¿Cuándo comenzó con la música, como oyente y como intérprete?

–En mi familia no había relación con la música ni tradición de ningún tipo, pero yo soy melómano enfermizo desde pequeño. Mi hermana llevaba a casa discos, poníamos la radio y yo me emocionaba con todo: Miguel Ríos, Mecano, Alaska, Bowie, U2, Dire Straits… Vivía obsesionado. Mi relación con la música es necesidad vital, no sé vivir sin ella. Mi madre de pequeña tocaba el piano, ya lo dejó, pero mi padre le compró un tecladillo electrónico que estaba en el salón. Ahí empecé, mis primeras canciones las hacía con piano, con 11 años. También con una guitarra que tenía mi hermana de la comunión. Nunca he dado clases. Empecé, alguno te explicaba algo en el colegio, me compré un diapasón para afinar, paraba los vídeos e intentaba mirar cómo ponían los dedos los guitarristas… Fue todo muy torpe, muy lento.

En su carrera ha combinado las canciones propias con las versiones. ¿Por qué esa dualidad?

–Todo ha sido accidental. De crío, sacaba cosas de Dire Straits, de U2, de Barricada… Pero siempre he escrito canciones, toda mi vida. En el 89 me fui a estudiar técnico de sonido a Manresa. Ya había empezado a estudiar canto lírico, me fui a Barcelona. Vivía en una tienda de campaña, muy hippy, tenía una profesora de jazz… Estudié también arte dramático y me enganchó tanto que me olvidé un poco de la música. De vuelta a Pamplona, quedaba con unos amigos en el Neón, empezamos a tocar y descubrí que podía cantar lo que me apeteciera: Queen, U2, Metallica… Fue accidental. Hasta entonces era técnico de sonido y actor, y mi trabajo se convirtió en cantante, en showman. Siempre me ha gustado la marcha, los bares, la gente, las risas. Registré el nombre de Pablo Líquido en el 98 para tocar mis canciones, pero también me convertí en un cantante de versiones. No solo tenía trabajo, sino que era el mejor trabajo del mundo.

En el 89 se fue a estudiar temas relacionados con la música, por lo que entiendo que decidió que quería dedicarse a la música siendo muy joven.

–Sí, de muy chaval. Mi padre tenía una tienda de cocinas en San Juan, se supone que iba a seguir con el negocio familiar, pero ya con 17 años le dije a mi madre que me iba a dedicar a la música. No era negociable. Mis padres me decían que era un mundo muy complicado, pero yo les contesté que ya me apañaría como fuese. Por eso me puse a estudiar. Mientras, iba trabajando en otras cosas. Quería aprender todos los campos que abarca el mundo del arte, quería hacerlo bien. Ahora miro hacia atrás y parece que todo tenía sentido, pero entonces lo hacía por instinto.

Y una vez que ya está metido en la música, grabando discos y dando conciertos, ¿es como uno se la imaginaba desde fuera, siendo un chaval que sueña dedicarse a ella?

–No tiene absolutamente nada que ver. Eso me ha marcado mucho la forma de hacer las cosas, por eso voy a mi bola. No me gustan los negocios ni el tema del dinero ni las hienas ni los carroñeros. Cuando trabajaba como técnico de sonido coincidí con muchísima gente importante y vi cómo era esto por dentro. Hice dos giras con Lindsay Kemp, que era un ídolo para mí, fue un maestro para Bowie y para un montón de artistas. Todo el mundo quería estar con él y él se sentía siempre solo, y siempre venía con nosotros, que éramos unos críos. Es un mundo que me desencantó mucho. Ahí está una de mis grandes contradicciones: me quiero dedicar a la música, quiero que la gente conozca mi música, pero no quiero ser popular. Me gusta viajar por ahí, sobre todo si voy a un pueblo que no me conoce nadie. Me gusta cantar y echar unas risas, unos tragos. Divertir a la gente, intentar que se emocione.

Eso es curioso: desde fuera parece más duro ir a tocar donde nadie le conoce…

–Estuve diez años sin tocar en Pamplona, estaba harto. Siempre veía a la misma gente: amigos, conocidos, gente que me seguía... En 2002 ya era autónomo, me había hecho mi sello discográfico, y me lancé a comprarme una furgoneta. Como la tenía que pagar, me eché a la carretera. Llamaba a todos los garitos de España, me presentaba y les decía que les cobraba 150 euros, pero si no es el mejor concierto que hubiesen tenido, si tu clientela no se enamoraba de lo que había hecho, que no me pagaran nada. Al principio, cuando sales fuera sientes cierto vértigo, pero es al revés, es maravilloso. El mundo está lleno de gente con ganas de divertirse. Para mí, la aventura de la vida es la gente. Conocer gente, descubrir gente, lugares, costumbre gastronomías…

Su actividad en directo ha sido frenética.

