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Una "Novena" de corrido orquesta sinfónica de euskadi

Ainhoa Garmendia, soprano. Itxaso Mentxaka, mezzosoprano. José Ferrero, tenor. Attilla Jun, bajo. Sociedad Coral de Bilbao (director: Julio Gergely). Andrés Orozco-Estrada, dirección. Programa: Novena Sinfonía, Coral, de Beethoven. Programación: Ciclo de la orquesta de Euskadi. Auditorio Baluarte. 30 de noviembre de 2010. Lleno.

HACE unos años, la programación de la Novena de Beethoven tenía categoría de acontecimiento. No era fácil encontrar una masa coral que se enfrentara con garantías a la sublime partitura. La proliferación y estabilidad de los coros, hoy día, han hecho que la sinfonía coral se programe con frecuencia. Ya no es un gran acontecimiento. Pero siempre suscita expectación y llena los auditorios. La Novena supone, para Beethoven, la coronación de una serie larga de procesos. Coronación en un sentido progresivo. Culminación de su poder constructivo y de su concepto trascendente de la variación. La Novena Sinfonía es una obra grande, solemne. No es de extrañar que Wagner y Berlioz sintieran predilección por esta obra. Por todo esto, creo que la versión que impuso Orozco-Estrada a sus conjuntos, fue un tanto "reduccionista". De lectura rápida. Insistiendo en la soltura excesiva. En el staccato. Sin buscar el sosiego y la grandeza. Sin retener un poco la inevitable inercia hacia el presto. Decantándose por un fraseo excesivamente cortado y puntiagudo. En los dos primeros movimientos la orquesta sonó blanca, prevaleciendo los timbres individuales a la visión de conjunto. Esta claridad buscada no fue siempre sinónimo de precisión y justeza del conjunto. El tempo -rápido- agobiaba, a veces, a los instrumentistas. El adagio, sin recrearse excesivamente en la lentitud del tema -lo cual está bien, para no caer en la blandura-, se hizo muy bello en las violas, pero, a la postre, un tanto frío de sentimiento. El cuarto movimiento no se escapó al precipitado entusiasmo del director. Hay diversas formas de abordar el famoso tema y su intervención coral. Acentuando su carácter heroico e insistiendo en su marcha a lo militar; o ligando más el fraseo y, precisamente por esa rotundidad de la composición, ir hacia un lirismo más solemne. Orozco-Estrada insiste más en la primera opción. Yo creo que es más acertado y grandioso asentar el tempo, no machacar tanto la idea de marcha, y que el prestísimo se precipite sólo al final. Sin dar la sensación de sentirse arrollados por los acontecimientos compositivos. Es cierto que retener el sublime vendaval de este movimiento no es de recibo. Pero entre un desfile militar y una Javierada -ambas marchas-, hay muchos estados intermedios.

La Coral de Bilbao - 34 mujeres y 41 hombres-, resolvió sin dificultad su extenuante papel. Porque cantar estos veinte minutos de Beethoven es de las pruebas más duras para un coro. Y los de Bilbao -con plantilla más bien ajustada- dieron sensación de plenitud, atacaron con decisión, y mantuvieron los agudos en piano. Un coro potente, decidido, muy eficaz, que se adueñó del cuarto movimiento, como debe ser. Los solistas también resolvieron los ingratos solos, aunque algún agudo se acercó al grito. Orozco-Estrada, que una vez más demuestra su absoluto control sobre la obra que dirige, optó por una versión más de fuerza y epidérmica que de profundidad. El éxito y los aplausos del público corroboran el entusiasmo que suscita la obra.