Hace no tanto tiempo...
la reciente edición de la editorial Navona Fiebre romana (tres relatos de la gran Edith Wharton) demuestra que la narración breve siempre cuenta con un selecto grupo de admiradores, dispuestos a gastar alguno de sus pocos euros en lo que, pese a todo, es una buena inversión. En ese camino tan despejado, hallamos otra breve colección de cuentos que Pío Baroja escribiera en diferentes etapas de su laboriosa vida literaria y que ahora presenta Caro Raggio bajo el nombre de La dama de Urtubi y otros cuentos, historias de un pasado no tan remoto que nos trasladan a una época en la que los humanos de por aquí se comunicaban de modo verbal. Y gestual.
Viene, lo anterior, a cuento de los paseos y las citas que, en tiempos de sorgiñas y de trabajos manuales, bastaban para poner en contacto a dos personas que deseaban conocerse. La novela breve que da inicio y nombre al libro, nos descubre la Navarra que, poco a poco, vamos olvidando, una tierra (aquella) más rica de lo que parece: "En su juventud, Urtubi se manifestó alegre, animado y decidido. La corte de Navarra, en donde se mezclaban las intrigas políticas y de amor con los juegos violentos y las discusiones filosóficas, fue el medio donde se desarrolló". ¡Sorpresa! La dama de Urtubi, a diferencia de otras narraciones breves preocupadas por la pérdida de los valores tradicionales, se asemeja más a las que en un pasado reciente reflejaron los cambios de una sociedad rural que terminaría siendo urbana y, sin embargo, más cazurra.
Por otro lado, nos devuelve al mundo de fantasía en el que el universo barojiano se transformaba por completo cuando su paisanaje tenía que ocultarse de los demonios de la noche: "Leonor no aceptaba sin protesta la lectura de estas páginas licenciosas, y el barón tenía que dar explicaciones a su sobrina.
"Querida hija mía -le decía- eres una diosa, vives en las estrellas o, por lo menos, en las nubes, conviene que vayas poniendo los pies en tierra, no vayas a dar el mejor día el gran batacazo. Prefiero que seas una amazona atrevida y audaz que no una Santa Nitouche".
Baroja, en estos mismos pasajes, todavía tiene tiempo para explicarnos el porqué de estas suaves trifulcas: "Leonor había tenido muchos pretendientes.
"Mi sobrina guarda en un catálogo en folio los nombres de sus enamorados", decía Urtubi, riendo.
La impresión más favorable, una vez repasados, es la de sentir que los cuatro relatos que componen esta cuidada edición nos conducen hasta el primer Pío, el que, ya en 1900 y sin haber cumplido los treinta años, publica Vidas sombrías nada más entrar en contacto con la sociedad literaria y artística madrileña, a la cual aporta un estilo directo y una actitud inconformista. Esa actitud, que más de uno creyó propia de un viejo cascarrabias, parece, más bien, la sombra de un escritor enamorado de su profesión (o, mejor dicho, de su otra profesión, pues el donostiarra fue médico en Guipúzcoa siendo joven, años antes de convertirse en un escritor que terminaría produciendo tanto como el que más).
Este libro, que contiene un cuento de aquella primerísima época (Elizabide el vagabundo), cuenta, finalmente, con las ilustraciones de Rafael Satrústegui. Y esas ilustraciones, etéreas y misteriosas, parecen el complemento ideal para entender el paisaje de aquellos parajes, labortanos o navarros, que ya no se reconocen, a no ser que te sumes a las luchas de Machain y los Urtubi, que tienen un aire a las de los marineros de Las aventuras de Shanti Andia y a las de los carlistas de Zalacaín el aventurero, éstas últimas (como las del libro que nos ocupa) recomendables al público juvenil.
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