Las cumbres de Gergiev
Director: Igor Ijurra. Soprano: Zhanna Dombrovskaya. Mezzosoprano: Zlata Bulycheva. Dirección: Valeri Gergiev. Programa: Sinfonía número 2, en do menor, "Resurrección", de Gustav Mahler. Programación: Ibermúsica-Orfeón Pamplonés. Auditorio Baluarte. 17 de diciembre de 2010. Público: Casi lleno.
CON Valeri Gergiev y su impresionante orquesta vamos de cumbre en cumbre. Sus conciertos son, siempre, acontecimientos. Desde aquella inolvidable cuarta sinfonía de Brahms, para la Sociedad Filarmónica, en el año 2006; hasta la Patética de Chaikovski, en la Quincena de ese mismo año; sin olvidar la huella que dejó en la inauguración del Euskalduna de Bilbao con la Khovanchtchina de Moussorgski. Son actuaciones que se te quedan grabadas. Más recientemente: laoctava de Mahler; y, ahora, la segunda. Repertorio incontestable para exhibir el potencial de una orquesta.
La Mariinsky sigue apabullando por su sonido pleno, por la categoría y poderío de su cuerda. Por el juego de contrastes piano-fuerte que es el más extremo que conozco, pero también maleable y obediente, rico en matices que exaltan, en todo su esplendor, los alientos de muerte y resurrección escritos en la partitura. Desde el hachazo de contrabajos del comienzo, hasta el glorioso final, hay toda una demostración de cualidades y calidades orquestales. El tempo de Gergiev para esta sinfonía es cambiante. Versión muy personal del maestro ruso. En ocasiones se me antoja un poco rápido. Sin embargo a menudo lo retiene, y deja que todo se escuche. No obstante, siguen siendo marca de la casa los matices en piano, las explosiones del tutti orquestal en los fuertes, y los pasajes estáticos -que Gergiev dilata- en los que la orquesta aguanta con un sonido expectante, incubador de cambios radicales. Como muestra de lo primero, la preparación -en increíble piano- de la orquesta a la entrada del tema del segundo movimiento en los violonchelos. Estos, que no reparan en glissandos, alientan un romanticismo de amplio vuelo. Los fuertes son extravertidos y abiertos, pero, curiosamente, quedan cubiertos y siempre controlados. Si algo tienen las orquestas rusas es una extraordinaria libertad de sonido. A veces parece que no cuidan ciertos timbres -sobre todo en los pasajes más de cámara-, pero, sin embargo, son contrastes buscados, cuando asoma el terciopelo es de grosor mullido.
El Orfeón firmó una de las entradas más escalofriantes que he escuchado. La hora de preparación recala en esos compases. No hay nada más bello en música que el pianísimo de cien personas. La comprometida entrada a capella, se coronó con una incorporación de la orquesta casi inaudible, respetuosa, durante el primer tramo, con las voces, hasta el punto de confundirse con ellas. Este pasaje -fundamental en la sinfonía- corroboró la perfecta afinación del coro y la sintonía con la versión propuesta. Además de incidir en el dominio del enorme instrumento orquestal por parte de la dirección. A partir de ahí, todo, glorioso.
Las voces solistas de soprano y mezzo solucionaron su papel con potencia, sobre todo la mezzo, más que con ductilidad. Desde arriba del todo se les escuchó bien, pero, quizás, un podo condicionadas por la colocación al lado del coro, tendían a forzar.
La segunda de Mahler es un obra que le va muy bien al Orfeón. Recuerdo una versión en el palacio de los papas de Avignon que le valió al coro sucesivos contratos en los prestigiosos festivales de la ciudad francesa. Y otra, también como gran acontecimiento, para la Filarmónica -ya hace décadas- con Ros Marbá en el Gayarre, con el coro puesto de perfil porque no se cabía. Estos días el Orfeón vuelve a ser dirigido por Ros Marbá en la Misa en Fa de Bruckner. La gran música hace grande su historia.
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