La Crónica del domingo

Los efectos sociales y económicos de la pandemia miden la capacidad de respuesta del Gobierno foral

-A la crisis sanitaria se le suman ahora las consecuencias económicas y sociales de una pandemia que no cesa
-La caída de los ingresos va a limitar el margen de inversión en todas las áreas

23.08.2020 | 02:01
Los vicepresidentes Javier Remírez y José Mari Aierdi acompañan a la presidenta María Chivite

Suele recordar Álvaro Miranda (consejero de Economía, 2007-2012) cómo aquel mes de agosto de 2011 se paso las vacaciones viendo las noticias en la televisión. La crisis de la deuda soberana recorría Europa y apuntaba ya al conjunto de las administraciones españolas, incluidas sus comunidades autónomas. La prima de riesgo disparada, una reforma exprés de la Constitución que priorizaba la austeridad y un gasto público excesivo para la capacidad de ingresos de la Hacienda Foral auguraban un otoño complicado. Cerrado el grifo de la deuda con el que se había venido financiando todo el déficit presupuestario desde el inicio de la crisis en 2008, iba a ser necesario tomar medidas drásticas y nada populares. Miranda lo vio venir, pero no pudo evitarlo.

Hay cierto paralelismo entre este atípico verano y el de hace nueve años. Y aunque el origen de aquella crisis financiera poco tiene que ver con la pandemia actual, las consecuencias de ambos escenarios pueden no ser tan diferentes. Un reto de calado que encara ahora el Gobierno de Navarra, que ha apostado por una fuerte inversión pública que evite errores del pasado, pero que pueden ser difícil de sostener si la crisis sanitaria se prolonga en el tiempo y la segunda ola se acaba convirtiendo en una doble recesión.

Así que agosto vuelve a ser un mes clave en la Hacienda Foral, que estos días realiza los últimos ajustes técnicos para cerrar la previsión de ingresos de lo que queda de año y hacer una estimación para el siguiente sobre la que pivotará el techo de gasto de los presupuestos de 2021. Un trámite habitual, pero que esta vez vuelve a ser de vital importancia.

Toca hacer cuentas, y el año no ha ido bien. Tampoco el verano, marcado por los rebrotes y las no fiestas. Y solo el turismo rural, la agroindustria y la automoción compensan el cataclismo económico que auguran los principales indicadores. Se estima una caída de la recaudación de cerca del 20% que se va a suplir fundamentalmente con una de las mayores emisiones de deuda pública de la historia, posiblemente la más alta desde los 500 millones con los que el Gobierno de Sanz cubrió el agujero presupuestario de 2010. Con una nueva crisis económica en ciernes y una pandemia traicionera y cada vez más incontrolable, también en este otoño habrá que tomar medidas extraordinarias. Las dificultades para arrancar el curso escolar son un primer ejemplo.

Un escenario nuevo

Afortunadamente, hay elementos diferentes a los de aquel 2011. Europa ya no ahoga como entonces, y anuncia un paquete de estímulo que puede ser un salvavidas en medio del océano. Los halcones de la austeridad han revisado su doctrina, y los severos recortes presupuestarios que propiciaron la segunda recesión de la década pasada ya no son el jarabe de cianuro. Al menos por ahora, habrá inversión pública, ayudas contra el desempleo y deuda a bajo coste.

No obstante, siguen siendo muchas las incertidumbres en el horizonte de los próximos meses que invitan a una prudencia de la que no siempre han hecho gala los nuevos responsables de la Hacienda Foral. Tras varios años de estabilidad presupuestaria en los que incluso se llegó a reducir la deuda pública, los primeros presupuestos del nuevo Gobierno han venido marcados por un aumento del gasto que se podía haber escalonado, y se han comprometido desembolsos a futuro con un criterio más electoral que ejecutivo, reduciendo así el margen de respuesta para escenarios imprevistos como el actual.

Porque si la primera mitad del año ha sido para lidiar con las consecuencias sanitarias del coronavirus, la otra mitad será para gestionar sus efectos económicos y sociales. Habrá que hacerlo además bajo amenaza de rebrotes de la covid-19, que ha reaparecido allí donde se ha reactivado la vida social. Con especial atención a partir de septiembre al ámbito escolar y académico, así como a los espacios laborales cerrados donde las medidas de seguridad sanitaria no son fáciles de respetar. En otoño todo se va complicar más.

