Brennan va sobre raíles. Es el tren bala. Viaja el inglés a todo tren. Una locomotora la suya que viene del futuro, pero que se mece en el traqueteo en el pasado, en la tradición de hace dos siglos. El inglés nació en Darlington, donde se inauguró la primera vía férrea del mundo. El primer viaje en ferrocarril con pasajeros se realizó desde la ciudad natal de Brennan en 1825.

El itinerario cubrió Darlington con Stockton. Unas cuarenta mil personas acudieron a la inauguración de la línea. Brennan siguió la vía e inauguró su propio recorrido en la Kuurne-Bruselas-Kuurne como si fuera la Locomotion, aquella locomotora a vapor que asombró al mundo.

En el ciclismo que adora y venera a los jóvenes prodigios, que aplaude el estruendo de la voracidad de un ciclistas con aspecto de tardoadolescentes, Brennan cumple punto por punto con los preceptos que se le presuponen a los astros. El espectáculo adosado a las victoria. La traca final como estilo de vida.

El velocista inglés, ojos azules, cuello de boxeador, entramado de músculos compactos de punta a punta, apenas 20 años, se elevó por encima del resto en el esprint que definió la Kuurne-Bruselas-Kuunrne. Brennan se arrancó la ansiedad y el tumulto de nervios de cuajo después de la caída en la Omloop. Se redimió el inglés.

Gran trabajo de equipo

“Estuve nervioso todo el día tras la dura caída de ayer. Los chicos lo dieron todo para volver a meterme en carrera. Desde el Kruisberg pude volver a formar parte de la carrera. Queríamos endurecerla y tomar la iniciativa, porque eso era lo mejor para nosotros. Todos estuvieron increíbles; hasta los dos últimos kilómetros seguíamos todos ahí y Christophe Laporte hizo un lanzamiento perfecto. Yo hice el trabajo fácil, solo tuve que rodar cien metros en cabeza. Cuando era júnior vi a los profesionales correr esta prueba un par de veces y ahora la he ganado yo mismo, eso es especial”, expuso el inglés tras un laurel sin mácula, el 14ª de su palmarés. Nacido para ganar.

Brennan, poderoso y explosivo, aplastó cualquier resistencia. Cobijado bajo el ala de Laporte, nave nodriza de Brennan, el inglés despegó como un cohete. Su aceleración dislocó al resto, que observaron como estaba cerca antes de ser inalcanzable cuando se alumbró con determinación.

Lo supo inmediatamente Laporte, que celebró la victoria en una coreografía perfecta con Brennan. Alzó el brazo y giro el dedo en el aire mientras el inglés aplastaba las bielas, centrifugando un torrente de vatios, y alzaba el puño.

Mozzato y Trentin sumaron fuerzas para el Tudor, segundo y tercero, respectivamente, pero el reloj de Brennan estaba adelantado. Se desencadenó Brennan, las fauces abiertas para hacer presa en el tierras de Flandes.

Su victoria, más próxima a la de una fuga, esprinter sin sombra, se sustentó sobre los lictores del Visma, que controlaron la clásica para que el inglés ejerciera su imperio en una llegada en la que Jon Barrenetxea, bien situado, alcanzó la 12º plaza.

Philipsen, sin opciones

Del baile por la victoria quedó desterrado Jasper Philipsen, aislado sin los costaleros del Alpecin. Huérfano de su arrope, Philipsen, vencedor de la carrera el pasado curso, maniobró por libre en las cotas de la clásica. En esos puntos, el belga fue dejándose los nutrientes necesario para después elevar el tono en el juego de velocistas.

Llegó al punto álgido de la carrera Philipsen sin la fuerza y reprís que exigen los duelos entre los guepardos. No hubo rastro de Philipsen, enredado y sin foco.

Milan, otro gigante de la velocidad, tampoco pudo asomarse al frente, cortado entre el filo de las cotas, que sirvieron de filtro. Tampoco pudo asomar Tim Wellens, que se fracturó la clavícula en una caída.

Las subidas adelgazaron la nómina de esprinters, una estupenda noticia para Brennan, intacto el tren que le llevaba sobre raíles, a pesar del zumbido de algunos movimientos, que no prosperaron. Ordenado el grupo pastoreado por el Visma, el inglés aguardó su momento para entrar victorioso en la estación de Kuurne. Brennan viaja a todo tren.