–Ahora un poco menos, porque tengo hijos pequeños, una tiene 7 y otro 10, y me dedico en cuerpo y alma a ellos. Ya no viajo tan lejos como antes. Cuando estaba solo con Virginia, mi chica de siempre, nos íbamos con los perretes y hacíamos giras de meses por Galicia, Murcia, Andalucía… Ahora procuro ir de jueves a domingo. He recortado. Ya no soy hippie, ya tengo hijos (risas).

¿Cuántos conciertos podía dar uno de aquellos años?

–Un año hice ciento veinte conciertos, pero hice treinta y cinco mil kilómetros. Y eran conciertos de tres o cuatro horas. En aquellos tiempos era joven y me daba el amanecer todos los días. En todos los pueblos, acababa con los peores, de risas. Tenía la salud hecha polvo. Ahora me cuido, me porto bien. Estoy mucho más joven que con 35, y tengo 53.

Su proyecto de Pablo Líquido puede ser el más conocido, pero tiene otros: Líkida, Pablo Works…

–Cuando grabé mi primer disco, que era de temas propios, ya había hecho ciento sesenta conciertos de versiones. Tocaba con mi banda, Pablo Líquido Trío, y la gente pedía versiones. Vi que era incompatible ir como Pablo Líquido y tocar mi música, así que desistí y me quedé con las versiones. Entonces creé otro nombre, Líkida, y estuve un año encerrado en el estudio. Hice un disco tan ambicioso, con tantos arreglos y tantas cosas que jamás lo he podido tocar en directo, porque necesitaría una banda enorme y es inviable. Eso me frustró mucho, hasta el punto de que estuve cinco años sin escribir canciones, desde el año 2010 hasta el 2015. Me dediqué a Pablo Líquido y a vivir, a viajar con mi pareja, a los conciertos… En 2014 nos quedamos embarazados y me cambió todo el chip. El hecho de ser padre me hizo pensar en dejar algo, en hacer algo que trascendiera un poco más. Me inspiró mucho la paternidad y empecé a escribir en inglés. Ahí se me ocurrió lo de Pablo Works, porque yo me pego todo el día trabajando. Mi único trabajo es el de los conciertos, pero el resto del tiempo lo paso en el estudio, no sé hacer otra cosa.

De ahí lo de Pablo Works (Pablo trabaja)…

–Sí. Y también por el disco de Queen, Works, que me marcó mucho. Yo tenía un hermano tres años mayor que falleció por un alud de nieve. Justo me había comprado Works, tenía 12 años y pasé todo ese tiempo escuchándolo. Ese disco es muy importante en mi vida. Poco a poco fui escribiendo más canciones en castellano. Ahora estoy como una moto, estoy grabando cuatro discos a la vez. Del primero que voy a sacar ya he editado tres videoclips que tienen casi 300.000 visualizaciones.

Menciona a Queen, un grupo esencial en su vida. De hecho, ha grabado canciones suyas y les ha hecho homenajes en directo. El 28 de febrero hay uno en Burlada…

–Sí. Ya lo he hecho con bastantes bandas: con la de Durango, Zumárraga, Tafalla, con la Pamplonesa… Es un especial de Queen con la banda de música de Burlada y en este caso también con el coro de gospel Araikapela. Vamos estar cien en el escenario. Es un show muy chulo porque aparte de cantar Queen con banda, que es una pasada, también explico cosas de las canciones, de la historia del grupo… Las entradas se agotaron tan pronto que están intentando poner otra fecha al día siguiente, porque mes y medio antes del concierto ya no había entradas.

Y en medio de este torrente creativo, ¿cómo será el concierto del sábado en Indara?

–Habrá mucha y muy buena música. Siempre había cantado todo en inglés, pero ahora hago mitad y mitad, o incluso más en español. Hago canciones de los años sesenta hasta los noventa: U2, Queen, REM, Springsteen, Police, Alaska, Radio Futura, El último en la fila, Barricada… La única premisa que tiene el repertorio de Pablo Líquido es que las canciones tienen que ser banda sonora de mi vida. Canciones que hayan sido muy importantes en mi vida. No toco una canción porque la gente la conozca y me parezca bonita, sino porque significa algo para mí. Y no llevo set list. Nunca sé lo que voy a tocar, voy sobre la marcha, según la gente, el ánimo que tengo… Lo que me va apeteciendo. Eso es lo que va a haber: buena música, mucha pasión y risas risas garantizadas.