Es el contexto que le va a tocar gestionar al Gobierno de María Chivite. Un Ejecutivo de coalición en minoría parlamentaria, claramente liderado por un PSN que ha optado por asumir la mayor parte del protagonismo como vía más rápida para rentabilizar su vuelta al Palacio de Navarra. Y que hasta ahora se ha venido guiando por las directrices marcadas desde Madrid por el Gobierno central. Una actitud criticada por la oposición, pero que le ha permitido limitar el desgaste político en medio del ruido mediático que han protagonizado algunos dirigentes autonómicos. Algo que más allá de errores puntuales, hace que la gestión de la crisis sanitaria del Gobierno foral sea valorada positivamente por la gran mayoría de la sociedad navarra.

El Ejecutivo autonómico encara así con cierto colchón los inciertos meses que tiene por delante. No hay alternativa a la actual mayoría parlamentaria. Una experiencia política inédita pero que se ha demostrado viable incluso en las condiciones más adversas, y que puede sentar las bases para una gobernabilidad de largo recorrido si se consolidan cauces de diálogo y confianza en un multipartito con muchas más cosas en común que las que históricamente les han separado.

También ha funcionado la propia coalición de Gobierno. Pese a la tensión todavía palpable en el relevo de determinadas áreas y los intentos de algunas consejerías por funcionar al margen de la mayoría parlamentaria que las respalda, la entente PSN-Geroa Bai-Podemos se ha mostrado estable. Hay ante todo voluntad de convivir y perdurar, lo que puede ser un elemento cohesionador clave si vienen mal dadas y surgen tentaciones partidistas en medio de la tormenta. Las malas noticias son más fáciles de explicar cuando se defienden conjuntamente, sobre todo si se exponen de forma abierta y transparente.

La línea roja

Todas las miradas vuelven a apuntar así al Departamento de Hacienda, que un verano más encara el mes de agosto con la tensión de las cuentas en rojo, preparando el cuadro económico que dibujará el escenario financiero para los próximos meses. Y en el que tan importante, o más, que la dificultad para cuadrar el presupuesto ya desbordado de este 2020, será el panorama que quede para 2021 si, como parece, la recuperación tarda en llegar. Porque de momento son 400 millones de déficit presupuestario para este año, posiblemente más si la economía no repunta en el último trimestre. Y no hay economía que aguante algo así dos años consecutivos sin un ajuste severo.

A favor del Gobierno de Navarra juega en cualquier caso la complicidad de un Ejecutivo afín en Madrid que vuelve a abrir el grifo de la deuda pública tras una década de una dogmática austeridad fiscal, que incluso impidió inversiones mínimas al Gobierno anterior, y que todavía hoy amenaza la financiación de los ayuntamientos con el paraguas de la Ley de Estabilidad Presupuestaria. No ahogará el PSOE al Gobierno del PSN en Navarra que tantos años le ha costado recuperar. No al menos mientras Santos Cerdán siga teniendo influencia directa en Moncloa. Entre otras cosas porque la actual mayoría parlamentaria tiene el aval del propio Pedro Sánchez, que apoyó una apuesta arriesgada a la que se oponían algunos destacados miembros de su propio Gabinete. Y que, curiosamente, ha acabado abriendo el camino en Madrid a la mayoría de investidura que todavía hoy sostiene al PSOE en La Moncloa.

"No habrá recortes", insiste estos días María Chivite, marcando la línea roja que la hoy presidenta ya vio cruzar a su partido aquel fatídico verano de 2011 de la mano de UPN. Miranda acabó dejando el Gobierno en junio de 2012, tras un año en el foco de las críticas del PSN y poco después de la ruptura del inviable pacto de Gobierno entre Barcina y Jiménez que llevó a los socialistas a la irrelevancia a la espera de una nueva oportunidad. El barcinismo decidió aferrarse al poder en soledad, confiando en una rápida recuperación económica que no llegó, y en un agónico final de legislatura del que todavía hoy UPN no se ha recuperado. No parece que sea este el caso, pero hay lecciones que conviene no olvidar.

-El Gobierno apuesta por una salida rápida de la crisis que supla la menor recaudación con una emisión histórica de deuda pública para 2020

-Se han destinado todos los recursos posibles a atender la urgencia sanitaria y a garantizar un curso escolar lo más seguro posible

-Con una caída de ingresos estimada del 20% y agotado el remanente de tesorería, habrá tensión financiera si la recuperación no llega pronto

-El Gobierno foral necesita consolidar su mayoría parlamentaria para evitar que la inestabilidad política le complique la gestión

-El apoyo de Ferraz al PSN es una garantía para la Hacienda Foral, que necesita autorización de Madrid para esquivar posibles recortes

-Tan complicado como cuadrar el presupuesto ya desbordado de 2020 será elaborar el de 2021 si la economía no se reactiva.


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