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Hermanadas a través del arte

La unión entre Pamplona y Yamaguchi ha inspirado una intervención artística llevada a cabo por jóvenes japoneses en la ciudad nipona bajo la dirección de la creadora navarra Alicia Otaegui. "Blanco y rojo" es el título de la obra, realizada con material reciclable.

Hermanadas a través del arte

El mes pasado, la artista navarra Alicia Otaegui viajó hasta Yamaguchi (Japón) para trabajar, por primera vez en su trayectoria, con jóvenes creadores japoneses en la realización de una obra colectiva. El hermanamiento entre Pamplona y la ciudad nipona, del que se cumple este año el 30º aniversario, era el punto de partida del work shop (trabajo de instalación en grupo), que se llevó a cabo en el marco de una exposición colectiva que, impulsada por la galería de Pamplona Orizuru, acercó al público japonés el talento de doce artistas residentes en Navarra.

Otaegui, habituada al trabajo participativo y a la improvisación, viajó únicamente con dos pautas en su mente de artista: el hermanamiento como motivo y dos colores, el blanco y el rojo -presentes en la bandera de Japón y en Pamplona durante los Sanfermines-, como símbolo de esa unión. La artista navarra también tenía claro desde hacía tiempo que el material que daría forma a la obra iba a ser reciclable. "Un mes antes de viajar a Yamaguchi, di instrucciones a los artistas participantes para que fuesen seleccionando y guardando elementos de desecho o cosas inservibles para ellos que tuviesen los dos colores, el blanco y el rojo", cuenta Alicia Otaegui; de manera que cuando ella llegó ya estaban todos los objetos almacenados en la sala de exposición Izutsuya de la ciudad nipona, donde se realizó el proyectoy quedó expuesta durante unos días la instalación. El work shop, que se desarrolló durante tres días intensivos desde el 3 de noviembre, contó con la participación de seis grupos distintos de jóvenes de entre 17 y 21 años, entre los que había alumnos de una escuela de arte de Yamaguchi y estudiantes de último curso de instituto. La barrera del idioma hizo que Alicia Otaegui tuviese que comunicarse con ellos a través de la intérprete japonesa Ayuko Koshima. "Me habría gustado un contacto más directo, más de tú a tú... A través de la intérprete yo les iba dando unas pautas, como que el color tenía que estar equilibrado; pero eran ellos los que tenían que crear la obra", cuenta la artista navarra, quien reconoce que "al principio les costó arrancar, quizá porque allá están habituados a programas de trabajo más estrictos, sin tanta libertad para la experimentación, pero por eso mismo les resultó muy interesante la experiencia. Y en cuanto cada uno tuvo clara la idea que quería reflejar, se metieron de lleno en el proyecto. Los japoneses tienen un sentido de la responsabilidad y del trabajo impresionante, son silenciosos y minuciosos a la hora de crear", afirma Otaegui. Otro detalle que llamó su atención es que, a pesar de que el work shop se planteó como un trabajo colectivo, "los jóvenes apenas interactuaban entre ellos, abordaron el proyecto de forma más bien individual. No hubo un trabajo en equipo, es curioso, y quizá sea un síntoma relacionado con los sistemas de ocio de las grandes ciudades, esa manía por jugar con las maquinicas, etc...".

Desde cartones, abanicos, ropa usada -mejor dicho, en desuso- y calzado hasta latas de refrescos, envases de productos de limpieza y de cosmética, juguetes, una papelera... La instalación Blanco y rojo se compuso de muy diversos materiales. Objetos viejos, aparentemente inservibles, a los que los jóvenes creadores dieron un nuevo significado en un nuevo contexto. "Los residuos brindan muchas posibilidades en el terreno de la creatividad, y además dan información de lo que se consume en una sociedad, de lo que tira la gente", destaca Alicia Otaegui, quien de su experiencia en Yamaguchi deduce que los japoneses que habitan allí "viven bien, son caprichosos y consumistas, porque muchos de los objetos que tiraban eran cosas preciosas y muy nuevas, con las que yo habría decorado mi casa". El resultado de la instalación, una escultura concebida para ser rodeada, con una gran base -los cimientos en los que se asienta cualquier unión o hermanamiento- y terminada en cumbre, satisfizo a todos: maestra, autores y visitantes que contemplaron con curiosidad el trabajo, por el que se interesó también una televisión local de Yamaguchi, que se acercó a la sala a tomar imágenes. "La experiencia fue un enriquecimiento mutuo, maravilloso. Y los jóvenes estaban emocionados, nunca habían trabajado a ese nivel de materiales y de creatividad, y a todos les hacía mucha ilusión firmar la obra", dice la creadora navarra, quien ya había tenido una experiencia similar en un work shop de artesanía en Brasil.

El proceso de trabajo de la obra Blanco y rojo se documentó a través de fotografías que se exhibirán próximamente en la galería Orizuru.