Hace casi un siglo, en Eibar se recibió con honores la II República. La ciudad armera fue el primer consistorio en izar su bandera el 14 de abril de 1931. En el corazón del ciclismo vasco ondeó la etapa reina de la Itzulia, que no el último episodio. La festejó Paul Seixas, autocoronado emperador.
El líder batió a Florian Lipowitz en el pulso que ambos mantuvieron tras el capítulo en Izua. No tiene miedo el descarado francés, napoleónica su pose. Sometió al germano en un esprint sentado, entronizada nuevamente. Esa es su jerarquía.
El juez del tiempo en la crono de Bilbao, el dragón de las Cuevas de Mendukilo tras su exhibición en San Miguel de Aralar, y el monarca en Eibar. Seixas, la ambición intacta, discurso de campeón, sumó su tercera conquista en la Itzulia. A falta del cierre en Bergara, el francés de oro, la estrella que todo lo fagocita, puso a enfriar el champán.
Agitó la grandeur. Proclamado rey de la Francia ciclista que tanto añora un campeón del Tour, Seixas se autocoronó en Eibar.
Solo faltaba la destreza y los pinceles de Jacques-Louis David para atrapar el momento del monarca de la carrera vasca como lo hizo en La coronación de Napoleón. Seixas fortaleció su régimen. La Itzulia es un asunto personal.
Tras él queda la nada y después el esforzado y valiente Lipowitz, a 2:30. Segundo en la general. Un humano. Primoz Roglic perdió más de un minuto, al igual que Ion Izagirre, sometidos por el poder de Seixas. La lucha por el podio es lo que se sostiene tras el dominio del omnívoro Seixas.
El olor a pólvora de los días cargados por el bochorno, activado el mecanismo por el percutor del viento sur, se intuía en la Plaza Unzaga, punto de ignición de un trazado lleno de metralla.
Noventa años atrás, los balazos de la Guerra Civil mordieron la fachada del ayuntamiento de Eibar, donde permanecen aquellas muescas de odio. No se taparon las marcas que dejaron las balas para no olvidar el asedio.
Agujeros que la memoria rellenaba en un día caluroso, el sol, punzante y el cielo generosamente azul, cargado y denso, acumulando calor. Julio en abril. Un presagio que olía a tormenta.
La sensación extraña que agitó el sofoco, el sol hiriente que enajenaba una jornada explosiva, ardiente, diseñada para dinamiteros.
Un escenario ideal para la locura, para el tremendismo, para correr a pecho descubierto, para romperse la camisa. Seixas corre de esa manera. Osado. Insolente.
Elkorrieta, Azurki, Etumeta, Kalbario, Krabelin, Trabakua, Izua y Urkaregi proponían un desfile formidable, un paraje ideal para el asalto a los cielos. Lo alcanzó Seixas, que no se baja de la nube.
En el penúltimo acto no había lugar para la poesía. Las montañas exigían prosa de telegrama. Código morse. Como el lenguaje de Seixas, que pega duro. Sin arabescos.
El pasado de Eibar, el de la fábrica de armas, –convertidos después los cañones de las escopetas en tubos para construir bicicletas– alimentó el espíritu de la batalla sobre vehículos para la paz. “Todo el mundo tiene un plan hasta que suena el primer disparo”. Eso dijo Napoleón.
La táctica, más reposada y sosegada, mezclaba con la pulsión en un pasaje para el arrebato en la quinta entrega de la Itzulia. Un recuerdo estupendo para Ion Izagirre, que volteó la Itzulia en 2019 tras incendiar los paisajes con los antorcheros del Astana.
Un día para la historia del de Ormaiztegi. Ese sueño prevalecía en Eibar en el disco duro del guipuzcoano, con el podio a una brizna. Se le escurrió.
Fuga numerosa
En la subida Azurki se conformó una fuga ventruda compuesta por 30 dorsales. Allí traspiraba alegre, con la sonrisa en la boca, Alex Aranburu, fresco el recuerdo de su remate en Galdakao. Mikel Bizkarra, del Euskaltel-Euskadi, Markel Beloki, Haimar Etxeberri e Ibon Ruiz también formaban en la treintena. Cada alto servía para cribar en el alto relieve de la Itzulia.
