Pan divino COral de cámara de pamplona
Intérpretes: Coral de Cámara de Pamplona. Joseph Cabré, dirección. Programa: Missa Puer Natus est, canciones y villanescas espirituales, de Francisco Guerrero. Programación: Ayuntamiento de Pamplona. Ciclo de Navidad. Lugar y fecha: Iglesia de San Nicolás. 18 de diciembre de 2010. Público: Lleno, con gente de pie.
LA gran polifonía española del siglo XVI es siempre un plato fuerte y excelente para un concierto. La Coral de Cámara de Pamplona ha presentado, para este ciclo de Navidad, la Misa Puer Natus est, de Francisco Guerrero, un pilar fundamental de la polifonía. Una obra compacta, difícil para los intérpretes, compuesta sobre el motivo melódico de la antífona del introito del mismo nombre, para el día de Navidad. Hay dos formas de abordar la partitura. Bien toda la misa seguida, en un bloque (Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus, Benedictus y Agnus Dei), donde la alta polifonía se impone sin fisuras y arrebata al oyente hasta su riquísimo altiplano. O bien, intercalando, entre esas partes de la misa, canciones y villanescas espirituales, que hacen del concierto cierto remedo de una celebración litúrgica de la época. Josep Cabré, el titular de la coral, opta por esta segunda opción. Ciertamente los estudiosos de la música antigua -y Cabré lo es- son cada vez más partidarios de estas recreaciones de los ambientes de la época. Mueven al coro, incorporan antífonas gregorianas, y combinan coros más pequeños con el tutti para dar variedad al asunto. Tiene sus ventajas. Los bloques polifónicos de la misa suelen ser más asequibles, para algunos oyentes, al descargar su tensión sobre canciones más ligeras. Pero, para otros, entre los que me cuento, distraen y apean al amante de la polifonía de ese magma sonoro al que uno se arroja, olvidándose de todo, y sólo comparable a otro magma en el que, también, hay que dejarse llevar, el wagneriano.
Dicho esto, Cabré llevó, en general, todo el programa con un tempo más bien ligero. Las partes de la misa agradecen ese tempo, porque se alivia al coro y en ningún momento se rompe la solemnidad. Al contrario, el fraseo fue claro, muy bien trenzado entre las voces que resultaron brillantes en las cuerdas agudas, y muy sólidas y de gran apoyatura en las graves. Pocas cosas hay tan bellas como las sucesivas entradas de las voces con sus temas -nitidez y limpieza en el ataque-, y la posterior consolidación del edificio con todos los pilares en funcionamiento. Opta el director también por una sonoridad plena en la mayor parte del trayecto. El resultado es hermoso. Pero, quizás, se eche un poco de menos alguna retención más del tempo -como se hizo en el Crucifixus, para contrastarlo con el Ressurrexit-; y algún matiz piano más, como el del et incarnatus, bellísimo en su espiritualidad. Quizás no sea muy ortodoxo musicológicamente, pero, el propio Cabré habla de los affetti, y todo eso crea atmósferas pasionales, de dolor y júbilo, de dicha y angustia, de amor y de odio.
El tiempo aplicado a algunas canciones es más discutible. Es cierto que a los villancicos les va muy bien esa agilidad, y resultaron vistosas. Pero el extraordinario Pan divino y gracioso creo yo que admite más reposo, más solazarse en la no medida. Hasta casi -diría yo- un punto de romanticismo (con perdón) que exagerara un poco la letra.
Terminó la velada con la recuperación del Agur Jaunak, en la armonización y coreografía de Morondo. No recordaba ya lo maravillosa que es esa armonización.
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