Impresiona, y mucho, ver el Navarra Arena tan lleno de gente. El viernes, más de diez mil personas se dieron cita para asistir al primer concierto de la nueva gira de Estopa. Los hermanos Muñoz están presentando disco, Fuego. A pesar de la enorme volatilidad que sacude el mundo de la música, con las músicas urbanas, el trap y el reguetón arrasando entre los más jóvenes, el dúo catalán mantiene intacto su poder de convocatoria. Si lo piensan, tiene su lógica; vayan ustedes a hablarles de música urbana a dos chicos de barrio que llevan veinte años consagrando su vida a la rumba. En estas dos décadas, la arquitectura de sus canciones no se ha alejado ni un milímetro de los cánones marcados en su momento por Los Chunguitos o Los Chichos. Vale que también beben de las guitarras eléctricas de Extremoduro y del romanticismo canalla de Joaquin Sabina, pero desde que se montaron en aquel Seat Panda en 1999, lo suyo ha sido, es y tiene pinta de seguir siendo, rumba.

Su secreto es que siguen sonando honestos. Por eso se les perdona el encasillamiento estilístico y hasta los veinte minutos de retraso con los que salieron al escenario del Arena. Todo se olvidó con la primera estrofa de Tu calorro, canción con la que abrieron. Rugieron después las guitarras eléctricas de Vino tinto. Era solo la segunda copa, pero el ambiente entre el público era ya de euforia etílica desatada. Los músicos se mantenían serenos, sin fallar una nota. Y ojo a la banda: cuatro guitarras, bajo, batería, percusiones y teclados. Se lucieron estos últimos, por cierto, en el comienzo de Tragicomedia. Cuando los ánimos decayeron algo (poco) en Malabares, David pidió palmas y la cosa volvió a animarse. La inercia, de hecho, hizo que hasta la reciente Corazón sin salida fuese recibida con agrado. Las más antiguas, como Pastillas para dormir o La raja de tu falda azuzaron el fuego.

Se quejaron los hermanos de que solo tenían botellines de agua e imploraron por el fin de la ley seca, y les acercaron dos cervezas mientras cantaban Cuando cae la luna. Dejando claro que se bailaron y cantaron la práctica totalidad de los temas, El del medio de Los Chichos fue un momento especialmente alto. Breve descanso con las baladas El último renglón y Esta mañana, cantada esa última por José. Pobre Siri despertó diversidad de opiniones, pero la unanimidad regresó con Me falta el aliento, a pesar de que David confundió Pamplona con Coruña, Pastillas de freno, dedicada a los que madrugan, sean del país que sean, o Partiendo la pana.

Estábamos en la recta final, dijeron, antes de seguir con los hits: Fuente de energía, animadísima y muy guitarrera, y Paseo, que precedió a los bises. Ahí llegó el momento más cercano, con los dos hermanos solos, sentados con sus acústicas. Cayeron así Demonios, la ripiosa En mi primera cana o Qué bonito es el amor. De nuevo con toda la banda en escena, una especie de jam de varios minutos totalmente prescindible y vuelta a la carga con Cuando amanece y Cacho a cacho. El final llegó con Como Camarón, no sé si su mejor canción, pero desde luego, sí la más celebrada.

El concierto fue un éxito sin paliativos. Solo así puede definirse la estampa de más de diez mil personas aplaudiendo, bailando y cantando de pe a pa las letras de casi todas las canciones que allí sonaron. Haciendo un juicio desapasionado, puede sorprender semejante nivel de conexión. ¿Los motivos? Unas canciones sencillas, pero tremendamente efectivas. Lenguaje de la calle y sencillez musical. Un espectáculo con empaque (buen sonido, excelentes músicos, gran escenario). Y por encima de todo, honradez y credibilidad.