El tesoro de Moisés Pérez de Albéniz

El galerista muestra en el Centro Cultural Fernando Fernán Gómez de Madrid una diversa y muy curiosa colección de objetos que ha reunido en sus viajes

04.02.2020 | 06:15
Una cámara Polaroid, parte de la exposición.

Su familia dice que se trata de una sana obsesión por coleccionar trastos, pero él sabe que los objetos que ha ido recopilando a lo largo de todos estos años son todo un tesoro. El navarro Moisés Pérez de Albéniz, quien dirige una galería con su propio nombre en Madrid y cuenta con un prestigioso catálogo de artistas nacionales e internacionales, acaba de inaugurar una exposición en el madrileño Centro Cultural Fernando Fernán Gómez que, bajo el nombre de ¡Funciono! porque soy así, muestra los innumerables objetos que ha ido comprando en sus viajes por todo el mundo desde los años ochenta. ¿El común denominador? Todos ellos son, o han sido, funcionales alguna vez.


Moisés Pérez de Albéniz, segundo por la derecha, en la inauguración.

La exposición permanecerá abierta al público hasta la primera semana de marzo y se enmarca dentro del Madrid Design Festival. En ella, los objetos crean una mezcla más que particular: desde cepillos de dientes de Philippe Starck hasta un gel Moussel, cubiertos de Gae Aulenti, tizas Marblas o un clip de oficina. "La idea es que todo el que venga a la exposición, y tenga una cierta edad, claro, sienta su vida reflejada aquí, porque alguna vez utilizó o vio alguno de estos objetos", subraya Pérez de Albéniz, para quien este proyecto que comenzó hace ya muchos años y que, admite, no sabe cuándo finalizará, no es una cuestión "de coleccionar por coleccionar". "Se trata de mostrar la evolución de la vida, a través de estos cacharros, y por ende la evolución de todos nosotros", añade.

Cuenta el galerista que todo comenzó a mediados de los años ochenta, cuando todavía su vinculación con el mundo del arte se ceñía a las visitas que el pamplonés de nacimiento realizaba a las diferentes galerías y museos y, también, a su labor como coleccionista. "Pero esta era una labor muy esporádica", aclara. Decorador y diseñador de interiores de profesión, el ahora galerista comenzó a viajar por motivos laborales a diferentes partes del mundo como Estados Unidos o China. "En mis ratos libres me iba a mercadillos, tiendas vintage, de segunda mano o sitios similares a mirar objetos que ya se habían desechado por estar en desuso pero que seguían funcionando, o quizás no, pero que tenían una relación con el usuario", subraya. Así, dio con algunos objetos de lo más interesantes que despertaron en él una curiosidad que no ha cesado hasta ahora, día en el que aglutina más de 1.000 piezas singulares.

Punto de partida

De una madera curvada a una Polaroid

No recuerda cuál fue exactamente la pieza que dio el pistoletazo de salida a todo este proyecto. Pero sí dice que uno de los objetos que más le llamó la atención cuando comenzó esta colección fue una pieza de madera curvada diseñada por Herman Miller Eames y que encontró en un viaje a Los Ángeles. "Se trata de un objeto muy singular y extraño a la vez que fue construido para que, en la Segunda Guerra Mundial, aquellos que se hubieran fracturado la pierna pudieran ser entablillados. Así, la forma de la madera se ajusta perfectamente a la pierna y en un lado tiene unas cavidades que permiten meter unas cintas con las que sujetar la madera a la pierna", comenta el galerista, para quien "esto es un súper invento que, además, tiene toda la pinta de que no valía nada en su momento y que, sin embargo, ha servido de mucho".

De hecho, Pérez de Albéniz apunta que el valor económico no es en absoluto lo que le interesa. "Para mí no tiene ninguna importancia en esta colección", dice. "La mayoría de cosas que he ido comprando en estos años no han costado nada, bien porque son objetos pequeños o porque son cosas que ya no se utilizan", añade el navarro, que ha ido adquiriendo cada una de las piezas de la colección muy de poco en poco. "No voy a decir que compro algo todos los días, pero sí cada poco tiempo; una vez al mes seguro y así, claro, cómo no voy a reunir tantas cosas en casa", bromea antes de puntualizar que el dinero no, pero "el tamaño sí importa". "Es imprescindible que lo que compro quepa en mi maleta", subraya. Y con esta fijación, ha ido aglutinando todo tipo de cacharros. Por ejemplo, una recogedor de bolas de helado "verdaderamente curioso", en cuyo interior se introduce agua o aceite caliente "para que el aparato coja temperatura, y así su contacto con el bloque helado facilite el recorrido fácil del mismo".

Objetos con historia

Que no sean anteriores a los años 50, un requisito casi imprescindible

Si bien es cierto que el recogedor de bolas de helado es del año 35, la gran mayoría de objetos que pueblan la colección han sido creados después de los años 50. "No tiene una explicación más allá de que yo nací en 1955 y me interesa saber qué objetos han coexistido con mis vivencias", aclara, ya que su máxima prioridad es que todo lo que colecciona "cuente una historia" que no deja de ser otra, en definitiva, que una historia ligada a la vida. "Se ve muy claro con los teléfonos por ejemplo. Al principio, iba coleccionando teléfonos porque sí, porque me llamaban la atención, pero cuando ya tienes varios te das cuenta de que empieza a haber ahí una historia de la evolución del teléfono, y todos los que somos aproximadamente de la misma generación la hemos vivido", destaca Pérez de Albéniz.

La exposición se presenta dividida en diferentes familias según la funcionalidad de cada objeto: abaratar, innovar, complementar, acelerar, multifuncionar, reducir, facilitar, añadir, estilizar y sorprender. "En el sector de abaratar se encuentran cosas que han pasado a ser desechables por su economía, como las maquinillas de afeitar o un bolígrafo que se tira cuando se termina; en la parte de reducir hay, por ejemplo, una camiseta que mide muchísimo y que al guardarla se queda en un pequeño cubo y no ocupa nada; o en el lado de piezas multifunciones hay una taza/tetera", ejemplifica Pérez de Albéniz, y explica que muchos de los objetos que se muestran son servidores de otros ya existentes, como la funda del móvil, la escobilla del váter o un cenicero, que no existirían sin la presencia del objeto a servir, de un inodoro, un teléfono o un cigarrillo. "Y muchos otros muestran las mejoras que hemos vivido gracias a que todo se ha ido evolucionando, como un abre fácil, con el que ya no te quedas con la anilla en la mano", añade.

En resumidas cuentas, dice Moisés Pérez de Albéniz, "todo lo que vemos, lo que percibimos y todo lo que tocamos está diseñado" y simplemente por eso, pese a que no tenga una funcionalidad definida, "ya es algo bello". Y, quizás por eso, merece un hueco en esta amplísima colección que, al menos de momento, no tiene ninguna pinta de parar de crecer.