La frase la pronunció Jesús Aizpún en un mitin, hace más de 20 años. “UPN es conservador en lo moral, liberal en lo económico y progresista en lo social”. La invectiva tuvo tanto éxito que ha sido el único referente ideológico del partido desde entonces y hasta ahora. Dijérase que era un lugar común en el que muchos se podían encontrar cómodos, sin mayor compromiso intelectual. Prueba de su vigencia es que el novato diputado Alli la soltó en el Congreso hace pocos días, en la primera vez que subió a tribuna, todo campanudo. Juntar en un mismo aserto lo liberal, lo conservador y lo progresista es un despropósito, una quimera ideológica. La visión liberal implica una apertura mental que riñe con el conservadurismo, y éste a su vez no suele ser muy proclive al fomento de lo que se proclama como social. Convertida en un mantra tanto como en una fórmula para el escaqueo, ha sido toda la respuesta que sabe ofrecer UPN cuando se le pregunta qué base ideológica tiene. Porque en realidad, el compromiso ideológico es lo de menos. Lo que en esencia define a UPN es la construcción de un determinado relato sobre Navarra, a la que siempre se presenta como una Arcadia amenazada. Una comunidad en la que supuestamente tenemos lo que otros no tienen y donde las cosas se hacen mucho mejor. Pero también una comunidad que hay que defender de peligros políticos difusos, de quienes no nos entienden o de quienes, por entendernos bien, nos quieren deglutir.

El domingo próximo UPN celebra congreso, el más pacífico de los que haya vivido nunca. Candidatura única, ausencia total de debate político, cambios estatutarios cosméticos, ninguna facción crítica en el horizonte, y la misma caracterización estética. Atrás quedan momentos como aquellos en los que Juan Cruz Alli quiso despegar al partido de sus atavismos ruralizantes, o cuando se enfrentaban visiones tradicionalistas y reformistas. Incluso ha desaparecido la mera pugna por el poder y el cargo, como la última que escenificaron Catalán y Barcina. Paradójicamente este congreso es el de la catatonia, el de la ausencia de respuesta a una situación no sólo inédita en décadas -UPN en la oposición- sino diametralmente opuesta a lo que ha sido el todo en su propuesta política, orientada exclusivamente a evitar que el nacionalismo vasquista consiguiera el poder. Cuando la realidad de los hechos enmienda todo un modelo político, éste se recluye en sí mismo.

El legado de UPN es una Navarra arruinada, dígase sin eufemismos. Una comunidad tarada por un gasto público inercial, endeudada como nunca se imaginó, y carente de los resortes con los que contaba hace un par de décadas para generar círculos virtuosos de actividad económica mediante modelos de cooperación entre lo público y lo privado. Emasculada, sin una Caja que ha sido socialmente expoliada por la complacencia, entre otros, de UPN. Una Navarra que no ha trazado una línea propia de progreso económico y social inteligente, aprovechando peculiaridades y mirando con apertura mental los cambios del entorno. Pero sobre todo, una Navarra en la que no se propició la búsqueda de un proyecto colectivo, enjaulada en la dialéctica del frentismo, en la que la cohesión social se depauperó día tras día. Una Navarra políticamente fragmentada y enfrentada, inútil para reconocerse en un empeño común.

Indudablemente, la herencia es la consecuencia de la mezcolanza ideológica de aquella frase de Aizpún. También, de haber creído que en el frentismo se encontraba el rédito político, hasta que su consecuencia ha sido que con quien te enfrentas te podrá ganar algún día. Y, finalmente, es también el epítome de personajes tan inconsistentes y dañinos como Barcina, cuya espantada final define toda una trayectoria, pero también califica a la corte de palmeros que la entronizaron.

Precisamente el análisis que no hará UPN el próximo domingo es el relativo a su propio legado, que es el fracaso de todo un modelo político. Siguen sin capacidad para ofrecer una propuesta ideológica nítida, haciendo del tópico navarrista su sello diferencial, eludiendo el análisis crítico de su devenir reciente y de las consecuencias que ha tenido para Navarra. Y los que antes eran de Sanz o Barcina ahora son de Esparza, el líder que vivió agazapado y a quien nadie ve con capacidad para hacer crecer a su partido. De momento, todo se reduce a un sarao en Baluarte.