Ajeno a esos asuntos, Paul Seixas, que se maneja como un veterano a pesar de su indisimulada juventud, gobernaba a vista de pájaro hasta que ordenó a sus lictores a avivar el paso, aunque sin histrionismos. Kruijswijk y Veistroffer abrían crecieron en Kalbario, sin duda un buen nombre para bautizar una montaña.
Los costaleros del líder, administrador de un enorme renta, gestor de sus ganancias, rehuyó de la volatilidad. Su cartera de inversión disponía de mucho efectivo.
Dio por buena la apuesta del Bahrain de Pello Bilbao para mordisquear la desventaja. El de Gernika pensaba en fijar su nombre en el memorándum de Eibar.
Lipowitz abre fuego
Krabelin, el colmillo de la Itzulia, se mostraba tenso y afilado. Nombre de flor, naturaleza de piedra. Su dureza, de empalizadas, de muros que juegan con los organismos, trataba de aliviarla el patchwork de la afición. Una cremallera de asfalto que ahogaba, que llenaba de plomo los bolsillos, tomaba cierto aire entre las voces calurosas de ánimo.
El amarillo de Seixas iluminaba la carretera estrecha, apresada por la laderas, sombreada por la foresta. Lipowitz, que la víspera buscó el ángulo muerto del francés, acelero con rabia.
Respondió, acto reflejo, el líder. No quería sorpresas Seixas. No se conformaba el alemán en ese nudo de rampas, que aislaba a los ciclistas, uno a uno.
Una hilera de hormigas. Seixas subía a zapatazos. Un Atila. Solo Lipowitz se sostenía en ese precario equilibrio. Krabelin era un tránsito por los límites del ser humano. Un diálogo con el alma.
Prodhomme, alfil de Seixas, atemperó la marcha. Se unieron de nuevo Izagirre, Roglic y Pello Bilbao, entre otros, con el líder ante el Santuario de Arrate.
Se compactaron los jerarcas. El descenso de la cumbre llamó a la excitación. Locos kamikazes en curvas garabateadas por la imaginación de los niños que les llevaban hacia Trabakua, una ascensión incómodo, de carretera ancha y monotonía bajo el yugo del calor. Mantener fresca la temperatura corporal era prioritario. Pello Bilbao reclamaba bolsas de hielo.
En el frente estaban todos los nombres de la aristocracia salvo Skjelmose y Tullet, desprendidos de la zona noble. Soler y Healy, dos aventureros tozudos, se adelantaron unos segundos. Izua significa miedo.
Izua marca la pauta
Para los eibarreses siempre el nombre siempre fue con equis. La grafía no cambiaba el sentido de un puerto corto, 3,6 kilómetros, pero con un desnivel medio del 9,9%. Pánico para las piernas. Seixas tomó el mando.
Se prensaron Ion Izagirre, Lipowitz y Roglic. Los cuatro ases de la Itzulia. El alemán cargó de nuevo. Se emparejaron ambos. En sidecar. Se desajustó unos metros Roglic. Lo mismo le sucedió a Izagirre, apurado, desvencijado.
Cada uno con su compás. Izua dañaba el ánimo y el gesto. Anatomía del esfuerzo entre un pasillo humano. Romo, que se había unido al líder y Lipowitz, se fue al suelo al hacer el afilador con el germano.
Romo se desgañitaba en el descenso. Roglic perseguía. Se unieron. Enfocaban Urkaregi en dobles parejas. Izagirre rodaba con Pello Bilbao y las víctimas de Izua. Se empastaron a Roglic. Prisa, urgencia y frenesí.
Seixas y Lipowitz hablaban por los codos. A relevos. Ese era su entente. El pacto. Por detrás no había acuerdo. Demasiados intereses cruzados. Seixas y Lipowitz se retaron en en las calles de Eibar en un duelo al sol.
El juego por la victoria. Un kilómetro de pistards y desconfianza. Desenfundó el alemán con todo. Alcanzó la recta final con ventaja hasta que Seixas se emparejó a él, sentado, y le sobrepasó hasta eclipsar Lipowitz y agarrar la tercera victoria en la Itzulia. Napoleónico Seixas.