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Crítica

Delirios de fe

07.02.2020 | 07:55

'the innocent'

Ruth, nombre que significa amistad, se llama la protagonista de El inocente, un filme inclasificable que se mueve en tierra extraña. Su familia, la de la citada protagonista del filme suizo-alemán a concurso, vive la fe con el fervor luterano de los personajes de Dreyer. Ella trabaja en un laboratorio que experimenta la posibilidad de trasplantar cabezas de monos. Si el éxito les sonríe, como dice uno de los científicos, habrán dado un paso más hacia la inmortalidad de la humanidad, todo un desafío para Dios. En el fondo, lo que Simon Jaquemet propone es el eterno duelo entre la ciencia y la fe, entre la verdad revelada y la verdad desvelada. Algo que una mujer como la protagonista de El inocente comienza a vivir con brotes psicóticos y alucinaciones. Especialmente cuando retorna de "entre los muertos", es un decir, un viejo amante con el que ve renacer pasiones castradas entre tanto cántico religioso, entre tanta misa y bendición.

Jaquemet se muestra como director de plano largo y silencio incómodo, de tiempos muertos y elipsis inexplicables. De ahí que "l inocente provoque estupor y haga que nunca parezca saber hacia dónde quiere conducir el director su relato. Probablemente, esa indefinición, esa calculada ambigüedad que llena de incertidumbre lo que la pantalla escupe, forme parte de su propuesta argumental. En ese sentido, El inocente funciona mucho mejor en algunas de sus partes que en su línea argumental; algo que concluye de manera caprichosa e irreal lo que pone en tela de juicio todo lo anterior.

Se diría que Jaquemet concibe los episodios de su periplo como si estos no fueran a incorporarse a una estructura conjunta. Así, mezclar a Lynch con Kubrick, a Dreyer con Tourneur puede parecer fascinante pero es altamente peligroso si no hay un sentido regente. Aquí no lo ha habido, o de existir no parece que se haya conseguido plasmar su presencia en el celuloide. Al contrario, en determinados momentos, El inocente provoca eso que más temen todas aquellas personas que dirigen cine, que el público se ría cuando lo que se buscara era conmover y acongojar. Su fotografía oscura, sus espacios cerrados, su puesta en escena más que fría gélida marcaban un contrapunto interesante al que una falta de coherencia interior no le da la réplica necesaria.