Más que palabras ORQUESTA SINFóNICA DE CASTILLA Y LEóN
Soprano: Angela Denoke. Dirección: Lionel Bringuier. Programa: Obras de Richard Strauss y Chaikovski. Programación: ciclo de la Orquesta Sinfónica de Navarra. Auditorio Baluarte. 16 de noviembre de 2010. Público: casi lleno.
EN Las cuatro últimas canciones de R. Strauss -que abría el magnífico concierto interpretado por la orquesta castellano-leonesa- la dialéctica "prima la musica e poi la parole / prima la parole e poi la musica" debe plantearse en una circularidad entretejida de ambas. La palabra y la música están tan entreveradas, que se condicionan la una a la otra. La belleza de la música y la verdad de la palabra en una sublime conjunción. Estas canciones de Strauss, orquestadas con opulencia y densidad, están pobladas de elementos conflictivos desde un punto de vista dramático. La solista -en medio de esa espesura orquestal- debe respetar los innumerables matices en piano que exige la partitura. De ahí que, siempre, en las salas de concierto, se nos quede un poco corto su volumen. Angela Denoke -que comenzó algo dura de voz- mostró homogeneidad sonora, fraseo natural, facilidad para apianar y manejar sutilmente las dinámicas, con excelentes reguladores de intensidad. Fue su fraseo, su intención serena, melancólica, dramática, lo que se impuso por encima de su belleza de voz y potencia de graves. Su inteligencia y buen gusto cargó con todo el trabajo de transmitir emoción. Lionel Bringuier acomodó la orquesta a su tempo, la dejó cantar. Y consiguió unos magníficos finales orquestales diluidos en el silencio. (Por cierto, hay que recordar una vez más que la obra acaba cuando el director baja los brazos, no cuando termina el sonido. El silencio también es música).
La quinta sinfonía de Chaikovski -la otra gran obra de una tarde, también, opulenta y densa- evidenció la buena forma de la orquesta, y la original y coherente versión de un director, que sacó a los músicos un gran potencial. Sonoridad plena, pero también delicadeza. Magnífica en los solos. El titular de la velada arranca la sinfonía con unos tiempos tenidos, reposados, con una dirección en horizontal, donde las familias orquestales se escuchan por separado, dentro de un todo maleable y dúctil. En el comienzo lento y misterioso insiste en la gravedad del asunto -protagonismo de la cuerda grave-. En contraposición, deja que el metal se desboque un poco (a la rusa). El rubato -muy bien controlado- será fundamental en la versión. En el segundo movimiento se luce la trompa. La orquesta entra al regulador más como intención y empuje de sonido, abriendo y recogiendo. Sobrecogedor, como en el primer movimiento, el sonido del clarinete. La dirección insiste en retenerlo todo un poco, así los temas melódicos -abundantes, diáfanos, bien definidos- quedan siempre arropados. En el tercer movimiento el vals esta muy moderado en su alegría. Chaikovski tiende a apagar su brillo. El fondo es de contenida tristeza. Las pinceladas de trompas y clarinete en sonidos agrestes, son detalles magníficos, que inciden en el ambiente.
En el último movimiento, Lionel Bringuier cambia radicalmente. Busca un brillo inusitado a partir de forzar el tempo hasta extremos de exigencia muy virtuosa a la orquesta, que le responde estupendamente -eso sí al borde de la extenuación-. El final es una fiesta orquestal a la manera de las mejores orquestas americanas. Es un final que para unos es optimista y, para otros pesimista. En cualquier caso, los intérpretes transmitieron, plenamente, esa búsqueda del compositor: siempre angustiosa e interrogativa.
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