Sergio Peris-Mencheta: "Vivo de trabajar como actor en Estados Unidos, pero me gano la salud mental dirigiendo teatro"

11.03.2021 | 20:28
Sergio Peris-Mencheta, ayer en el patio de butacas del Teatro Gayarre.

Una fiesta del teatro. Así es 'Castelvines y Monteses', la visión de Lope de Vega de los amantes de Verona encarnada en un musical con 13 intérpretes. Este viernes, 12 de marzo, en el Teatro Gayarre

Sergio Peris-Mencheta adora el teatro. "Me da la vida", cuenta. En los últimos años, desde que vive y trabaja como actor en Estados Unidos, lo ha abordado sobre todo desde el lado de la dirección, como es el caso de Castelvines y Monteses, una obra que tuvo que estrenar sin estar acabada, pero que ya va tomando la forma que había imaginado. La de un derroche de música, verso, coreografías y canciones que espera que haga disfrutar al público en estos tiempos tan grises.

No suele ser habitual ver a un director de escena de gira, pero aquí está.

–Siempre que puedo estoy. Soy un pesado y dice la leyenda que doy notas incluso en la última función (ríe). Me gusta acompañar, escuchar y sentir al público y ver qué se entiende y qué no. Hay veces que no te queda otra que soltar, porque vives en otro país, como es mi caso, o por mera logística, porque el hecho de que yo viaje sale más caro. Eso en general, pero es que en el caso de esta función yo no la pude terminar de montar.

¿A qué se refiere?

–No la pude terminar de montar por el tema de la pandemia y porque tuve que empezar a grabar la cuarta temporada de Snowfall en Estados Unidos. Eso significa que es una obra inacabada. Tuvimos que decidir si parábamos o si estrenábamos a pesar de todo, porque ni siquiera habíamos podido ensayar. Optamos por estrenar y, entonces, el protagonista decidió borrarse a trece días del estreno. Nuevamente se reunió el gabinete de crisis y vimos qué se podía hacer. Colgué un post en Facebook y lo leyó Andreas Muñoz.

¿Y qué pasó?

–Me escribieron varios actores, pero el mensaje que me mandó él me convenció bastante. En ese momento contacté con los amigos que teníamos en común para preguntarles cómo era como ser humano. Ya lo conocía como actor y lo que necesitaba era alguien comprometido, enamorado del teatro y buena gente. Es que el chico que estaba no me dio ni opción, dijo que tenía miedo del covid, aunque su serie no la iba a dejar. No es que me dijera que se hacía cargo de los bolos mientras yo encontraba sustituto; no, llamó con la decisión tomada cuando yo ya estaba de vuelta en Los Ángeles, y en ese momento parar era dejar en la puta calle a veinte personas.

¿Y cómo ha ido evolucionando la obra desde el estreno?

–Hemos ido haciendo bolos y bolos, todavía es un work in progress y no me vuelvo a Estados Unidos hasta que la función esté exactamente cómo yo la he imaginado en cuanto a que la historia se cuente, que se entienda todo, que sea entretenida, que la gente se lo pase bien, que no falte ni sobre nada... Creo que Pamplona es la primera plaza donde creo que la función va a coger consistencia. Los actores han hecho ya 14 bolos en los que han sobrevivido como han podido.

El año pasado, desde Barco Pirata estrenaron esta obra y poco antes otra, 'Una noche sin luna', con Juan Diego Botto, en un contexto totalmente desfavorable, con muchos teatros cerrados, aforos reducidos... Una apuesta de riesgo en tiempos en los que el sector está pasándolo francamente mal. Una apuesta de riesgo, sin duda.

