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Qué pasa cuando subes fotos de tus hijos a internet

Se trata de un gesto que nace muchas veces del orgullo y del deseo de conectar con familiares y amigos

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Esta práctica, que ya se conoce como 'sharenting', un término que combina las palabras inglesas share (compartir) y parenting (crianza), conlleva una serie de implicaciones legales, de seguridad y de privacidad que los expertos recomiendan analizar con detalle. Cuando subimos una fotografía a una plataforma digital, la imagen deja de estar bajo nuestro control. Aunque los perfiles estén configurados como privados, los términos de servicio de la mayoría de las redes sociales otorgan a las compañías licencias sobre el contenido colgado en ellas. Además, existe el riesgo de que terceros descarguen, capturen o reúnan esas imágenes sin consentimiento.

El peligro de los datos

Los datos que hay en una simple foto pueden ser sorprendentemente reveladores. Las imágenes a menudo incluyen metadatos, que son registros ocultos con la fecha, la hora y las coordenadas exactas de GPS donde se tomó la foto. Incluso sin estos datos, elementos cotidianos como el uniforme del colegio, el parque o la fachada de casa aportan pistas detalladas sobre las rutinas del menor.

Niños, a la entrada de un colegio.

Organizaciones dedicadas a la protección de la infancia llevan años advirtiendo sobre el peligro de compartir este material. El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), en sus guías de civismo digital, señala de forma directa que "una vez que algo está en línea, es casi imposible eliminarlo por completo, y puede ser visto por cualquier persona, incluidos aquellos que podrían utilizarlo para causar daño". Esta huella digital puede lastrar al menor mucho antes de que tenga la capacidad de decidir sobre su propia imagen.

El derecho de los niños

Más allá de los riesgos de seguridad que conlleva, el 'sharenting' nos plantea un debate ético sobre la privacidad y la autonomía de los niños. Al publicar su vida, los padres construyen una identidad digital para sus hijos que ellos no han elegido. Fotos de rabietas, momentos de vulnerabilidad o anécdotas pueden convertirse en un motivo de incomodidad o incluso de acoso escolar en su adolescencia.

La normativa europea de protección de datos y las leyes nacionales de protección del menor recuerdan que el derecho a la propia imagen pertenece al niño, no a los padres.

¿Cómo tratar el tema?

En primer lugar, es muy recomendable evitar enseñar el rostro del menor de forma directa. Se recomienda fotografiar desde atrás, mostrar solo detalles como las manos o utilizar elementos del entorno para proteger su identidad.

Además, es vital desactivar la geolocalización en los dispositivos móviles. Antes de tomar y subir cualquier foto, conviene revisar los ajustes de la cámara del teléfono para asegurarse de que no se están guardando ni compartiendo las coordenadas del lugar. También se debe prestar especial atención a los fondos de las imágenes para cerciorarnos de que no aparezcan nombres de colegios, portales, calles o matrículas de coches. Una buena opción podría ser utilizar aplicaciones de mensajería instantánea que tengan cifrado de extremo a extremo para enviar las fotos directamente a los familiares más cercanos, en lugar de publicarlas en redes sociales.

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Extremar la seguridad

Las aplicaciones de mensajería con cifrado de extremo a extremo nos ofrecen una capa extra de privacidad y seguridad al garantizar que solo el emisor y el receptor puedan acceder al contenido de las conversaciones, evitando que terceros, incluidos proveedores del servicio o posibles ciberdelincuentes, puedan leer los mensajes. Este sistema protege chats, llamadas, fotos, vídeos y archivos compartidos, algo especialmente útil en esta época. Plataformas como Signal y WhatsApp han popularizado este tipo de tecnología y la usan en sus aplicaciones, convirtiéndola en una herramienta segura para comunicarnos y compartir imágenes de manera privada y segura.