LA vida animal ha entrado como un soplo de aire fresco en la vida de los mayores. Mascotas domésticas como perros o gatos se han revelado como remedios eficaces contra los estragos de la edad. En Loiu, la residencia Gurena ha elevado el planteamiento con el vuelo imponente de un aguilucho que se ha convertido en una pequeña revolución para los residentes en las últimas semanas.
Esta terapia inédita de cetrería terapéutica se destina principalmente a los grupos que padecen deterioros del conocimiento. El movimiento de esta ave produce un efecto cercano al milagro que supera métodos más convencionales. "Vimos que gente con Alzheimer en fase avanzada se sorprendía, lograba sonreír y decir palabras", confirmaba Elena García, la responsable de Psicología del centro.
La demostración se realiza en el pasillo interno del edificio improvisado al modo de un cine casero con diez filas de sillas por la que se distribuyen una treintena de mayores. La aparición del ejemplar, Duque, que con un año aún es joven, saca del letargo a muchos de los presentes que segundos antes se mostraban ensimismados en su mundo interior.
Las miradas se clavan en el animal y los intentos de acercamiento se suceden entre los asistentes. Los residentes han olvidado sus miedos del comienzo de las primeras sesiones de septiembre y alargan su brazo en busca del cariño del frío animal. A pesar de su recelo, el aguilucho se somete tranquilo a las caricias de los humanos, que le tratan como cualquier otra mascota.
El aguilucho responde a la rutina del adiestramiento con obediencia mecánica que le lleva a reaccionar como un resorte al guante de protección. Elegante, Duque se hace dueño del espacio con un aleteo enérgico que suaviza para posarse en el antebrazo con un planeo final.
El bakiotarra Martín Goitia vuelve a romper el hielo para ofrecerse nuevamente como voluntario pese a la presencia de los medios gráficos que congela los ánimos de los asistentes. Con una sonrisa tranquila recibe la llegada del aguilucho que se posa suave. "Hay que ver qué mansedumbre", señalaba recalcando el contraste de su experiencia infantil.
En su baserri familiar fue testigo de la dureza de la vida silvestre que no tiene piedad de los más débiles. "Los aguiluchos merodeaban y fulminaban a los polluelos de gallina que se quedaban atrás de la madre", señalaba. Ajena a estos relatos de crudeza animal, la segunda voluntaria exhibía una sonrisa plena reservada para los momentos de auténtica felicidad.
Los vuelos terapéuticos empezaron de manera circunstancial con la contratación en labores de mantenimiento del cetrero andaluz Modesto Calet. "Quería compartir con ellos la experiencia", relataba. Su llegada ha ido acompañada de dos aguiluchos que se han acomodado al centro en una estancia específica para pájaros.
Modesto confía en la fiabilidad de su ejemplar de Parabuteo, una de las especies más sociables en la familia de las águilas. "Se utiliza mucho porque son muy nobles y muy sociables", apuntaba. Lo cierto es que estas rapaces, que en edad adulta alcanzan los 60 centímetros de altura, cazan en grupo organizados como manada.
El vuelo de Duque es la punta de lanza de las terapias alternativas del centro. Sus primeros pinitos fueron dos huertas gestionadas por los mismos mayores desde hace 2 años. "Favorece su atención y estimula su movilidad. Ha roto la rutina diaria de las personas que no participaban con las actividades", señalaba la psicóloga. Para la mayoría de residentes la huerta les ofrece un retorno al universo de baserri de su infancia. "Me tuve que ir del caserío, pero como estilo de vida es una gozada", resaltaba Martín.