–La gente del teatro lo está pasando muy mal. Periodistas, críticos, taquilleras, acomodadores o miembros de compañías que habitualmente sobreviven mal en Madrid haciendo tres montajes a la vez y que ahora no tienen ni eso. Sin olvidar a los técnicos. Ya te digo, parar Castelvines y Monteses suponía acabar con veinte empleos directos, con gente que después de ser elegida en la audición se trasladó a Madrid y alquiló un piso o una habitación para poder vivir allí durante la producción. Sé que muchos han hecho ERTEs, pero nosotros nos propusimos que teníamos que hacerlo. Yo no me gano la vida como director, lo hago porque necesito hacerlo, porque me alimenta el espíritu. Yo me gano la vida trabajando como actor en Estados Unidos y me gano la salud mental y creativa dirigiendo teatro, y si en las producciones salimos a lo comido por lo servido, bienvenido sea. Sabemos que durante un período vamos a perder, pero forma parte del riesgo, y si no, haber elegido muerte (ríe).

Sería una pena que todo lo que está sucediendo hiciera a actores y técnicos decidirse por otros oficios.

–Sí, pero la verdad es que es el momento perfecto para cambiar de profesión. Un actor no ahorra, es algo que la gente no entiende. Un actor ha decidido un estilo de vida en el que el daño colateral es muy fuerte. No tienes que ir todos los días a fichar a una oficina, pero, por otro lado, no se va a comprar una casa en tu vida. Va a vivir compartiendo piso, pidiendo dinero, debiendo dinero, compaginándolo con otros trabajos... Esa es la realidad del actor, pero también la del director y del productor de teatro. O la del autor. Es demoledor; nosotros estamos haciendo el proyecto gracias a la Compañía Nacional de Teatro Clásico, si no, imposible.

Tenía esta obra en mente desde hace años, la había trabajado con Carlos Menéndez, al que consideraba su cicerone literario y que murió en 2019. ¿Este es también un homenaje a él?

–Totalmente. El 16 de agosto de 2019, antes de subirme a un avión en Durango, donde estaba rodando una serie, le mandé un montón de mensajes sobre escenas, propuestas de personajes, cambios... y me extrañó que no me contestara. Aterricé en Tijuana, crucé la frontera andando y en San Diego, donde me esperaban mi mujer y mis hijos, recibí un mensaje de un amigo que me dijo que se había muerto. Había hablado con él 24 horas atrás y de la noche a la mañana no estaba. Era un profesor de instituto tipo 'oh, capitán, mi capitán' que llevaba hordas de chavales a los teatros; un tipo al que el teatro en Madrid le debe mucho, sobre todo el clásico. Por eso el día del estreno de Castelvines me quedé para poder rendirle homenaje al final de la función; así que sí, la obra es un tributo a él.

En la obra hay 13 actores y actrices en escena que dicen el verso, cantan, tocan y bailan. Sus procesos de casting tienen que ser intensos.

–Lo son (ríe). Soy terrible para la producción porque, en lugar de 15 o de 20 minutos, en este caso empecé por pasarme casi una hora con cada uno. Hasta que me dijeron que así no llegábamos y empecé a meterlos de dos en dos o de cuatro en cuatro, y fue maravilloso porque no solo pude ver su talento musical, vocal, interpretativo, sino también probé su ductilidad para recibir indicaciones por parte del director y su capacidad para escuchar a otro actor y trabajar en equipo. Monté auténticas charangas, porque cada uno venía con su instrumento. Es maravilloso trabajar con actores músicos, tienen desarrollada la escucha, cosa un actor no músico no, ya que, por lo general, primero habla y luego escucha, si es que escucha en algún momento (ríe). Ha sido una gozada poder ver cómo vienen preparadas las nuevas generaciones. Saben tocar, cantar, actuar... Me costó muchísimo decidir.

¿El hecho de ser actor le ha convertido en mejor director?

–Al revés. No sé si soy buen director o no, ni me importa, me lo paso también dirigiendo... Lo necesito mucho más que actuar. Actuar me va bien porque me vacía de mí un rato, es terapéutico y porque tengo que bajar las orejas y ponerme al servicio de un personaje, de un texto, de un autor, de unos compañeros, de un director o directora, de unas circunstancias. Y como director todo es responsabilidad mía, para bien o para mal voy a decidir qué historia queremos contar, quién es el autor, voy a hacer la adaptación, cuál será el elenco... Eso sí, el final cut lo harán los actores, por eso, siguiendo con lo que decía antes, necesito gente en la que confíe y que dé a la obra, no a mí, el acabado que requiere. Además, en mi caso el actor y el director casi nacieron a la vez.

