Veneración o vergüenza: el destino final de los dictadores

El próximo traslado de los restos de Franco tras más de 40 años enterrado en un monumento concebido para exaltar su legado tratará de corregir una situación análoga a la que se vive en países como Corea del Norte, China o Rusia

07.02.2020 | 18:41
Veneración o vergüenza: el destino final de los dictadores

El próximo traslado de los restos de Franco tras más de 40 años enterrado en un monumento concebido para exaltar su legado tratará de corregir una situación análoga a la que se vive en países como Corea del Norte, China o Rusia.

Asediado por las fuerzas aliadas en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, se encerró en un búnker y se suicidó junto a su esposa.

Cenizas: En primera instancia, sus restos fueron enterrados. Años después, tras ser recuperados por la antigua KGB, acabaron siendo incinerados y arrojados a un río.

La exhumación de los restos de Franco más de 40 años después de ser enterrado en el Valle de los Caídos, monumento levantado a mayor gloria de su victoria en la Guerra Civil y de la dictadura, será posible tras la revisión de los símbolos y legado histórico del franquismo que echó a andar de forma efectiva con la aprobación de la Ley de Memoria Histórica en 2007. Es también un caso análogo, paradójicamente, al de países marcados por regímenes comunistas como Corea del Norte, China o Rusia. Al igual que en el caso de los dictadores de estas regiones, Franco murió en la cama el 20 de noviembre de 1975 y fue enterrado en tiempo récord en un mausoleo concebido para reivindicar su legado.

Desde entonces, el Valle de los Caídos ha confirmado su condición de centro de exaltación fascista y ha sido necesario un decreto ley del actual Gobierno de Pedro Sánchez para tratar de vaciarlo de esa connotación, principalmente con la salida del cuerpo de Franco. La previsión es que el traslado se produzca antes de fin de año, con el rechazo eso sí de la propia familia del dictador, que aboga ahora, si no tiene más remedio, por darle sepultura en la catedral de la Almudena.

Atendiendo a otros ejemplos de dictaduras a lo largo de la historia, el entierro de tiranos en lugares suntuosos e incluso su embalsamamiento y exposición pública ha sido posible tan solo con dichos regímenes en vigor. En otros casos, como el de Hitler en Alemania, Mussolini en Italia, Nicolae Ceausecu en Rumanía, Saddam Hussein en Irak o Gadafi en Libia, sus mandatos terminaron de forma violenta. Luego están los tiranos que fallecen en el ostracismo durante el exilio, denostados en sus países de origen y sin posibilidad de regresar para pasar allí sus últimos días. En Sudamérica abundan los tiranos que pueden adscribirse a este último apartado, como el paraguayo Alfredo Stroessner, enterrado en Brasil; Anastasio Somoza, sátrapa en Nicaragua, huyó a Paraguay y sus restos han acabado reposando en Miami. Por su parte, Leónidas Trujillo, dictador dominicano, no pudo estrenar su propio mausoleo y está enterrado en Madrid.

Corea del Norte es el cénit en lo que al culto al líder se refiere, y Kim Il-sung, abuelo de Kim Jong-un, es el principal artífice de este régimen aislacionista. Pese a fallecer de un infarto en 1994, su imagen sigue siendo omnipresente en el país en estatuas, billetes, carteles, etc, y su propio cadáver está expuesto en un palacio que recibe todo tipo de cuidados. En esa misma parte del globo, son varios los líderes comunistas cuyos cuerpos embalsamados presiden lujosos espacios abiertos al público pese a que en vida se oponían a esta opción. Es el caso del vietnamita Ho Chi Minh (Vietnam) y Mao Zedong (China), que querían ser incinerados hasta que el afán propagandístico de sus respectivos regímenes se cruzó en su destino.

Siguiendo en el ámbito comunista, y mirando a la Unión Soviética, el cadáver de Josef Stalin, fallecido en 1953, permaneció en el mismo mausoleo que el de Lenin, muerto en 1924. Y permanecieron juntos hasta 1961, cuando la desestalinización impulsada por Nikita Jruschov provocó que el cuerpo del hombre más temido del país fuera trasladado cerca de la muralla del Kremlin, adornado con un busto y flores rojas. Mientras, Lenin sigue en la Plaza Roja de Moscú, expuesto y convertido en uno de los reclamos turísticos más visitados.

El líder de la Revolución cubana, Fidel Castro, demostró un mayor control de la gestión de su funeral y entierro. Tras fallecer el 25 de noviembre de 2016, sus restos fueron incinerados y millones de personas pudieron despedirse de él en una caravana que recorrió el país. La modestia del acto en el que se dio sepultura a sus cenizas concuerda con su voluntad de que no se levantaran grandes mausoleos en su honor y que tampoco se rebautizaran calles y grandes infraestructuras con su nombre.

Sentado en el váter En el extremo opuesto, hay dictadores que murieron antes de que la acción de la Justicia cayera sobre ellos. Es lo que pasó con Augusto Pinochet en Chile, que falleció por causas naturales cuando, con no pocas dificultades, el proceso judicial por los crímenes cometidos durante su mandato se cernía sobre él. Igualmente, el que fuera líder de los Jemeres Rojos, Pol Pot, responsable de la muerte de al menos millón y medio de camboyanos, perdió la vida a los 72 años mientras estaba preso a la espera de juicio por parte del propio régimen que ayudó a fundar. Fue incinerado y enterrado en una tumba más que modesta.

No sucedió lo mismo con el sanguinario dictador argentino Jorge Videla, que terminó sus días cumpliendo condena en la cárcel y falleció de hecho sentado en el váter de su celda en 2013. Pese a los intentos de su familia de enterrarle con sus antepasados en el panteón de su propiedad, la contestación social propició que repose en la periferia de Buenos Aires bajo una lápida en la que no aparece su nombre, sino un genérico Familia Olmos.

El listado de dictadores muertos en el exilio incluye también al sátrapa filipino Ferdinand Marcos, fallecido en Hawái tres años después de ser depuesto en 1986 y huir con su esposa Imelda. En su caso fue enterrado en el cementerio de los Héroes Nacionales en Manila, lo que provocó un gran rechazo popular.

Los accidentes también tienen cabida en este recorrido, tal y como sucedió con el mandatario portugués António de Oliveira Salazar, que durante unas vacaciones en agosto de 1968, cuando tenía 79 años, se cayó de una silla y se golpeó en la cabeza, enfermando gravemente. Murió el año siguiente y fue enterrado en una modesta tumba donde descansa con sus padres.

Murió por causas naturales en 2013 en la cárcel, mientras cumplía cadena perpetua por delitos de lesa humanidad.

Extrarradio: Pese a la intención de su familia de enterrarlo en el panteón de su ciudad natal, las protestas ciudadanas obligaron a darle sepultura en una tumba anónima en la periferia de Buenos Aires.

Capturado en 1945 por la Resistencia Italiana mientras intentaba huir del país con su amante, fueron fusilados y sus cuerpos colgados y linchados.

El sepulcro: Enterrado en Milán, su cadáver fue robado y deambuló por un maletero, un armario y un convento. Al final, su familia le enterró de nuevo en Predappio.