GEORGE Steiner, prologuista de Il giorno del judizio, asegura que se trata de "un libro difícil de describir", y es cierto. Conforme avanza la lectura, El día del juicio (Salvatore Satta, 1979) se va desprendiendo de la capa que lo envuelve, y lo convierte en novela para pringar sus ropas del olor y el sabor de la obra que se suma al género de la narrativa, presente en gran parte de esta gozosa muestra de escritura cavernícola y, precisamente por ello, moderna.
Se ha experimentado tanto con la narrativa que, la verdad, encontrarse de sopetón con novelas como ésta, lejos de confundir, orienta al lector en dirección a Nuoro, camino de Cerdeña.
En tierra de sardos, Satta, jurista con vocación literaria (recordemos que escribió el Comentario al Código de procedimiento civil), despliega sus recuerdos de mocedad y los de sus ancestros para discurrir, en la narración de los mismos, entre la cordura y la soledad, camino incierto que a Satta le viene muy bien para desembarazarse de las rígidas formas literarias clásicas con la misma gracia con las que se deshace de las de la novela. Lean: "El ateísmo era un momento estático de la vida, y la vida era entonces estática, semejante a la superficie de un tablero de ajedrez?".
Se trata de otro pasaje de la oportuna reedición de El día del juicio, donde un sincero Satta reconoce la cruda realidad cuando recuerda que lo "que le interesaba a don Sebastiano no era la propiedad o el disfrute, era la adquisición, la construcción de la fortuna".
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