Maritxu Alonso (Bilbao, 1990) es profesora en la Universidad de Oviedo. Recientemente presentó en los locales de la CNT de Iruña su libro Contramemoria. Una historia oral de más de cuatro décadas punkis y feministas. Ensayo a disposición en librerías, autoeditado en buena medida gracias al impulso de Uterzine, su propio sello editorial y discográfico.

Este libro tiene una doble enfoque, a partir de su experiencia biográfica y de su gusto por recopilar.

–Sí, soy bastante archivera y con este libro quería aportar las vidas y la obra de 16 mujeres y bandas del punk español, porque si observamos el canon parece que solamente han existido Vulpes. Era una manera de contraatacar ese canon oficial en el que estamos desaparecidas. A lo largo de la historia de la música se ha tendido a hablar solo de cuestiones musicales, pero dado que se trata de un libro feminista la experiencia musical es una excusa para ahondar en cuestiones emocionales, vitales, familiares, relacionales, políticas... de personas que han transitado por bandas no mixtas, compuestas por mujeres, personas bisexuales, lesbianas, trans, etcétera. Esa experiencia es la temática del libro. Quise que hablasen en primera persona con la libertad de explicarse bajo sus propias palabras.

¿Por qué?

–Porque muchas veces se han desvirtuado las opiniones, los pensamientos y las acciones. Hay muchísima hemerografía sobre ellas. Es curioso que no estén en el canon cuando estaban siempre en prensa, fueron muchas veces a Radio Televisión Española. Por lo tanto hay ahí un mecanismo estructural, porque quien escribe la historia no toma en consideración la participación disidente.

Más de cuatro décadas de repaso intergeneracional en un contexto de cambios muy marcados.

–Desde el 79 hasta 2020. Aunque no haya un discurso histórico en sí mismo, a través de las entrevistas se va viendo el cambio político, histórico o económico en España. También es muy interesante ver cómo los feminismos se transforman, mantienen tensiones entre ellos, pero protagonistas en los ochenta dan testimonios que se perpetúan en la actualidad, lo que nos da un panorama bastante esclarecedor sobre la posición que seguimos tomando las mujeres y las disidencias en la música.

“Creo que todas las protagonistas de mi libro reflejan una crítica muy grande al sistema capitalista, patriarcal y racista”

¿Y la evolución de lo punk?

–Una de las ideas que me atravesaba al hacer este libro es que en la cultura popular parece que existe un imaginario sobre la mujer punki muy estereotipado. Cómo una persona macarra, que se droga mucho, sale de fiesta... y a través de los testimonios de todas ellas podemos ver que se puede ser punki y ser abuela, ser madre, abortar, ser artista, profesora, académica, okupa, activista... Creo que el libro rompe con esa identidad monolítica de la mujer punki. No hay una manera correcta o única de ser punki. Se puede serlo de muchas formas.

Las personas a las que ha entrevistado siguen siendo punkis hoy.

–Siguen todas transitando por lo punk a su manera. Se puede ser punk y no tener papeles, y ser migrante, y vivir de la huerta, hay punkis rurales, no todas las punkis están en las ciudades. Y dar conciertos dando teta, y ser lesbiana, y trabajar en la universidad o pasar de esta...

¿Pero se puede trazar una línea evolutiva general?

–En la primera generación, del 79 al noventa, los feminismos no estaban introducidos en la subcultura punk. Creo que son mujeres que eran feministas pero no lo sabían. Del 91 al 2000 se ve una politización muy grande en los movimientos sociales, e irrumpen las radios libres, las movilizaciones asamblearias. Del 2001 al 2020 se dio una revolución feminista muy fuerte con muchas bandas con letras explícitas y de 2011 a 2020 fue como la explosión final de todo esto. No obstante, desde el 79 ellas participaban en fanzines, eran supercreativas, y desarrollaban política, aunque igual no tenían esa formación que las generaciones de hoy día ya tenemos incorporada.

¿Cree que el punk se vertebra desde una “actitud anticapitalista y antifascista intergeneracional”?

