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No sé qué estudiar: el desafío de decidir el futuro con 18 años

Son muchos los expertos que abogan por enseñar a explorar, rectificar y construir trayectorias en un mercado laboral en continua transformación por la IA. Además, las redes y la multiplicación de opciones hacen que elegir estudios sea hoy más complejo

No sé qué estudiar: el desafío de decidir el futuro con 18 añosEP

Junio es el mes de las decisiones. Miles de jóvenes que terminan el bachillerato y ya tienen las notas de la selectividad se enfrentan a la misma pregunta, repetida en cenas familiares, tutorías y conversaciones con amigos: ¿qué voy a estudiar? La incertidumbre no es solo una percepción. 

Pero, ¿es realmente normal no tener una vocación definida a los diecisiete o dieciocho años? ¿O estamos ante un problema de esta generación, acostumbrada a la sobreestimulación y al miedo a equivocarse? La experta en innovación educativa Laia Lluch, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), lo tiene claro: “No solo es normal: es esperable, y deberíamos preocuparnos más cuando ocurre lo contrario”.

La presión por elegir pronto choca directamente con la evidencia neurobiológica. Las funciones vinculadas a la planificación a largo plazo, la regulación emocional y la toma de decisiones complejas continúan madurando hasta finales de la veintena e incluso hasta los 30 años. Pedir a una persona de 17 años una decisión definitiva sobre su futuro profesional “es, literalmente, pedirle algo que su cerebro aún está aprendiendo a hacer”, subraya Lluch. Y también, “porque hoy en día ninguna decisión es definitiva”.

A todo ello hay que añadirle un factor cultural clave: la pregunta “¿qué quieres ser de mayor?” acompaña a las niñas y niños desde edades muy tempranas, una práctica bien intencionada pero pedagógicamente discutible. Un primer paso muy importante es tener claro lo que no se quiere ser o hacer.

Un grupo de jóvenes estudiando.

Las dudas de la ‘gen Z’

¿Es esta incertidumbre un rasgo de la generación Z o ya ocurría antes? La experta responde sin ambages: “La indecisión vocacional no es nueva, lo nuevo es el ecosistema emocional, sociocultural y económico en el que se experimenta”.

Entre los factores que explican esta dificultad para decidir destaca, en primer lugar, la paradoja de la elección descrita por Barry Schwartz: cuanto mayor es la oferta de opciones -dobles grados, itinerarios internacionales o microcredenciales-, más complejo resulta tomar una decisión y mayor puede ser la insatisfacción con la alternativa finalmente escogida. A ello se suma la comparación social permanente que fomentan las redes sociales, donde predominan relatos idealizados de vocaciones descubiertas con aparente claridad y que alimentan la sensación de que todo el mundo tiene definido su camino excepto uno mismo.

También influyen la precariedad estructural y la crisis climática, que introducen una incertidumbre de fondo sobre las oportunidades y los escenarios futuros. Además, a todo ello hay que sumarle la presión familiar y la meritocracia, que siguen presentando la elección académica o profesional como una decisión capaz de determinar el resto de la vida de una persona. Finalmente, la irrupción de la inteligencia artificial añade una nueva capa de complejidad al transformar aceleradamente el mercado laboral y cuestionar qué profesiones seguirán teniendo sentido dentro de una década.

La vocación

Frente a la angustia por no tener una “vocación clara”, Lluch apunta que “la vocación se construye a través de la práctica, el compromiso sostenido y la experiencia de competencia”. En lugar de buscar una vocación, la experta propone a los jóvenes pensar en cinco ejes:

  1. Intereses reales y no idealizados: ¿En qué tipo de problemas, contenidos o actividades pierdo el tiempo sin darme cuenta? ¿Qué es lo que no me gusta hacer?
  2. Capacidades demostradas, no autopercepciones infladas: ¿En qué me ha ido razonablemente bien cuando lo he intentado en serio?
  3. Valores: ¿Qué tipo de impacto quiero que tenga lo que haga? ¿Qué no estoy dispuesto a aceptar?
  4. Tipo de vida deseada: ¿Con qué ritmo, entornos, grado de exposición pública?
  5. Encaje con el contexto real: Condiciones económicas, geográficas, familiares, de acceso.

Jovenes de la Generación Z, a las puertas de iniciar su etapa laboral.

Profesiones que aún no existen

Las salidas laborales son un criterio legítimo, pero subordinado. Elegir solo por empleabilidad algo sin anclaje en los otros ejes dispara el abandono. Y elegir solo desde el interés sin mirar las condiciones reales es idealizar, advierte. La buena decisión vocacional, sentencia, “no es la que acierta una vocación: es la que se construye con criterios explícitos, asumibles y revisables”. Elegir bien hoy es aprender a decidir, a equivocarse y a volver a empezar.

Hay otra pregunta que sobrevuela: ¿tiene sentido decantarse por una carrera pensando solo en un empleo concreto? Elegir una carrera pensando solo en un puesto concreto es, según Lluch, “optimizar para un escenario que probablemente ya no exista al graduarse”. Pone un ejemplo: hace cinco años, aprender a programar era la competencia estrella del siglo XXI. Hoy, la IA ha transformado radicalmente qué significa “saber programar”. Quien eligió ser programador hace un lustro se encuentra hoy con un perfil muy distinto al imaginado. Y esto será la norma, advierte.

Miedo a equivocarse y la presión familiar

Y llegados a este punto nos enfrentamos a la espada de Damocles: el miedo a equivocarse. En este sentido, la experta aconseja a las familias un ejercicio delicado: distinguir entre acompañar y dirigir. “Acompañar es ofrecer información, dar seguridad emocional, escuchar sin juzgar. Dirigir es proyectar las propias frustraciones o miedos. La frontera se detecta con una pregunta: ¿lo que digo está al servicio de su decisión o al servicio de mi tranquilidad?”.

Las cifras desmontan el mito de la irreversibilidad. Uno de cada cinco estudiantes cambia de rumbo. No es una excepción minoritaria: es una realidad. Y las opciones cada vez son más. La narrativa de elige bien o pierdes el tren pertenece a otra época. Estamos transitando por un modelo de aprendizaje a lo largo de la vida. Ninguna decisión a los 18 años es definitiva.