¿Cómo es eso?

–En la Carlos III descubrí que me gustaba actuar, entré en el grupo universitario y en el segundo año la directora, que era Inés París, lo dejó y tomé el relevo porque nadie más se presentó. Yo era el capitán de la selección española de rugby, mandar se me daba bien, pero mandaba como un deportista, a gritos, un horror. Lo que pasó es que empezaron a salirme trabajos como actor, Al salir de clase y todo lo que vinio después, y con este miedo a lo polifacético que hay en este país, donde si tiras penaltis no los puedes parar, nunca me planteé dirigir en serio. Más adelante sí, cuando un numerólogo me dijo que tenía que hacerlo, así que empecé y lo primero serio fue Incrementum, luego vinieron Tempestad, Un trozo invisible de este mundo, etcétera. Y desde el momento en que me puse a dirigir sin la losa de la presión de gustar, sino porque me apetecía juntarme con gente y contar historias, como actor empecé a entender a los directores mucho mejor y a ver que ese peso no sirve para nada. Mis trabajos antes y después de tomarme en serio la dirección son muy distintos. Hubo un cambio radical. Estoy muy agradecido a la actuación, primero porque me da de comer y segundo porque me sirve para vaciarme, pero sigo viniendo todos los años a España para producir con Barco Pirata y mi mujer sabe que eso forma parte del pack y que si ellos no están aquí porque coincide que pueden venir, estaremos dos meses separados. El teatro es mi vida.

En la que Barco Pirata es fundamental.

–Sí, el encuentro con Nuria (Cruz Moreno) fue vital. Yo había mal producido y dirigido las funciones que hice hasta Incrementum. Ella venía del mundo de la inmobiliaria, no tenía ni idea de teatro, pero se fue metiendo, metiendo y hasta hoy. Barco Pirata ya estaba fundada, pero la gente con la que la creé se fue dedicando a otras cosas y al final nos hemos quedado Xabi (Murua), Nuria y yo, pero la que la mantiene a flote es ella. Yo soy el que propone ideas y ella les da forma. Sin Nuria no existiríamos.

¿Como actor, trabaja sobre todo en Estados Unidos porque aquí no le sale nada o porque no le compensa?

–Buena pregunta... No es porque aquí no me compense, es que allí me compensa más (ríe). Además, a mi mujer, que es actriz, le encanta vivir en Los Ángeles. Primero me surgió una película, luego otra y ya en 2015 salió la posibilidad de Snowfall y tuve que firmar un contrato por siete años, así que lo hablé con ella y decidimos irnos para allá. No voy a comparar la calidad, pero el hecho es que allí me ofrecen mucho más trabajo que aquí y, además, tengo la sensación de que aquí mi cara y mi físico solo se lo imaginan con armadura y sobre un caballo y poco más. Actuar en mexicano, en argentino, en inglés, en colombiano no se me está dando mal, me defiendo bien, pero ya digo que, sobre todo, mi familia está feliz, así que de momento allí y mañana ya veremos. Me encantaría vivir en España y trabajar solo aquí, pero no se ha dado, así que vengo para contar historias que necesito contar y que considero que viene bien escuchar.

'Castelvines y Monteses' es un chute de energía, de juventud, de deseo, de amor, lo que viene muy bien en estos tiempos.

–Es un chute de alegría, de música... Es una fiesta del teatro. Recuperamos el espíritu del encuentro; a pesar de que las butacas estén separadas, se trata de que la gente dé palmas, cante, de que los jóvenes conecten con Lope de otra manera, de que los que ya conocen a Lope se enfrenten a un clásico de un modo distinto... Esto es todo puesta en escena, somos muy rigurosos con la palabra, pero el propósito es llegar al público.