–Yo creo que todas ellas reflejan una crítica muy grande al sistema y son contestatarias, tanto al sistema capitalista como patriarcal, a esa alianza, y también al sistema racista. En el libro hablo de ‘racisheteropatriarcado’. A lo largo de sus vidas todas han luchado, por ejemplo, por los derechos de los animales, por la libertad LGTB, por los derechos de las personas migrantes... Cada una aporta un toque a toda la genealogía existente.

Antes del libro desarrolló otro proyecto de visibilización del colectivo. ¿Cansa estar en los márgenes?

–Buff, muchísimo (se ríe). Yo siempre digo que ser punki es estar en esos márgenes, y ser mujer punki o lesbiana punki o disidente punki es estar en el margen de los márgenes. Es muy cansado, por eso la necesidad de reivindicar el lugar que merecemos en la subcultura y también de denunciar que lo punk, por muy libre y anarquista que se haya vendido, no ha dejado de reproducir ese sesgo de género. Muchas veces en las asambleas, en los conciertos, en las relaciones, hay un machismo invisible que impera.

“Lo punk, por muy libre y anarquista que se haya vendido, no ha dejado de reproducir un sesgo de género”

¿Si alguien evoluciona hacia otros planteamientos se le entiende?

–Todas las protagonistas del libro muestran cómo se han hecho un hueco y reivindicado su existencia. Esto puede hacerse de muchas maneras, creando tu propio espacio de lesbianas, como la banda Genderlexx, formando una banda con tus amigas, como Turbulentas, empezando a tocar con más de 30 años, como el caso de María, de Las Rodilleras, o iniciándote muy joven, como el caso de Nuria, de Vulvassur. Todas estas experiencias han de ser tenidas en cuenta y valoradas, porque a pesar de que se siga hablando de manera constante y repetitiva de Eskorbuto de RIP y de Cicatriz, hay muchísimas otras bandas que están haciendo cosas increíbles.

¿Hay muchas diferencias norte-centro-sur en el Estado?

–Sí, y hasta de pueblo en pueblo. En el libro se puede ver las motivaciones en cada lugar y de qué manera se articula el punk. También tenemos muchas cuestiones identitarias que nos unen, más allá de la estética, como ciertas formas de ser y de estar.

¿En qué sentido?

–En un sentido feminista. El punk no tiene que ser una cosa de morirse joven y dejar un cadáver bonito, sino que puedes hacerte vieja.

Pero desde una vocación alternativa y entiendo que minoritaria. Si lo punki se pusiese de moda, perdería algo de su identidad...

–Ojalá se pusiera de moda ser antifascista y ser anticapitalista y feminista. Estamos avanzando todas juntas para cambiar la subcultura. No tenemos que ser pocas para que nos guste ser punkis. A mí no me parecería mal que ocurriera eso.

“Más allá de la mención constante a Eskorbuto, RIP y Cicatriz hay muchísimas otras bandas que están haciendo cosas increíbles”

Usted es profesora universitaria. Veo llamadas a no caricaturizar a la juventud en esta ola involutiva. 

–Efectivamente, creo que tenemos una juventud muy combativa, más consciente que nunca; prueba de ello es la cantidad de bandas en la actualidad de punk feminista: Las Lolas en Barcelona, Bande Neutres en Madrid, Tres en Raya en Palencia, Perlata en Arrasate, Tampo d’Aspart en Valencia, Arpía en Madrid, Marikonadas las Justas en Asturias... podría enumerar muchísimas. Respecto a la comunidad universitaria creo que está más que nunca a pie de calle con la lucha por Palestina, contra los recortes a la educación pública, y que también tenemos que dar un mensaje de esperanza como dicen Angela Davis y Jule Goikoetxea, y dejar de creer en este algoritmo que se nos está vendiendo, tan de ultraderecha, que sirve a esos intereses y confiar en las generaciones que vienen, que no son de cristal ni mucho menos. Han vivido muchísimas crisis, que se están enfrentando a una incertidumbre ante el futuro nunca planteada anteriormente, y que están luchado por salir adelante en una precariedad absoluta, sin vivienda...