caballo de Raphael.

Cada segundo que pasaba, Beau esperaba tropezarse con una rama caída o que el caballo se rompiera una pata en una zanja. Podía ver la espuma en el cuello del animal; podía oír su jadeo. Tendrían que rendirse. Los caballos no aguantarían mucho más.

Y, entonces, llegó un chillido que partió la noche como un sable.

—¡Quietos! ¡Que nadie se mueva! —gritó Raphael. Había sido su caballo el que había emitido aquel sonido horrible. Se encabritaba, con las patas delanteras cortando el aire.

Beau, justo detrás, apenas tuvo un instante para detener a Amar.

—¡Eh, tranquilo, muchacho! ¡Quieto! —gritó, tirando de las riendas. Mordió el freno y el caballo se detuvo de golpe, lanzando a Beau hacia delante, como un muñeco de trapo. Se sostuvo a duras penas, hundiendo el peso en los estribos para no caer.

Los demás se detuvieron tras él, chocando, maldiciendo, con las manos en las armas. Sus ojos buscaban movimiento, pero la niebla los cegaba. Sus oídos se tensaban, pero los sabuesos habían callado. Solo se oía el jadeo de los animales exhaustos.

Esperaron, con el corazón desbocado, la sangre ardiendo y los cuerpos listos para un ataque que no llegó.

En su lugar, la niebla retrocedió como un mar traicionero, alejándose de unas rocas afiladas, y los hombres vieron un acantilado, alto y escarpado, que se precipitaba hacia la nada.

Raphael, encaramado al mismo borde, había estado a un suspiro de una muerte espantosa. Y, sin embargo, el miedo, si lo había sentido, no se reflejaba en su rostro curtido y lleno de cicatrices. En su lugar, sus facciones mostraban una expresión de asombro… Una expresión que se intensificó aún más al revelarse, entre la niebla que se retiraba, lo que se alzaba al otro lado del abismo.

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Beau apretó los ojos con fuerza y luego los abrió de nuevo, pero no se trataba de un espejismo. Veía con claridad lo que lo rodeaba: la niebla, los hombres, sus caballos resoplando y pateando el suelo. Todo aquello había estado allí un instante antes.

Pero el castillo, no.