Parece fácil en la televisión, pero no lo es tanto en la realidad. La forja es uno de los oficios más antiguos del mundo, aunque cada vez son menos las personas que la dominan. Hace un tiempo, Cristina Bea, una pamplonesa de 34 años, cambió su ordenador por el martillo, el acero y unos incandescentes 1.250 ºC para dedicarse a transmitir este arte milenario a quienes se acercan a pasar la mañana en El Club de la Forja, su taller, para crear desde cero espadas, hachas o cuchillos.

Al contrario de lo que el cine ha instaurado en el imaginario popular, estas armas no sirven para matar dragones ni para luchar contra ningún villano. De hecho, su función no trasciende más allá de lo decorativo, lo culinario o lo doméstico, ya que “prácticamente no tienen filo”. Se trata, más bien, “de hacer un plan diferente con amigos, familia o en pareja”, además de aprovechar para aprender lo básico sobre el oficio. Es más, hace poco, unos clientes quisieron forjar una espada por diversión y, al terminar, “como no sabían dónde meterla, me dijeron que iban a colgarla encima del cabecero de la cama”, recuerda Cristina. Algo similar hizo una señora que, tras fabricar un hacha, “fue directa a añadirla a su colección de armas”.

Uno de los cuchillos que se fabrican en El Club de la Forja. Cedida

Mientras su utilidad en el día a día ha convertido a los cuchillos en la pieza más demandada, “decidimos incorporar la opción de las hachas por la tradición navarra de la aizkolaritza”. Las espadas, en cambio, sí que atraen a un público algo más “friki”, aunque, en realidad, “nunca te puedes imaginar quién va a venir porque esto no solo les gusta a los fans de El Señor de los Anillos”, bromea la herrera.

Lo que sí tienen en común todos los clientes es que ninguno está exento de sufrir quemaduras. El acero se trabaja a 1.250 ºC –“no más, porque si no, se funde”– así que El Club de la Forja proporciona guantes, gafas y mandiles como método de protección. Sin embargo, “el momento más peligroso del acero no es cuando está rojo y a las temperaturas más elevadas, sino cuando ya está gris y parece que no quema, pero sigue a unos 500 ºC”, alerta la forjadora. 

Esta misma precaución debe guardarse a la hora de transportar los utensilios forjados del taller a casa. Según cuenta Cristina, aunque no tengan filo, “estas armas deben viajar en el maletero y tienen que ir directas a casa. Si la policía te para y las llevas encima o te trasladas con ellas a un lugar que no sea tu casa, puedes tener problemas”, avisa.

Una mañana de forja

Fabricar una espada, un hacha o un cuchillo en unas pocas horas no es sencillo. En realidad, reconoce Cristina, “es imposible si se hace de la forma tradicional”. Los procesos de esta experiencia de forja están adaptados al tiempo disponible, de forma que “aprendes en una mañana lo básico de la forja, ves cómo se mueve el hierro, pero no profundizas en todo”.

Las fraguas de carbón donde calientan el material. Cedida

“La fundición, por ejemplo, no la trabajamos”, dice la experta. Para elaborar las piezas se emplean unas pletinas de acero, de unos cuatro o cinco milímetros de grosor, que se calientan en unas fraguas de carbón y se moldean desde el lomo hasta la punta con las herramientas necesarias hasta conseguir la forma deseada. Además, el taller ofrece un almuerzo a mitad de mañana, una foto de grupo y una camiseta de regalo como recuerdo de la experiencia. 

El valor de la artesanía

Antes de ser forjadora, Cristina se dedicaba al diseño gráfico. “Hacía piezas para redes sociales, pero me cansé de la inmediatez de ese mundo. Sentía que mi trabajo solo duraba unos segundos en la pantalla”, dice. Aburrida del frenético ritmo de la vida online, comenzó a buscar disciplinas más “pausadas y calmadas”.

Un artesano manipulando el acero en una de las fraguas. Cedida

Tras elaborar una pequeña herradura en una experiencia de forja de los hermanos Brun, en Irurtzun, “empecé a coger más el martillo y menos el ordenador”, relata, “y viajé a Toledo a la Escuela de Herreros de Ramón Recuero para aprender todo lo posible”. Al principio, ayudaba a hacer espadas, rectificar puntas o, en general, arreglar lo que fuera necesario. Pero cuando volvió a Navarra, decidió emprender su propia experiencia de forja.

Aunque comenzó de forma humilde en lo que era un viejo taller de cerámica, Cristina reconoce que su iniciativa atrae ahora a multitud de clientes que “vuelven a sus casas mucho más contentos de lo que habían venido”. Según explica, “irte con algo que has hecho con tus propias manos es muy satisfactorio y, además, es la excusa perfecta para dejar el ordenador por unas horas, que a todos nos viene bien”.